Nos acostumbran desde bebés a creer que existe el bien y el mal, cuando lo bueno y lo malo es lo que conviene al otro que hagamos. Durante la infancia nos acostumbran a dejar de jugar para “madurar”, a desterrar la inocencia, a dejar de ser para aprender cómo tener y aparentar y, desde nuestra más temprana juventud a abandonar y desterrar los ideales altruistas y comunitaristas por el pragmatismo y el individualismo. Nos acostumbran a creer que existen ricos y pobres por naturaleza, que las mujeres son distintas a los hombres por naturaleza y que los blancos anglosajones y cristianos son superiores al resto de la humanidad.

Nos acostumbran a creer que la guerra es la única garantía de la paz, cuando no es sino la permanente batalla que libra el capitalismo para expropiar, apropiarse y aniquilar, sin paliativos, a quienes no se someten a sus dictados. A creer que el clasismo, el racismo, el edadismo o el sexismo son restos del pasado. A creer que si no triunfamos ni aparecemos, no existimos; a vivir entretenidos en el esperpéntico teatro virtual que contamina nuestro cerebro. Nos acostumbran a vivir para poseer y asegurar su futuro, a olvidarnos del pasado para no aprender de él, a sacrificar el presente en aras de la promesa publicitaria de un mañana que jamás llegará y que, sin embargo, nos dejará una estela de frustración por no haber disfrutado del día a día.

Nos acostumbran a sentirnos culpables, a comparar y a generalizar. Nos acostumbran a convertirnos en viejos asustados por el fantasma de la muerte. Nos acostumbran a dar la espalda a quien nos interpela, a darnos la espalda a nosotras mismas… Y así tratan de convertirnos en seres miserables, en los ladrillos de un enorme palacio en el que ellos viven plácidamente. Mientras, seguimos encerradas en la cárcel de sus costumbres impuestas, acostumbradas a vivir emparedadas y constreñidas en nuestro propio fracaso. Y todo, por eso, por acostumbrarnos. Así que ya basta. La transformación es sencilla: abandonemos sus costumbres y aprendamos a desaprenderlas.