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El hormiguero

Pedro Sánchez en el programa El hormiguero. Alberto Núñez Feijóo en el mismo escenario televisivo un día después. Sánchez-Feijóo. Como dice el dicho, Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como, PSOE y PP se alimentan mutuamente de cara a la próxima cita electoral del 23 de julio. Una apuesta por la bipolaridad política arropada por medios de comunicación alejados de la sensibilidad autonómica y conniventes con una peligrosa máxima: Madrid es el eje del centro de poder y decisión exclusivo en el Estado y es sólo en la capital española donde reside la soberanía política. Pero la pluralidad existe, como Teruel, y son después, curiosamente, todas las formaciones que conforman el Congreso de los Diputados y Diputadas las que obligan al pacto y la negociación. El arrinconamiento de esa pluralidad que se presenta al 23-J en la propuesta de debates electorales es una sencilla muestra del peligro que corren las distintas identidades y sensibilidades dentro del Estado español. Con un nuevo factor a tener en cuenta en esta ocasión: el candidato Feijóo se ha permitido despreciar el plató de RTVE y sus periodistas, ha elegido medio privado afín y presentador. Y Sánchez se lo ha comprado. Un dislate que contribuirá a la puesta en solfa de nuestra profesión y al perjuicio de que sean los o las candidatas quienes decidan a partir de ahora dónde, cómo y con quién debaten en campaña electoral y evitar, así, una fiscalización rigurosa de su labor al frente de las instituciones. La sociedad, cada uno de nosotros y nosotras, debe reaccionar ante cualquier intento de homogeneización. Político, social, cultural, educativo. Los programas de entretenimiento están bien para pasar el rato, pero no debemos olvidar que el verdadero hormiguero es el que está fuera de la pantalla. Es aquel que se crea por acumulación y con paciencia. Como Vox. El único, curiosamente, que no ha pasado por la TV. Por algo será.