Esta madrugada comienza el Mundial de Fútbol 2026, uno de los grandes eventos del deporte internacional junto a los Juegos Olímpicos y el Mundial de Rugby. México, Canadá y EEUU acogen un espectáculo que dejará huella en la historia por ser el primero en que competirán 48 selecciones que disputarán 104 partidos de fútbol incluida la final del 19 de julio.
Es el primero que suma también tres sedes anfitrionas, aunque la mayor parte de los encuentros se jugarán en EEUU, 78 del total. Y es que el Mundial de Fútbol es un acontecimiento deportivo sin duda, pero sobre todo es un inmenso negocio, especialmente para la FIFA que sumará miles de millones de ingresos con los patrocinios, las retransmisiones, la publicidad y las entradas. Es la parte más importante, que nadie se lleve a engaño.
Todo suma y como un actor geopolítico internacional más de primer orden, la FIFA de Gianni Infantino está ahí para lo que está. Sin chorradas. Que se lo pregunten a Donosti y Bilbao, que aún mantienen la incógnita sobre su decisión de convertirse en sedes del Mundial de 2030 por las condiciones económicas leoninas que impone y los privilegios fiscales y todo tipo que exige la FIFA a las sedes. El resto de valores que se le suponen al deporte y a su capacidad de influencia en el devenir de las sociedades cada son más viejos compromisos de un pasado ya lejano. Ni los derechos humanos, ni la paz ni la concordia tienen una cabida especial ya más allá de discursos y esloganes oficiales.
La gota que colma
Mirar para otro lado y ni mu
Trabas y vetos. Hubiera sido estúpido pensar que un evento como el Mundial de Fútbol con sedes en los EEUU de Trump pudiera transcurrir con una mínima normalidad. El trumpismo entiende el mundo con sus propias reglas. De momento, las trabas a la selección de Irán para jugar sus partidos o establecer sus concentraciones o incluso contar con todos sus jugadores o entrenadores son diarias. Como lo son la persecución o el veto de jugadores, árbitros, etcétera a la entrada o permanencia en EEUU para disputar sus partidos del mundial con la excusa de la política migratoria. Pero todo el mundo mira para otro lado sin decir ni mu. También la FIFA. Me pilla ya muy lejos.
Solo el dinero y el poder. Un reflejo también del mundo presente que seguramente tendrá unos protocolos y objetivos diseñados igualmente en función de las ideas y discursos que emanan de sus principales impulsores políticos, el presidente Trump e Infantino. Uno busca rendimiento político para recuperar su pésima imagen y el otro que el fútbol consiga penetrar de una vez en EEUU y su mercado potencial de 350 millones de personas. La división y la bronca política son el precio. La final de Qatar, un Mundial infame en el recuerdo, fue seguida por 1.500 millones de espectadores y para esta final se prevén 3.000 millones, casi la mitad de la población humana.