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Recuerdos de una noche: una crítica a la memoria

Esta semana, mientras los líderes del G7 se reunían a orillas del Léman en la frontera francosuiza, el emperador yanki llegaba a la mesa recién sopladas las ochenta velas. Las había celebrado a su manera: una velada de jaulas y puñetazos —combates de la UFC montados sobre el césped de la Casa Blanca, gladiadores del siglo XXI— y el anuncio de un acuerdo propio sobre Irán con el que sentarse donde ya no se firma nada en común. Porque de la cumbre no saldría comunicado conjunto, como hace tiempo que no sale: solo el trato deferente, casi temeroso, de unos dirigentes europeos cuyas palabras no parecen haber cotizado tan bajas desde 1945.

De seguro que las imágenes impactan a cualquier demócrata, y la inquietud crece con cada nuevo símbolo de impunidad. Pero cuando arrecian los nervios por las amenazas existenciales y los entendidos corren a explicarnos qué se ha roto en nuestras democracias para llegar hasta aquí, pocos se vuelven hacia los fantasmas que dormían en nuestros cimientos. A quienes ven una Europa sorprendida por el auge de la extrema derecha, la violencia imperial americana y el tensionamiento socioeconómico, habría que pedirles algo más difícil que el sobresalto: que recuerden. Que revisen el sueño del que hemos despertado y se pregunten qué recordábamos —y qué preferíamos olvidar— mientras duraba la noche.

Conviene empezar por hacerle justicia al sueño, porque fue real y fue hermoso. Apenas tres años después de que el continente saliera de su peor pesadilla, en el Congreso de La Haya se reunieron quienes habían decidido que aquello no se repetiría: democristianos y socialdemócratas de todas las naciones europeas que asumieron, por voluntad propia, la tarea de levantar sobre las ruinas algo distinto. No es un mito piadoso; hubo clases dirigentes, intelectuales y sociedad civil que se tomaron el pecado en serio y se propusieron expiarlo. De ahí nació una Europa de derechos, libertades y prosperidad compartida a la que muchos nos hemos aferrado, por la que tantos han peleado y que durante décadas representó, pese a sus claroscuros, lo más parecido a una promesa cumplida: paz. Es a esa promesa a quien se dirige este escrito, y a la conciencia de quienes entonces la formularon y hoy la prosiguen. No para censurarla, sino para preguntarle qué dejó fuera.

Y es que todo sueño se sostiene sobre una nebulosa amplia, que queda fuera de la vista mientras el deseo se recrea. Nuestro sueño descansó sobre tres olvidos, que hoy regresan a reclamar nuestra atención.

El primero es el más paradójico. Europa hizo del antifascismo su acta de nacimiento y, sin embargo, nunca llegó a exorcizar del todo aquello que decía haber derrotado. Mucha memoria se ha trabajado después contra el olvido, es cierto; pero las estructuras, las élites y las redes que habían sostenido al fascismo no se desvanecieron en 1945 —tampoco sus inercias ibéricas y griega—: más bien se replegaron, se adaptaron y aprendieron a operar dentro de las mismas instituciones que las negaban. La Operación Gladio, por no ir más lejos, reclutó estos elementos sin demasiados escrúpulos. No hace falta postular una continuidad total ni un complot para reconocer lo evidente: aquellas energías no se metabolizaron, ni tan siquiera se adormecieron. Sin remordimientos, acataron pasar a los márgenes por un tiempo. Pero lo reprimido, vuelve.

El segundo olvido tiene rostro. Aunque el proyecto reconoció el pecado de la soberanía moderna, esa que había hecho de la aniquilación y el odio herramientas legítimas, no reconoció con la misma franqueza el de la colonialidad. Europa se construyó siendo todavía un puñado de imperios maltrechos, con millones de personas implicadas contra su voluntad en estructuras de crueldad e interés inhumano. Algunos, como los argelinos, fueron parte legal del proyecto por unas décadas —hasta su independencia en 1962—, pero no se oyen sus voces. Y junto al rostro del colonizado que terminó por independizarse, queda también el del migrante: el turco que levantó el milagro económico alemán, y los que nunca han dejado de llegar, convertidos en presencia incómoda y problema que gestionar, antes que sujeto que reconocer. El nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo es el último coletazo de esta gestión; testigo de un triunfo ultraderechista en acto y palabra. Sigue marcado en piedra y piel quién puede o no ser europeo.

El tercero no se ocultó: se dio por supuesto, que es la manera más perfecta de no ver algo. No se menciona al imperio americano en el relato de la construcción europea porque es, sencillamente, el capítulo anterior del manual de historia: victoria en el 45, Plan Marshall y Alianza Atlántica. Hubo idealismo europeo, activo y decisivo, y las actas de La Haya están ahí para quien quiera consultarlas. Pero el sustento material de aquel oasis no lo pusieron solo los europeos, sino un imperio para el cual estas penínsulas de Eurasia eran su primera línea de defensa frente a otro proyecto de integración continental: el que aguardaba al otro lado del telón. El oasis tenía dueño, y siempre lo supimos. Por eso el espectáculo de esta semana no debería sorprender a nadie: no es una traición del relato, sino su última página leída en voz alta.

Despertamos, pues, a un día que no hemos elegido. Y no vale consolarse con la fórmula de que el viejo mundo agoniza mientras el nuevo no acaba de nacer: el nuevo está naciendo ahora mismo, ante nuestros ojos, y son otros quienes le colocan los cimientos. Recordar la noche con lucidez no es nostalgia ni ajuste de cuentas; es lo único que puede impedir que repitamos, un siglo después, la catástrofe que los demócratas europeos trataron de clausurar. La promesa no se salva fingiendo que no tenía sótanos. Se salva, si acaso, quien se atreve a bajar a ellos antes de seguir construyendo. Lo demás —seguir durmiendo— ha dejado de ser inocencia. A estas alturas, es una decisión con claros beneficiarios.