El Euzkadi vuelve: misión cumplida
Varios jugadores vascos de aquella selección se quedaron en América jugando para equipos locales
Bilbao
lOS jugadores del Euzkadi acapararon la atención de toda América. Fueron más de dos años. De luchar en el frente, en la retaguardia, en el mar. También en el exilio. De luchar con pocas armas, dando el pecho, con valentía y hasta con los pies. Había que seguir y se seguiría. Era una consigna clavada en los tuétanos. En el corazón. Más que nunca, Euskadi tenía que vivir, y seguiría viviendo. Y hubo un Gobierno vasco joven y con garra, que no olvidó a nadie. Fueron los niños los primeros; fueron los ancianos y los sin techo; fueron también los que sufrían y tenían muertos. Se salvó la juventud y quedó la semilla. El grito -como el mejor irrintxi- se había dejado oír en Europa y el mundo. Sin armas ni secuestros. Sin amenazas ni rescates. Era la voz de un pueblo pequeño, que aún siendo pequeño, tenía derecho a vivir.
Hoy la historia ha perdido magisterio para muchos. Hay gente que ve su día con gafas de miope. Que riñe por su frustración, que no sabe llenar el silencio de su corazón. Que ríe, por no llorar. Gente que no se acuerda de su caserío, de que falta hierba en el pajar, leña en el fuego, y algo que comer, en la cocina y la cuadra. Aún, tenemos mucho camino por delante. Y habrá que hacerlo por burdibides y con barro. No faltará el frío ni la escarcha en las huertas. Hay que seguir y seguiremos. Con la antorcha que nos han dejado otros. El Euzkadi había ganado. En Europa y las Américas. Era un equipo selecto. Un equipo con buen patrón e inmejorables bogadores. Supieron seguir la marea y afrontar los peores vendavales. Jugaban al fútbol para dar pan a los niños vascos en el exilio. Sin cobrar peseta. Y hay que decirlo de nuevo: sin cobrar peseta.
Terminaba la guerra en Euskadi. Habían pasado ya dos años. Desde abril del 37 al 39. Era el momento triste de comenzar a andar en solitario. Con capacidad de equipo, buscando en el silencio, la noche y casi el destierro, buscando poder sobrevivir cuando todo se cerraba. Los jugadores de fútbol del Euzkadi se despidieron con diez mil pobres pesetas en el bolsillo, cada uno por su callejón, y abriéndose frente al futuro. Su ponderada e inigualable misión había concluido. Tiempo -poco- habrá para que alguien haga un homenaje a aquellos buenos gudaris-futbolistas, que llevaron el nombre de Euskadi por el mundo, y trajeron pan a los niños de las colonias del exilio.
Los argentinos de Buenos Aires habían tomado buena nota de la talla futbolística de varios jugadores del Euzkadi. La Selección Vasca perdió en aquellas tierras muchos pesos. Había estado bloqueada casi un mes por las amenazas franquistas. Se había perdido pan de dar a los niños. Y llegaron los fichajes. Era normal. Si Rusia aprendió a jugar al fútbol del Euzkadi, Argentina podía robustecer su equipo con un esqueleto vasco de jugadores.
Fue Zubieta el primero que fichó con el San Lorenzo de Almagro. Los resultados del equipo fueron hacia arriba, así como la taquilla. Pronto descubrieron los directivos de San Lorenzo que la incorporación de jugadores libres del Euzkadi les iba a resultar beneficiosa. Lángara fue el siguiente de los requeridos. Pocas horas habían pasado del fichaje y se enfrentó el San Lorenzo de Almagro contra el River Plate. Gran rival, y en Buenos Aires. Venció el San Lorenzo del Almagro por cuatro a cero. Con ¡Lángara como autor de los cuatro goles!
Olieron los argentinos -como los mejores ojeadores- el valor de los jugadores del Euzkadi. Pronto requirieron el ala izquierda: Emilín e Irarragorri. Se percató de la maniobra el River Plate y ofreció más dinero por el Chato de Galdakao. Pero fue Lángara quien desde el San Lorenzo de Almagro le repescó para su equipo bonaerense. Los cuatro jugadores vascos -Lángara, Zubieta, Emilín, Irarragorri- jugaban para ganar en el San Lorenzo de Almagro. Y pronto se notó en las arcas del club.
Similar gestión -quizá menos efectiva en cuanto a dinero- realizó el River Plate en un asalto de fichajes. Todos a cuenta de jugadores del Euzkadi. Así, contrató al gran portero Blasco y al famoso medio del Athletic de Bilbao, Cilaurren.
Luis Regueiro prefirió quedarse en México. Chirri II, que se había incorporado al Euzkadi en su singladura, se quedó por unos años en Buenos Aires con su hermano Marcelino (Chirri I). E Ignacio Aguirrezabala (Chirri II), en Bilbao. Éramos buenos amigos. Él ingeniero y monaguillo de la Misa de Don Pablo Bilbao de Aristegui. Y yo recordaba que en San Mamés era tormenta, cuando Ignacio (Chirri II) se bajaba las medias y subía Roberto a los córners.
También Ahedo y Areso jugaron con el River Plate. Los demás del Euzkadi siguieron jugando en equipos mexicanos como el España y Asturias.
En euskadi se había perdido En la Euskadi de Europa, los vientos no eran favorables. Se había perdido la guerra. Una guerra que no era nuestra, y que no la queríamos. Nos la habían metido como un viejo caballo de Troya. México volvió a ser para muchos jugadores del Euzkadi el cobijo y jardín de sus vidas. Allí se hicieron fuertes y prosperaron. Chato Irarragorri se lesionó en Buenos Aires, y de allí, volvió a México. Cuando se apagó la guerra mundial de Europa, volvieron algunos. El Chato llegó a jugar otra vez con el Athletic, ser su entrenador y ganar la Copa de 1950.
De aquellos colosos del Euzkadi han fallecido todos: Gorostiza y Cilaurren, un extremo inigualable y el formidable medio de Zorrotza. La vida sigue castigando, y también se han ido Chirri II, Muguerza, y Roberto, en Eibar. Los demás viven. Con sus años, nostalgias y su buena labor hecha: dar patadas al balón, para dar de comer pan a los niños vascos del exilio. Cuando nuestro caserío estaba todo roto. Había que seguir, y hubieran seguido.