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Miguel RíosCantante

“Estoy de puta madre, soy de los que mejor cantan en este país todavía”

El veterano rockero, de 81 años, repasará su carrera y su disco reciente, ‘El último vals’, el 31 de enero en el Palacio Euskalduna

“Estoy de puta madre, soy de los que mejor cantan en este país todavía”Promo Sapiens

Miguel Ríos fue el albañil del rock estatal, quien puso las primeras piedras de un estilo que se resiste a abandonar, orgulloso, a su 81 años de edad. “Estoy de puta madre, todavía soy de los que mejor cantan en en este país”, explica en esta entrevista previa a su concierto el próximo 31 de enero en Bilbao, en Euskalduna, en el marco del ciclo Negufest, en el que presentará su disco El último vals (Altafonte).

Ha tenido que suspender alguna actuación, pero la gira va muy bien.

Está siendo muy bonito, un reencuentro con quien me sigue desde hace mucho tiempo. Al ser recintos de 1.500 personas, puedo ver a la gente, no como cuando actué en Txurdinaga en los 80. He tenido que suspender un par de fechas porque, como canto en el último disco, “las averías me comen por dentro” (risas). Tuve una contractura cervical y no podía moverme. Estoy haciendo un concierto a la semana, no quiero morir en el intento

Aquellos viejos dobletes...

Me acuerdo perfectamente. Incluso llegamos a tocar hasta en tres salas el mismo día aunque bolos de unos 15 minutos y de siete canciones. Aquello era una odisea, lo de hoy es luxury, siempre viajando en business.

Con 65 años dijo que lo dejaba para no ser una caricatura...

Fue porque escribí Cosas que siempre quise contarte, una autobiografía, me enganché y llegué a creer que estaba dotado para la escritura. Escribir sobre uno mismo es fácil si eres honesto y cuentas la verdad, las glorias y miserias del oficio, pero me puse con una novela sobre los días del Price y advertí que por mucho que haya leído me falta técnica para desarrollar una trama con muchos personajes que van entrando y saliendo. Además, colaboré con M–Clan, hice Un concierto, una ilusión y luego me sumé a la gira de El Gusto es Nuestro.

¿Y ahí se reconectó con la profesión?

Es que estoy bien de voz y sigo con la inquietud de contar lo que me pasa, así que hice un disco con la Orquesta Ciudad de Granada, el acústico Un largo tiempo y el último.

El anterior disco incluía ‘Cruce de caminos’. ¿No habrá habido algún pacto con Satán que desconocemos?

(Risas). Eso quería hacer pensar a la gente, que se me había aparecido de una puta vez. Me hubiera quitado todas las averías que tengo, habría sido todo más fácil. Me divertí mucho haciendo ese disco, en el que canté sin batería por primera vez y, por tanto, quedaba un espacio interesante para la voz. Estaba muy arropada y presente, me emocionó mucho.

Calor, excitación, compartir, mensajes de insurrección… Quizás ahí esté la respuesta, ese “combustible para el corazón” que le hace seguir.

Eso es. Esos temas los sacas de este último disco, en el que sigo escribiendo de cosas que me representan a mí o a la época en la que vivo aunque hay baladas atemporales de amor, la herramienta que mueve el mundo. Este disco reciente tiene menos amor, por razones biológicas, es más introspectivo. Ofrece un examen casi nostálgico de aquel espíritu y músicos que nos movían de jóvenes. Recuerdo los guateques con discos que arramblábamos por ahí, con mucho rock y un final para el agarrado donde sonaba Only You, una de las canciones más emocionantes que he oído en mi vida.

El actual es un disco de rock (y country, blues y folk) tras el más acústico anterior. ¿Qué papel ha jugado Jose Nortes en él?

Ha sido el factótum n.º 1. Llevo con él desde antes de despedirme y me ha acompañado en mis aventuras benéficas. Es un tío extraordinario y un músico y productor cojonudo, siempre fiable. Si por mí fuera, repetiría y repetiría cada canción; él dice basta, así está bien, tiene ya la emoción. Es conductista y sabe quitarte la expectativa que llevas para decirte lo que se puede conseguir y lo que no. ¿Cantar como Ray Charles? Pues no.

¿Qué papel jugó en la composición?

Nortes está tocando siempre la guitarra, hasta cuando grabamos. Le dije que dejara de perder el tiempo y me ayudara en la composición. Él me mandaba bocetos y yo le buscaba el sentido emocional, sobre qué podía ir con la letra… El primer tema que compartimos fue Si pudiera parar el tiempo, del que mandó el estribillo muy rápido. Luego seguimos con ese proceso, con el envío de notas por ordenador que luego desarrollaba yo en casa. Creamos en la distancia, como cuando grabé 60 razones con John Parsons. Es un método eficaz, se gana tiempo.

Que el último disco sea eléctrico es fruto de la casualidad ¿verdad?

Pues sí, iba a ser acústico, como el anterior, pero llegó Luis Prado, que toca de todo, y metió unas baterías cojonudas. Él y Nortes se lo guisaron y se lo comieron todo. Llegaba yo al estudio y estaba buena parte del trabajo hecho, como en la época de Hispavox con Trabucchelli. De haber hecho otro acústico, nos habríamos repetido. El disco tiene también mucho de mí en temas como No es la Tierra, estúpido, eres tú! o La buena orilla, que son de corte político.

Hay canciones, como ‘La rampa de salida’, que además de una celebración de la vida, le atan a su presente. ¿Cómo afronta lo inevitable del final de la vida, de “ese destello fugaz”?

Ese tema habla de la filosofía que me gustaría tener siempre, ya que no estoy con ganas de bailar en ocasiones. Y sobre lo inevitable de la muerte, como no pasa de un día para otro te vas acostumbrando. La vida estaría bien pensada si no existiera el dolor, sería cojonuda. La pérdida natural de facultades, especialmente de la fuerza, es algo que no piensas a los 30 años. Yo me creía inmortal. Ahora, ves cómo la gente cae a tu alrededor, incluso más jóvenes que de mi quinta. Por cierto, esa canción surge del escritor Manuel Vicent, con quien quedo a veces. Siempre me dice que no olvidemos que estamos ya en la rampa de salida (risas). Y tiene también mucho del sentimiento de México sobre la muerte y su desmitificación. Allí no mueres, te ponen un altar y te dan un tequila en cada Noche de Muertos.

¿Cuánto de duro resulta cantar rock a los 81 años?

Es lo que mejor llevo, y me asombra ver la cara de satisfacción de la gente. Lo noto desde niño, cuando cantaba en un coro con los curas. Veo cómo se transforman al oír mi voz, mi vibrato. Y estoy de puta madre a mis 81 años, soy de los que mejor cantan en este país todavía.

¿Vicios?

Pocos, hago ejercicio moderado para coger tono muscular, pero cuidarme es algo reciente. De joven, cuando la vida era eterna, no estaba dentro de mis prioridades (risas). Lo importante es no olvidar el concierto del fin de semana próximo, que al bajar el telón de Logroño llega Bilbao. Es vivir para cantar y si no te diera placer, sería algo muy triste, una putada. Mi dificultad principal es que no puedo cantar como quien no canta bien. Hay gente que ha basado su modo de comunicar y emocionar no en una técnica ortodoxa sino en sus letras o el total del artista, en su leyenda o en sus letras. Robe o Sabina no tenían que cantar de una manera académica; yo me obligo a fijar la nota determinada porque la gente quiere cantar conmigo Santa Lucía, por ejemplo, así que no puedo ser Dylan y que las canciones no sean reconocibles. Él lo hace solo por dar por el culo, pero yo quiero que el público se sienta recompensado por lo que ha pagado al escogerme.

Ha logrado que canciones suyas signifiquen mucho para varias generaciones. ¿Tiene favoritas, se queda con himnos como ‘Bienvenidos’ y ‘Santa Lucía’ o con ‘La huerta atómica’?

De esa última tendría que repasar la letra, no me acuerdo (risas). Ese disco es una pasada y está muy relacionado con su tiempo, con esos primeros años 70 y la inspiración del rock sinfónico de los Genesis de Peter Gabriel en su álbum The Lamb Lies Down on Broadway. Era una idea operística de cuando vivía a 500 metros de la base aérea de Torrejón. Allí había una granja avícola que tuvo que cerrar porque implosionaban los huevos de las gallinas ante el ruido de los aviones.

Hablando de ese disco hippie, cada vez hay más aviones de guerra que árboles.

Hombre… Ahora sería imposible vivir allí. Yo me enteraba de la guerra de Vietnam por los movimientos de la base militar. Los aviones repostaban allí y recorrían medio mundo. Pasó igual en la guerra de Los Balcanes. Ese disco me lo pagué yo tras salir de Hispavox y lo hice con una independencia total. No tenía ni singles.

‘Buenos días, Supermán’ parece el abuelo de temas actuales como ‘No es la tierra estúpido. Eres tú!’ Le va como anillo al dedo a Trump.

Él sería el paradigma de todas estas diatribas. La de Supermán era una canción de Víctor Manuel y a mí me faltaba una, así que se la pedí. Ese disco tenía más sintetizadores y melotrones que guitarras. Allí estaban Antonio Gª de Diego, Juan Cánovas, Mariano Díaz y Javi Rojas. Eran unos killers, sobre todo de Diego, gran músico y cantante.

Lleva toda la vida ligado al rock, pero ha perdido relevancia, no solo musical, también social.

No te creas, veo cómo lo vive la gente y se levanta en los teatros. Fue concebido como un estilo dirigido al baile pero encerraba un alma especial, su vocación de representar a una generación de manera política, social y narrativamente. Por eso cambió el siglo XX. No sucedió igual con la música clásica dos siglos antes en el ámbito popular porque estaba dirigida a las élites aunque saliera del pueblo al estar basada en recreaciones de la música popular de la época. Yo creo que el rock clásico se tocará en el siglo XXII, es ya historia.

En el tránsito de hippie a burgués para algunos, no se ha derechizado. Sus letras siguen criticando al capitalismo, el calentamiento global, las políticas contra la inmigración… “Hay que luchar”, canta.

(Risas). Tengo asumida mi clase social, y me gusta.

No pocos defienden que ya no existen clases sociales ni ideologías.

Claro, porque les interesa seguir robando (risas). Nos ha jodido, sin ellas para qué vas a protestar buscando la justicia social. Las trampas de este tiempo son eslóganes tan brillantes como ese, y se lo cree la gente muy pobre que vota a la ultraderecha. Lo mío no tiene ni que ver con el compromiso, sino con la forma en la que te sientes cómodo. A mí, que me gusta empatizar con la gente, me dan por el culo las reuniones con ricos, no me encuentro a gusto. Sé que lo que han construido viene de joder a otros.

¿Parte de culpa no la tiene la vieja Europa y la propia izquierda? Algo estarán haciendo mal.

Claro, cosas tan pueriles como dar a la dereecha todo los símbolos y comprar sus eslóganes muy a la ligera. Además, la izquierda tiene toda una historia malsana de desunión desde Marx a la actualidad. El ser humano busca poder y cuando se logra, aunque sea cola de ratón, se aferra a él. Resulta descorazonador ver a gente con poder y que ha actuado como lo ha hecho, sin dignidad alguna. Robar a mansalva, vivir en un mundo de contradicciones, el trato a las mujeres…

Son comportamientos muy de derechas, además.

Pero por parte de una izquierda muy estricta y chulesca. Yo nunca he tenido carnet alguno aunque mis simpatías por el PSOE son indestructibles, incluso en este momento. Cuestionarse las cosas no es moverse hacia el voto a VOX, un neofascismo que recibe votos de la gente de izquierdas. Es algo incomprensible para alguien como yo, establecido y con buen vivir y pasar. No solo es el dinero, también la dignidad.

¿Ese último vals es un adiós?

Pues no, esa canción, con su aire a lo Ray Charles, habla de desamor, pero reconozco que la letra tiene su riesgo, que puede ser entendido así. Cuando me despida, lo haré a la francesa, sin avisar (risas).