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La excepcionalidad del debate en el Estado

La reunión entre el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, vuelve a mostrar que el diálogo político sigue atrapado en la lógica de las dos Españas

La reunión entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo vuelve a presentarse como un acontecimiento excepcional. El hecho de que dos responsables políticos de los partidos con mayor representatividad en las instituciones del Estado se sienten a hablar no debería ocupar un lugar central en la agenda pública. Debería ser la tónica habitual. Que lo haga revela un fallo estructural: el sistema político español ha perdido la capacidad de integrar el diálogo como herramienta ordinaria. La política funciona a golpes de excepcionalidad. El problema no es coyuntural. La dinámica de bloques que domina la vida pública desde hace más de una década ha reforzado una lógica binaria que remite, inevitablemente, a la vieja imagen de las dos Españas. No se trata ya de diferencias ideológicas, sino de la incapacidad para articular espacios comunes de interlocución. Ya no hay políticas de Estado, ni siquiera espacios comunes en los que poder coincidir. La fragmentación parlamentaria, la tensión territorial y la parálisis en órganos clave como el Poder Judicial son síntomas de un sistema que ha sustituido la negociación por la confrontación permanente. En este contexto, la crítica de partidos como Vox a la propia existencia de la reunión no es un elemento menor. Cuestionar el diálogo como mecanismo institucional confirma la profundidad de la fractura. La deslegitimación preventiva del encuentro no solo no contribuye a resolver los problemas de fondo, sino que refuerza la idea de que cualquier gesto de aproximación es una anomalía, como lo es también que una opción abiertamente extremista, con postulados teóricos en contra del acuerdo, esté en auge en los más recientes trabajos demoscópicos. En una democracia parlamentaria, la interlocución entre adversarios debería ser un componente estructural, no un motivo de sospecha. La expectación mediática que rodea la cita es otro indicador del deterioro institucional. La ciudadanía observa estas reuniones como episodios extraordinarios porque el sistema ha dejado de producirlas con regularidad. La política española necesita reconstruir un espacio común que permita superar la lógica de las dos Españas, no desde la unanimidad, sino desde la normalización del desacuerdo. Si la reunión entre Sánchez y Feijóo sirve para reabrir ese canal, habrá cumplido una función que trasciende su agenda inmediata.