"Em este país cada familia tiene en su memoria una guerra”. La cita es de Asier Gallastegi, nieto de un personaje histórico vasco como fue el elorriarra Alejandro Gallastegi Berrio-Lope nacido en 1894 y fallecido en 1951. El docente en la Universidad de Deusto y descendiente de aquel jeltzale narra lo siguiente: “He tenido la suerte de compartir con otras personas otros lugares y dolores. Es un ejercicio obligado para intentar comprender algo tan absolutamente loco. Comparto algunos de los recuerdos más familiares, aquellos que nos traía mi aita recuperando la memoria de nuestro aitxitxe Alejandro Gallastegi, transmitiendo de esta forma la manera que habían ido construyendo para entender nuestra tierra y su historia”.
Aquella, su historia y su guerra, según aporta el investigador Koldo Anasagasti a DEIA, fue la de un hombre de partido, de EAJ-PNV, que sufrió la guerra. Contrajo matrimonio con Trini Duñabeitia Garaizabal y el matrimonio se vio abocado a salir de Elorrio e instalarse en Abando. Hombre de conocimiento, impartió conferencias y mítines en euskara. Al respecto, el nieto de Gallastegi detalla más datos . “Alejandro tuvo una vida intensa. Estuvo cerca del Gobierno de Aguirre. He buscado más información al respecto, pero lo único que he encontrado ha sido su nombre referenciado en diferentes mítines a lo largo de la geografía. Parte del mito rescataba sus cualidades como orador y su manejo del euskera que adaptaba al euskalki o dialecto de la zona, además de alguna batalla dialéctica con Dolores Ibarruri Pasionaria”.
El libro El nacionalismo vasco en Elorrio, de Román Berriozabal, apostilla que, tras haber cumplido el servicio militar en 1917, dirigió el grupo mendigoxale elorriarra Beti Gertu (1921). Fue asimismo miembro de la junta directiva de Juventud Vasca de Bilbao. Este colaborador de Catalunya Ràdio, que como curiosidad tuvo un hermano gemelo llamado Félix, tras la guerra se refugió en la Getaria labortana y, a su intento de retorno, fue deportado a Madrid y expedientado y condenado “con pérdida total de bienes”. En la clandestinidad, se encargó de ayudar a las familias vascas desfavorecidas. Se mudó a Algorta, donde falleció a los 58 años víctima de un cáncer de esófago.
“Yo no conocí a mi aitxitxe. Me dicen que murió medio ciego, con la cabeza perdida y derrotado. Apostó muy fuerte por el bando perdedor y eso le llevó a la ruina, a cortar la carrera formativa de sus hijos, ver invadida por los ganadores su vivienda en Bilbao y además aguantar continuas llamadas a comisaría alentadas por una familia del pueblo que lo extorsionaba amenazando con delatar lo que conocían y lo que no.
Fueron constantes las ocasiones en que aquel histórico hombre detalló las acciones de resistencia en las que participó, como por ejemplo cuando, orgulloso, daba testimonio de haber sido testigo de ver “aquella ikurriña ondeando en lo alto de la catedral”. Lo atestiguaba un hijo de Alejandro y Trini, que en visitas a Sukarrieta trataba de buscar el lugar exacto donde él –con cinco años– y sus hermanos buscaron refugio al ver pasar los bombarderos que ponían dirección a Gernika el 27 de abril de 1937. “Allí mismo, aita nos contaba la anécdota más dura, que parecía parte de los fantasmas de su padre al morir”.
“Sukarrieta está a pocos minutos de Gernika. Así que, siempre desde la versión familiar, mi aitxitxe fue una de las primeras personas ligadas al Gobierno Vasco que pisó Gernika en llamas”, glosa Asier Gallastegi y va aún más allá: “Nos transmitía nuestro padre todo el caos y dolor del momento. Hubo algo pequeño en el contexto de aquella ciudad destruida, denso como solo puede serlo la culpa para mi aitxitxe y dramáticamente definitivo para una persona de la que no tengo nombre ni apellido”. Según continúa, parece que en aquel caos llevaron hasta Alejandro a una persona que habían descubierto robando entre los escombros. “Ante la pregunta de “¿qué hacemos con esta persona?”, parece que su respuesta fue algo así como “ya sabéis lo que tenéis que hacer”. Unos minutos más tarde esta persona moría fusilada”.
Ante este testimonio, el nieto regresa a la memoria de su padre y abuelo y hace una valoración muy sentida. “La gravedad con la que lo contaba mi aita solo podía ser reflejo del pesar que él había intuido en el suyo. Él fue consciente de lo que sus palabras habían desencadenado solo cuando vio volver a los soldados para informarle de su orden ejecutada”.
El historiador y docente elorriarra Igor Basterretxea aporta la Causa General franquista, hallada en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, en la que aquel hombre que salió adelante pintando fachadas de edificios aparece citado por una mujer que denuncia el asesinato de su marido durante la guerra supuestamente por el bando republicano. La declarante fue María Teresa Querejeta Galastegui, viuda de Daniel Zubia Eraña, a quien detuvieron por tradicionalista el 7 de agosto de 1936, firmando la orden de detención el alcalde Julián Ariño, que entonces se encontraba en Bilbao. La noche del 5 de noviembre del año en curso fue sacado de su domicilio por el miliciano Felipe Zubiaga Jauregui, de quien se ignoraba el paradero, y fue asesinado aquella misma noche. La mujer estaba “convencida de que la situación puede aclararse por informaciones de Julián Ariño, Alejandro Gallastegui (que se halla en Francia), Eloy Abadía, Tomás y Julián Landaburu, hallándose estos tres en la villa de Elorrio. Igualmente podrían hacerlo Silverio Isuquiza Larrigana, y los hermanos Enrique y Justo Muga, en el Penal de Burgos”.
Alejandro Gallastegi es calificado por Román Berriozabal en su libro –propuesto para este reportaje por Igor Basterretxea– como “fogoso” en diferentes ocasiones. Una de ellas ocurrió con la proclamación de la República en Elorrio. Según el testimonio de Antonio Kortazar recogido en el libro del nacionalismo en la villa, tres nacionalistas vascos descendieron de un coche junto a un establecimiento de Juan de Dios. Este respondió con un efusivo Gora Euzkadi!, lanzado por los llegados entre los que reconoció a Jesús María Leizaola y Alejandor Gallastegi. “Dichos gritos no debieron ser del gusto del republicano Félix Sagastizabal, ya que les pidió que dejaran de hacerlo, por ser de carácter subversivo. Lejos de hacerlo, Gallastegi le respondió que venía, enarbolando una ikurriña y armado de una pistola, del Ayuntamiento de Getxo, donde esa misma mañana habían declarado la independencia de Euzkadi. Acto seguido, le mostró la pistola, ante lo cual el republicano marchó despavorido”.