La gente joven nos trae un nuevo vocablo que va empujando con fuerza para incluirse en futuras formas de entenderse en nuestro hábitat. Hasta ahora el verbo Rentar se traduce únicamente como “producir (una inversión económica, una propiedad u otro bien) una cantidad de dinero o un beneficio cada cierto tiempo”. La novedad viene al convertir el verbo en reflexivo y hablar de lo que “me renta” o “no me renta”. Así, de una manera asombrosamente sencilla, ahora se puede decir de modo telegráfico cuál cosa te trae un beneficio personal. Desconozco si, en lo personal o en lo político, a Inés Arrimadas, Eneko Andueza o Pablo Iglesias les renta insultar al PNV o las personas que lo dirigen. Pero algo les pasa por las tripas cada vez que tienen que mencionar a la formación jeltzale. La portavoz de Ciudadanos habló hace años de la “sonrisa supremacista” de Aitor Esteban. Todavía colean los ecos de la acusación del secretario general del PSE sobre la “xenofobia” del PNV y el ex líder de Podemos ha descalificado a Andoni Ortuzar con un “machirulo” y “arrogante”. Desconozco, como digo, si este muy mal proceder les renta o no. A quien no le beneficia, en absoluto, es a la sociedad que ve como la nueva clase política ejercida por dirigentes de nuevo cuño recurren a esta dialéctica (qué decir de Isabel Díaz Ayuso) en busca de un efecto de tan corto recorrido que podríamos decir incluso que es efímero. Esta semana se han cumplido 23 años del asesinato por parte de ETA de Fernando Buesa y su escolta Jorge Díez Elorza. El dirigente socialista personificó la elegancia discursiva basada en el respeto al contrincante político. Incluso al dirigirse a aquellos que hoy todavía no han condenado su asesinato ni el de Jorge Díez Elorza. Dos muertes, por cierto, como las otras 854 protagonizadas por ETA, que jamás le rentaron a nadie. Aunque hubiera entonces quién creyera que sí. Y todavía no hayan dicho lo contrario.