LAS transiciones nunca son fáciles, por mucho que algunos visionarios del pasado crean tener la receta. Ahí está Chile, 22 años después de que Pinochet dejara el poder y 16 de su muerte, con el pueblo rechazando una propuesta de Constitución que enterraría la de la dictadura y sería la más avanzada del mundo. Los referéndums los carga no el diablo, sino la ideología. Ahora, la política debe hacer su papel: acordar, de verdad, una nueva Constitución. Y que el pueblo la avale, claro. “Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar”, que cantaba Quilapayún...