Habían controlado hasta el último detalle. Durante semanas, el equipo de Zetak blindó Mitoaroa III con el mismo celo con el que se protege un gran estreno: ensayos a puerta cerrada, máxima discreción y un secretismo casi obsesivo para que nada empañara el efecto sorpresa. Pero había un invitado imposible de acreditar, de esconder y, sobre todo, de dirigir: el tiempo.
A las 21.50 horas, cuando apenas faltaban diez minutos para que las luces de San Mamés dieran paso al mayor espectáculo concebido hasta la fecha por Pello Reparaz, unos relámpagos comenzaron a dibujarse sobre el estadio. Esta vez no formaban parte del espectáculo. Minutos después, un chaparrón descargó sobre las más de 40.000 personas que esperaban en el campo y las gradas, obligando a retrasar una hora el inicio de la función, que además se emitía en directo por ETB2.
La maquinaria se puso en marcha con una rapidez admirable. Operarios cubrieron el escenario y la gran pasarela en forma de cruz con enormes lonas de plástico para proteger el montaje.
Cuando la lluvia remitió, siete personas retiraron aquella gigantesca manta mientras otros secaban el suelo con fregonas y una máquina recorriendo de punta a punta la pasarela. Hubo focos que dejaron de responder, algunos no giraban y tuvieron que ser sustituidos sobre la marcha. El reloj corría y el equipo técnico trabajaba contra él.
Fiesta improvisada
Mientras tanto, el público convirtió la espera en una fiesta improvisada. Los que se había tirado una hora domando el peinado contemplaban resignados cómo el esfuerzo desaparecía bajo el agua. "Una hora pasando las planchas al pelo para terminar así", decía una de las asistentes. Otros improvisaban refugios con bolsas de plástico, chaquetas o cualquier cosa que encontraran a mano.
Los más previsores sacaban paraguas o ponchos. En la grada apareció la ola. “¡La ola la tenemos aquí abajo, que estamos todos hundidos!”, bromeaba una asistente desde la pista, arrancando las risas de quienes compartían empapados la misma espera.
Porque si algo quedó claro antes incluso de que comenzara Mitoaroa III es que hay cosas que ningún guion puede prever. Ni el espectáculo más milimetrado puede negociar con una tormenta de verano.
El agua descolocó el plan previsto, pero también puso a prueba a un equipo que respondió con eficacia para que, una hora después, el viaje pudiera comenzar casi como si nada hubiera pasado. Y de la tormenta se pasó a los saltos, a las canciones y a la ovación. 40.000 almas viajaron al 2084 con la mitología vasca como hilo conductor de un espectáculo que no dejó indiferente a nadie.