El final de la decadencia de su primera etapa para sus fans más puristas y arriesgados o una obra maestra pop ligada al baile? Esa es la controversia que acompaña a Let´s Dance (EMI), el disco más comercial y bailable de David Bowie, que ha vendido más de 10 millones de copias desde que se editó un mes de abril de hace 43 años. El artista camaleónico y experimental decidió asaltar las pistas de baile con la ayuda del exChic Nile Rodgers, que impregnó de sonidos disco y funk himnos como el que titulaba el álbum o Modern Love.

Fue el 14 de abril de 1983 cuando Bowie sorprendió con Let´s Dance, un clásico del pop llenapistas y favorito de las listas de FM que fue n.º uno en Reino Unido y cuarto en Estados Unidos y se asentó como uno de los discos más populares de una década en la que el siempre inquieto e imprevisible músico inglés logró codearse –en términos comerciales, en valía artística nunca hubo dudas– con Madonna, Springsteen, Michael Jackson y Prince, el póquer que dominó los 80. Y no solo en discos vendidos, también en sus conciertos, ya que la gira Serious Moonlight Tour llegó a congregar a 100.000 espectadores en algunos estadios.

Bowie venía de disfrutar del éxito teatral de El hombre elefante, de su participación en películas como Yo Cristina F., El ansia y Feliz Navidad, Mr Lawrence, y el gran resultado de canciones como Under Pressure, junto a Queen, y Cat People (Putting Out Fire), junto al productor Giorgio Moroder. Let´s Dance nada tenía que ver con los sonidos maravillosos, turbios e intrincados de discos recientes como Lodger y Scary Monsters (And Super Creeps).

Mirar atrás

Bowie se reencontró con algunas de las músicas que había escuchado en su adolescencia, de James Brown a Buddy Guy, Albert King o Johnny Otis. “Sonidos de los 50 y 60 que no tenían pretensiones y que solo inspiraban placer y alegría. Había un cierto entusiasmo y optimismo que emanaba de aquellos discos”, explicó el autor de Starman o Space Oddity. Su primera decisión fue romper con el sello RCA y eligió a EMI para hacer bailar a todo el mundo a cambio de un cheque de 15 millones de dólares. Tras barajar volver a trabajar con Toni Visconti como productor, al final se decidió por Nile Rodgers, en aquellos tiempos conocido como el Rey del Funk y responsable como productor del éxito reciente de Diana Ross y después de Duran Duran y, ya en siglo XXI, de Daft Punk.

Ambos sellaron su pacto tras un encuentro casual en un hotel. “Teníamos muchas cosas en común”, recuerda Rodgers, que acababa de publicar su debut en solitario tras la disolución de Chic y se sintió afortunado por la propuesta, ya que amigos como Luther Vandross, Carlos Alomar y Dennis Davis habían trabajado ya con Bowie en Young Americans. El trabajo informal arrancó entre la casa de Nile y en la mansión suiza de Bowie. “Él no quería hacer un segundo Scary Monsters. Quería producir éxitos y yo era como Terminator, únicamente me detendría cuando mi misión estuviera terminada”, explicó Rodgers.

Proceso rápido y resultado bailable

El repertorio –8 canciones en 40 minutos– se grabó en poco más de dos semanas. “Lo crean o no, desde el principio hasta el fin de la mezcla solo necesitamos 17 días”, se ha jactado siempre Rodgers, que llamó a músicos cercanos y del entorno de Chic para participar en él. Ayudaron el teclista Robert Sabino; Tony Thompson, el batería de Chic, conocido como “el metrónomo humano” por su dominio del ritmo; el percusionista Omar Hakim, de Weather Report; el bajista Carmine Rojas; el percusionista Sammy Figueroa; los coristas Goerge y Frank Simms; el trompetista Mac Gollehon y los saxofonistas Robert Aaron, Stanley Harrison y Steve Elson. El tono rockista recayó en la guitarra tejana de nada menos que Stevie Ry Waughan.

El disco, en cuya portada aparece Bowie con el torso al aire, como un boxeador peso pluma con el pelo decolorado, es fruto de su tiempo y, por lo tanto, existe en él un gran peso de los sintetizadores, el instrumento rey de los 80, aunque Rodgers los acompañó siempre de baterías orgánicas y un ritmo con un groove muy marcado y claramente heredero de la música negra más bailable, como se demuestra desde la apertura con Modern Love. El tema incorpora una batería irresistible y orgánica –huyeron de las cajas de ritmos– en un claro un homenaje al cancionero más alegre de Little Richards, ídolo de Bowie, que lo sostiene con un sintetizador que juega al son del piano mientras se eleva el típico juego de preguntas y respuestas en el estribillo y el saxo se casca dos solos estratosféricos. El otro puntazo llenapistas del disco es la propia Let´s Dance, con su batería y bajo omnipresentes, metales, sintetizadores, sus percusiones latinas, la línea de guitarra funk de Chic y otro solo de Ray Vaughan.

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Solo se les acercó en respuesta comercial masiva la versión de China Girl, canción de Iggy Pop que el exStooges incluyó en su debut discográfico, en el que Bowie ejerció de productor. Recuperada años después, sumó un ritmo muy marcado, una guitarra juguetona, un riff exótico oriental y un vídeo sensual que fue censurado en algunos países. Alude a Kuêla Nguye, una vietnamita que Iggy y Bowie conocieron. En palabras de ella, “forjamos una amistad amorosa y apasionada entre los tres”. Más curiosas resultan Without You, entre la balada y el medio tiempo, y única canción del disco en la que colabora el bajista Bernard Edwards, coartífice del sonido Chic, que se quedó fuera del resto del álbum por sus problemas con las drogas. “Clavó su bajo en solo 13 minutos”, reconoció Rodgers. También curiosa suena Ricochet, lo más audaz y menos pop del disco, con grandes metales y coros poderosos.

La revisión del disco es Cat People…, que decidió recuperar porque nunca le gustó el sonido de batería de la toma de Moroder. Ry Vaughan vuelve a lucirse en ella mientras se alude a “apagar el fuego con gasolina”. La segunda versión es Criminal World, de Metro, lanzada en 1997 y censurada en su momento por el verso: “los chicos parecen chicas con caras de bebé”. En 1983 y tras el éxito de Culture Club y los Nuevos Románticos, no escandalizó a nadie. Y el agur lo marcó Shake It, entre referencias a un Nueva York “que conozco bien”. Suena tan voluptuosa y funk que parece creada para animar el desfase de las madrugadas de la disco más famosa de la época, Studio 54.