EL otro día volví a coincidir con Justo. Lleva años viviendo bajo uno de los puentes de Bilbao, aunque prefiere no decir cuál por miedo a que okupas o curiosos invadan el pequeño espacio que considera su hogar. Y, a su manera, ha conseguido convertir ese rincón en un refugio: una alfombra rescatada de un contenedor, una mesita, un cenicero y una maleta. Con eso compone un entorno modesto pero suyo; un lugar en el que afirma sentirse, al menos, algo protegido. Cuando llegan estas fechas, Justo se queja. Dice que los medios de comunicación, contagiados del espíritu navideño, solemos buscar historias como la suya para mostrar a la sociedad cómo viven quienes duermen en la calle. Y no le falta razón: la atención mediática se dispara en diciembre, como si la pobreza y la exclusión solo importaran cuando las calles se llenan de luces. También nos invita a fijarnos en la ciudad con otros ojos: en los bancos partidos por la mitad, en los aleros llenos de pinchos metálicos, en los huecos bloqueados para que nadie pueda recostarse. Arquitectura hostil, diseñada para que personas como él no duerman, no ensucien, no molesten. Bilbao, como tantas otras ciudades, también se protege de quienes no tienen un techo. En verano sucede algo parecido. Los “refugios climáticos”, tampoco los reciben con los brazos abiertos. La historia de Justo es solo una entre tantas, pero escucharla de cerca obliga a replantearse muchas cosas: la indiferencia, los prejuicios, el modo en que construimos nuestras ciudades… y la tendencia a mirar hacia otro lado salvo cuando nos conviene mirar de frente.