Y tiro porque me toca

¿Y ahora qué?

21.11.2021 | 00:38

PUES como no soy adivinador del porvenir, no tengo ni idea de lo que se nos viene o no encima, y no puedo pontificar sobre asuntos que desconozco, sino intentar comunicar mi perplejidad e inquietud ante el aumento imparable de contagios de covid-19 en toda Europa, algo que ha obligado a algunos países a tomar ya medidas extremas que han tenido repercusión en la Bolsa de Nueva York, lejos sí, pero sus rebufos acaban por golpearnos. Pueden decirnos que lo que viene es más leve, pero no creo que a estas alturas nadie pueda asegurar nada de lo relacionado con el virus, sus mutaciones, los contagios y las perspectivas de vernos libres de él.

En ese sentido, y a la vista de los resultados, tanto valor tiene lo que suelen afirmar con aplomo expertos mediáticos como lo que pueda contarte una simpática pitonisa de feria leyéndote la mano o mirando en las profundidades de su bola de cristal. A verlas venir. No queda otra... Y a confiar en el buen hacer y el fervor profesional de los sanitarios que te atiendan, ya muy maltratados. Debían ponerse a Santa Bárbara de patrona, visto que nos acordamos de ellos cuando truena y nos olvidamos a nada que escampe: el virus nos ha sacado unos retratos de nosotros mismos como para escondernos.

Leo que una jueza se niega a empapelar a Esperanza Aguirre por la reducción de camas hospitalarias, en contra del criterio de Anti-Corrupción. ¿Una más? No, la de siempre. Encubrimiento de todo lo sucedido con la sanidad pública hasta dejarla en riesgo de precariedad y de la gestión directa de la pandemia por parte del Partido Popular: no hay intención alguna de investigar y exigir responsabilidades, ninguna.

La única certeza es que el número de contagios crece, a pesar de las vacunas y de unas medidas de prevención individuales y colectivas bastante extendidas y respetadas, se diga lo que se diga; disparates, botellones y conductas asociales al margen. Cierto, hemos visto escenas inauditas. ¿Lo podíamos haber hecho mejor? Y yo qué sé. Tal vez sea un aumento episódico o tal vez no.

Tampoco voy a cantar la jota del de Mallén que se compró un camión, el puente de piedra, y la culpa la tuvo... No porque esté feo señalar, sino porque realmente no sé quién puede ser el responsable, si es que lo hay, de que se nos eche encima una nueva ola pandémica.

Puedo aventurar, eso sí, que la murga de que pase lo que pase, llueva o hiele, bajen los marcianos con intenciones aviesas o no haya ginebra inglesa para embotijarse estas Navidades, la va a tener el Gobierno, ese que quiere, por fin, maquillar la ley Mordaza, reformar la del trabajo y decorar la de Memoria Histórica, abusos bolcheviques todos estos, que bien merecen un golpe, un alzamiento, un movimiento nacional o un arrebañares rojigualdo en la madrileña plaza de Colón para hacer ver cuál es el sentir de España, a la auténtica me refiero. Esa murga la vamos a oír de nuevo, dentro y fuera de esas tabernas parlamentarias en que la más zafia derecha está convirtiendo las sedes institucionales, entre insultos y faltas de respeto, con la pretensión, encima, de ser faros del sentir nacional. Si no se respetan entre ellos, cómo nos van a respetar a nosotros. ¿Un colmo? No, lo de todos los días.

Hay miedo, natural e inducido, y de más amplio espectro que el de la pandemia y sus consecuencias, porque a estas alturas es un miedo genérico a todo y a nada, contagioso, al que se le saca con facilidad suculentos réditos políticos y para eso hay que echarle bencina al asunto.

Miedo de más o de menos, en los últimos días he podido comprobar que lo del desabastecimiento no es ninguna leyenda urbana, sino una realidad en la que crees cuando chocas con ella, y no precisamente en el supermercado o no todavía, sino en asuntos inesperados. No quiero ser agorero ni tampoco me voy a echar de cabeza a comprar más latas resultonas de fabada de las habituales, digo, por decir, para que siga la chanza; pero no sé qué pasa y eso me intranquiliza, a mí y a otra gente de edad con la que hablo mientras hacemos el bonito baile guerrero del mantener distancias, el que no inventaron los curas en tiempos del agarrao.

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