El populismo funciona como alivio momentáneo ante la falta de soluciones reales, ofreciendo discursos simples que apelan a emociones más que a la razón. Atrae tanto a ricos de barrios acomodados como a jóvenes de clase obrera, uniendo objetivos distintos bajo promesas fáciles y eslóganes simplistas: culpar al débil, atacar al rico, señalar al inmigrante. Estas dinámicas, presentes en todo el mundo, se perfeccionan observando experiencias ajenas y adaptando mensajes que funcionan. La responsabilidad también recae en gobernantes incapaces de ofrecer soluciones reales, que solo maniobran entre ideologías mientras la sociedad se radicaliza. Ante esto, el populismo no es solo síntoma: refleja un fracaso político estructural. Y nos deja la pregunta inevitable: ¿por quién doblarán las campanas?
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