El letal riesgo de los extremismos
Los brutales atentados de Oslo y Utoya, con casi un centenar de víctimas mortales a manos presuntamente de un ultraderechista, han sacudido a la sociedad noruega y europea y cuestionan la actitud ante el fundamentalismo xenófobo
HASTA las 15.30 horas del viernes, Noruega estaba comúnmente concebido como un lugar en el que nunca pasaba nada, puesto que las crisis -ya fueran bélicas o económicas- pasaban de largo y la ciudadanía se sentía tan segura que no era inusual dejar la puerta abierta o no candar la bicicleta. Lamentablemente, los noruegos se percataron de que en efecto habitan el mismo mundo que los demás de la manera más abrupta posible, con un doble atentado que ha segado la vida de 92 personas, 85 de cuales fueron asesinadas a tiros en la isla de Utoya después de que las restantes 7 perecieran como consecuencia de la explosión de un potente coche bomba en el mismo centro de Oslo, frente a la sede gubernamental. Es pronto aún para calibrar los efectos que esta masacre -una verdadera orgía de sangre más propia de una película de terror que de un ataque de origen ideológico- tendrá sobre la sociedad y sobre la política noruegas pero el primer ministro, Jens Stoltenberg, ya la ha calificado como "la mayor tragedia desde la II Guerra Mundial". "Un paraíso transformado en un infierno", describió gráficamente. Execrables ataques ambos que tenían como objetivo al laborismo noruego, lo que ya sugería una intencionalidad política que la detención del presunto criminal corroboró. Aunque no en la línea trazada inicialmente por algunas instancias, que se apresuraron a atisbar tras la matanza al terrorismo yihadista -llegando a apuntar incluso al grupo Ansar al-Yihad al-Alami-, ante la activa participación militar de Noruega en la ofensiva de la OTAN contra los talibanes, Al Qaeda y la fuerzas de Gadafi en Libia. Una hipótesis que hubiera puesto a Europa patas arriba tras los horrores de Madrid, en 2004, y de Londres, en 2005. Sin embargo, el hecho de que la autoría apunte a un ultraderechista noruego de 32 años que la Policía define como "fundamentalista cristiano" no debe mitigar ni un ápice la preocupación ni la inquietud ante semejantes atentados. En primer lugar, porque la magnitud del drama en sí mismo contemplado no mengua en función de quien lo cause, pero especialmente porque el ultraderechismo -al calor de la xenofobia populista- está creciendo por doquier en el viejo continente, de hecho el racista Partido del Progreso al que perteneció el arrestado es la segunda formación de Noruega en número de votos (22%). Un fenómeno que se sigue tratando todavía con excesiva indulgencia, por supuesto sin parangón con el grado de alerta ante el extremismo islámico, y que está carcomiendo buena parte de las democracias más avanzadas. La tragedia noruega impone una respuesta vehemente ante esta lacra, que se combate con una mayor sensibilización -con la educación como eje evidentemente-, pero también con un control policial más exigente de esas redes.