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Editorial

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Incentivar o forzar el alquiler

El reciente desencuentro entre PSOE y Sumar por las medidas para incentivar el alquiler de vivienda refleja dos conceptos de sociedad que no deben perder la perspectiva de la realidad

El enésimo pulso ideológico entre los socios del Gobierno español –PSOE y Sumar– lo motiva la confrontación de dos formas de mirar el laberinto del alquiler y el derecho a la vivienda. Una fija el foco casi en exclusiva en los propietarios, especialmente en los grandes tenedores, haciendo tabla rasa de sus características y responsabilizándolos de un mercado desbocado. La otra asume que sin propietarios no hay parque de alquiler y apuesta por blindar al inquilino y a la vez seducir fiscalmente a quien pone su piso en el mercado. Ambas parten de un diagnóstico real –los salarios no alcanzan a las rentas, el acceso a la vivienda se ha convertido en trinchera social–, pero sus recetas apuntan a modelos sociales diferentes. El modelo más intervencionista se articula sobre tres ideas: topar precios, alargar forzosamente contratos y cargar nuevos costes sobre los “rentistas”. Parte de una intuición poderosa: la vivienda es un derecho, no una mercancía más, y el Estado debe frenar los abusos del capital inmobiliario. Pero cuando esa pulsión se deja arrastrar por la ideología de clase y borra las diferencias entre un fondo buitre y una familia que alquila el piso heredado, el riesgo es doble. Por un lado, el de una intervención jurídicamente discutible sobre la propiedad privada, con inseguridad normativa y una lluvia de recursos. Por otro, el efecto perverso de retraer oferta: menos pisos en alquiler, más presión sobre los precios y más economía sumergida. Ambos riesgos derivan en la esclerosis del mercado de alquiler. Frente a esa vía, cabe reforzar al inquilino y modular el comportamiento del casero a golpe de incentivos. Deducciones fiscales condicionadas a no subir la renta, bonificaciones si se alquila por debajo de ciertos umbrales, garantías públicas de cobro o de rehabilitación… Es el camino de la “seducción regulada”, que están aplicando, sin ir más lejos, los Gobiernos de Gasteiz e Iruñea, que buscan que la rentabilidad sea compatible con la función social de la vivienda sin caer en regalos indiscriminados a quienes menos lo necesitan ni socializar riesgos privatizando beneficios. El debate no está en castigar o premiar a los propietarios, sino en domesticar o no un mercado que por sí solo es ineficiente y genera exclusión social. Ni fe ciega en el mercado ni una épica de bandos que solo será un problema añadido.