La refundación de Italia
Rivera, Baggio y Sacchi abrigarán al seleccionador Prandelli en su misión de resucitar a la Nazionale
Bilbao
amí no me interesa un líder, el líder debe ser la camiseta italiana". Tal vez por eso Cesare Prandelli, nuevo seleccionador de Italia, ha revisado el fondo de armario de la Italia que fue, gloriosa en su vitrina, coronada con cuatro cetros mundiales, herrumbrosa, vieja, desvencijada, humillada, sin embargo en el último Campeonato del Mundo, para responder al reto de la Italia que quiere ser: "Queremos hacer un fútbol vistoso". En esa misión, en el revisionismo, la FederCalcio, en un episodio catártico -renunciar a lo que se fue es un asunto mayor en un país que se inyecta el fútbol por vena y que vivió de lujo encerrada con siete llaves en su área esperando a la aparición de algún fantasista, un giro del azar o un santón- se adentrará en un ejercicio forense con la minuciosidad de los cirujanos y el espíritu de los poetas y creadores.
En Italia, un país teatral, histriónico al paroxismo, escéptico, donde el fútbol pesa más que cualquier otro asunto terrenal, se ha instalado desde la final de la competición, dimisión de Lippi mediante, un gabinete de crisis por lo ominosa de la imagen de la Nazionale, capaz de soportarlo todo menos el mal gusto y una derrota sin decoro ni honra. Giancarlo Abete, máximo dirigente del fútbol italiano, desea una refundación de Italia, un renacimiento del orgullo de la azzurra en ruinas tras el Mundial de Sudáfrica, y ha acudido a los mitos y a los prebostes, a los patricios que elevaron desde el césped el juego a cumbres himalayescas, en su homérica odisea por reflotar a una selección caduca, irrespetuosa con su historia, irreconocible incluso en el estilo.
Fallecido Giuseppe Meazza, considerado uno de los tres mejores jugadores italianos de la historia, el mensaje de rescate ha alcanzado a Gianni Rivera, tótem del Milán, y a Roberto Baggio, los otros dos futbolistas que comparten podio, honor y laurel con Meazza, para aportar su ingente sabiduría en el esqueleto de la nueva Italia desde la secretaría técnica: el primero será el máximo responsable de todas las categorías inferiores de la azzurra y del seguimiento del fútbol de escuelas, mientras que para el budista Roberto será el papel de representante del sector técnico del primer equipo nacional, una especie de hombre-puente entre Prandelli y los dirigentes.
Rivera, Il Bambino de oro, un formidable centrocampista que gobernó el Milan durante la década de los sesenta y setenta -se hizo con el balón de oro en 1969- y Baggio fueron dos revolucionarios, dos tipos adelantados a su tiempo, que acuden a la llamada de Italia como hombres de honor, dispuestos a ponerse a disposición de una cuestión de Estado. A la prosa de Rivera y la poesía de Baggio, balón de oro en 1993 y considerado uno de los 50 mejores jugadores de la historia, les acompañará la ciencia y el rigor táctico de Arrigo Sacchi, el estudioso que convirtió al Milan de los tres holandeses mágicos -Rijkaard, Gullit y el delicioso Van Basten- en un equipo formidable, que se encumbró con dos Copas de Europa, dos Copas Intercontinentales y dos Supercopas de Europa, además de varios torneos domésticos y del subcampeonato del Mundo de 1994 en el que Italia cedió ante Brasil en la tanda de penaltis. Baggio falló uno de aquellos lanzamientos.
la santísima trinidad En un país donde gobierna un tipo de la traza de Silvio Berlusconi y Dios, por algo el Vaticano posee su sede en la eterna Roma, aunque no se sabe muy bien cuál es el orden, la aventura de unificar a la Santísima Trinidad, Rivera, Baggio y Sacchi, sólo tiene sentido como búsqueda de un milagro, del rastro del fútbol exclusivo, exquisito y único de la selección española y su despliegue coral. Prandelli, un entrenador de perfil bajo -no posee ni el aura de Lippi, un técnico sobrado de elegancia y palmarés, campeón del mundo dirigiendo a Italia en 2006 además de obtener numeroso títulos del Calcio, dimisionario, sin embargo, tras el vergonzante despliegue italiano en Sudáfrica, ni la mandíbula de afamado rottweiler de Capello, esquilmado su ego al mando de la selección inglesa- sabe que Italia está obligada a jugar mejor y para ello el cambio de estilo es irrenunciable. "Del equipo espero coraje, entusiasmo y equilibrio", sostiene Prandelli, convencido de la regeneración de Italia.
La naturaleza del Calcio, en el diván tras mirarse en el espejo y observar un montón de huesos en el reflejo en el que antes asomaba una musculatura exuberante, está en el centro del debate y existen voces que se postulan por la alineación de un mínimo de jugadores italianos en los equipos de la Serie A como método para recuperar la competitividad. La discusión sobre la identidad que debe tener Italia -Albertini receta que los azzurri deben fabricar "nuestro Iniesta" y que las selecciones inferiores tienen que tener el mismo patrón de juego que la absoluta para abastecerla y armonizar el juego- la personifican jugadores como el díscolo Antonio Cassano, que volverá a la Nazionale tras ser desterrado por Lippi, después de que Prandelli observe en el punta "maduro". Al atacante -colecciona apodos como Talentino, Peter Pan, El Bambino, Tigretone- una agitada mezcla de talento y excentricidad, le acompañarán en el viaje iniciático, en la reforma italiana, jugadores como Amauri, o el punta del Inter Balotelli, otro jugador desequilibrante, pero con tendencias y comportamientos desquiciantes. Sucede que en Italia están dispuestos a renunciar a su industrializado, huraño, pero eficaz fútbol y soportar ciertos grados de locura, de poetas malditos, de fútbol en el área rival para que el país abandone la depresión vía refundación.