mIGUEL de Cervantes, inmortal por su obra, no fue un hombre afortunado en vida. Ni siquiera a la hora de la muerte, coincidente en fecha con la de William Shakespeare, quien tuvo la suerte de nacer en un país donde se enaltece su genio y se expande su teatro por el mundo. Entre ambos hay la misma diferencia que entre España y Reino Unido o, si se quiere, entre el universo latino y el anglosajón, lo acomplejado frente a lo abiertamente culto. No es de extrañar que al cumplirse este 23 de abril su común aniversario, el 400, se produzca un significativo contraste entre las celebraciones de uno y otro. Mientras que 140 naciones apoyarán los actos de Shakespeare Lives, Cervantes tendrá “un programa de actividades des-coordinado, casposo hasta la náusea”, según Arturo Pérez-Reverte, poco sospechoso de odios patrios. Si vamos a la tele, donde suelen acontecer los fastos, la televisión estatal, arruinada y perdida, se limitará a la adaptación de La española inglesa, una de las Novelas Ejemplares del manco de Lepanto, y a producir una película de rencillas españolas, Cervantes contra Lope. Pudiendo hacer maravillas en la divulgación del autor de El Quijote, a TVE solo se le ocurre narrarnos los rencores, anecdóticos y pelados, que hubo entre aquellos dos seres desiguales, como si de un reality se tratara.
Son meritorias, por contra, las acciones de La Sexta en la conmemoración, incluidas bajo la marca Cervantes Vive, con citas, reportajes y recuerdos del autor castellano, píldoras quijotescas y notas de su vida, ya que no es posible mayor categoría y dado que España ha trasladado sus recortes también al más genial de sus hijos. Quizás ETB debería hacer algo digno. Cervantes inventó jocosamente en el personaje de El Vizcaíno, con su hablar ridículo, a Txomin del Regato, su versión mostrenca. ¿Por qué no un programa en profundidad sobre la identificación llevada a cabo por el forense Paco Etxeberria de los restos del escritor? El Quijote es la sublimación absoluta del espíritu humano y, como todo lo grande, nos pertenece.