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Cartas al director

Soy un truhan y no un señor

Hay algo profundamente revelador en la forma en que ciertos ídolos gestionan su ocaso. Julio Iglesias, mito internacional de la canción ligera y del macho latino exportable, ha decidido que su mejor defensa ante una investigación por abusos sexuales no es proclamar su inocencia ni mostrarse dispuesto a colaborar con la justicia, sino refugiarse en la “falta de jurisdicción de los tribunales españoles”. Una, ingenua, esperaba el viejo repertorio de la dignidad impostada: “No tengo nada que ocultar”, “que se investigue hasta el final”. Pero no. Mejor el tecnicismo legal, la huida ¿elegante? y el silencio estratégico.

El resultado es un esperpento digno de Valle-Inclán: un hombre ya anciano, rodeado de una corte de jóvenes mujeres que parecen salidas de una agenda infame, más cercana al universo del difunto Epstein -que el diablo lo tenga bien ocupado- que al de una biografía respetable. La escena no solo es bochornosa, sino también maloliente, moralmente ruin. Iglesias fue un cantante famosísimo, nadie lo discute. Pero hoy su legado se diluye entre excusas jurídicas y una libido tardía que ya no seduce, sino que repugna. A veces los mitos no caen: se descomponen lentamente, a la vista de todos.