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Insultos

DE un tiempo acá echo bastante de menos la elegancia en la política. El insulto y la descalificación no son buen síntoma de la salud de una democracia parlamentaria. Curtida en mil batallas en el Parlamento Vasco donde, permítanme recordarlo en voz alta, vivimos tiempos de pura crudeza discursiva, he sido testigo de cómo la palabra es la única herramienta que sirve para vencer en la dialéctica. Decía ayer Andoni Ortuzar en Onda Vasca que a Pablo Iglesias solo le faltó llamarle “gordo” y “calvo”. El insulto retrata a quien lo ofrece. Pena que su uso sea cada vez más habitual fuera de nuestras fronteras.