El músico de sangre armenia, nacido en Beirut en plena guerra civil libanesa y ahora asentado en Madrid, es mucho más que un violinista. Es un fenómeno de masas, que a lo largo de su ya extensa carrera ha conseguido acercar la música clásica a todos los público, mayores y niños, manejando todos los ge?neros sin prejuicios, desde Bach a Led Zeppelin, y con la multiculturalidad por bandera. El comingo llega al Palacio Euskalduna en el marco de su gira The Ara Malikian World tour, con un concierto cargado de energía y vitalidad .

Presenta en esta gira un disco que compuso y grabó en parte durante el confinamiento. Ha confesado que aprovechó los meses de parón obligado para reencontrarse consigo mismo y los suyos.

—Vivimos una situación mundial muy dura, pero con una parte enormemente bonita y es que me permitió estar muy cerca de mi hijo Kairo y observar su crecimiento. Antes de la pandemia tenía muchísimos conciertos al año, estaba todo el día en la carretera, cogiendo aviones, en los aeropuertos... Y, de repente, volví a casa y tuve la posibilidad de ser parte del crecimiento de mi hijo, de su mundo, de su fantasía, de su imaginación... Me cambió la vida. Echaba de menos a mi hijo y me di cuenta además que con la guerra en el Líbano no había tenido infancia, tenía olvidada esa parte de mi vida, fue como una regresión. Prácticamente todo el disco está dedicado a ello, no es un disco familiar, no es para niños, pero está inspirado en su mundo fantasioso, en el que todo es posible.

No ha tenido una vida fácil. ¿Siempre saca algo bueno de las dificultades?

—Ha sido un momento muy duro, muy difícil, una época muy mala. Muchos amigos, compañeros y familiares se han infectado, todos teníamos mucho miedo por ellos. Pero, al fin y al cabo, somos seres humanos y tenemos que buscar lo positivo de la situación. Era difícil hacerlo, pero tenemos que aprender algo de las dificultades, sacar lo bueno de lo que hemos vivido. Y lo bueno es precisamente eso, cuidarnos, cuidar nuestra sociedad y el planeta. Y a partir de ahí, entraremos en una sociedad mejor.

Tras el confinamiento, enseguida reanudó los conciertos...

—Me siento muy privilegiado porque a pesar de la pandemia hemos podido seguir haciendo conciertos diferentes, con aforos limitados, y con todas las medidas de seguridad. Además, era muy difícil salir al extranjero, pero ahora se está volviendo a la normalidad y la banda también ha crecido. Y la verdad es que estamos contentos, parece que ya por fin la pandemia puede estar pasando.

Y a partir del día 20, sin mascarilla. Echará en falta ver la expresión del público.

—Teníamos mucho miedo cuando empezamos los conciertos por ver cómo iban a ser con las medidas de seguridad, pero esta etapa también nos ha aportado un aprendizaje maravilloso porque aprendes a descifrar el estado del público a través de sus ojos, de su energía, no solo a través de su sonrisa. Para mi ha sido un aprendizaje muy bonito, a pesar de que no veía las caras del público, solo veía los ojos. Aunque, lógicamente echaba mucho de menos las sonrisas de los espectadores.

Despliega energía sobre el escenario: salta, baila, se arrodilla e incluso, a veces finaliza una de las canciones de la velada completamente tumbado y acompañado siempre de su violín que no deja de tocar.

—Ha sido un gran camino, no siempre he sido así. Tuve una época en mi vida en la que subía al escenario y lo único que me preocupaba era tocar a la perfección, que no me fallara ni una nota. Estaba más tenso y eso obviamente el público lo nota. Y, poco a poco, me fui dando cuenta de que no vienen a criticarte, no vienen a ver si has fallado una nota; el público viene a disfrutar, es tu aliado. Así que poco a poco cambié el concepto, me relajé y al hacerlo, me sentí una persona normal. Que es lo que hay hacer con el público, porque el publico es parte de la actuación, es parte del espectáculo. Yo lo necesito para inspirarme, necesito su energía. Y la verdad es que cuando me subo al escenario, me siento arropado, querido. Es maravilloso.

¿Cree que esta actitud tan estirada y solemne que tienen algunos músicos clásicos ha espantado al publico?

—La verdad es que nunca he entendido muy bien porque la actitud de muchos músicos clásicos es tan arrogante, tan estirada. Creo que cuando subimos al escenario debemos ser muy agradecidos, el que manda siempre es el público, nunca el artista. Estamos a su servicio y no hay razón para ser tan arrogante. No hay que llegar hasta el punto de criticar el comportamiento del público, me parece lamentable a veces que algunos músicos clásicos, cuando alguien empieza a toser o a moverse, lanzan miradas desafiantes. Me parece una falta de respeto. Yo no me siento identificado con ello.

Estos días recordará mucho su infancia en Beirut, entre bombardeos, cuando ve las imágenes de lo que está ocurriendo en Ucrania.

—Lo de Ucrania es una situación muy dura de aceptar y difícil de entender que en el siglo XXI, después de todo lo que hemos vivido, pueda haber todavía razones de fronteras y económicas para que un dictador decida invadir un país sacrificando miles de personas inocentes y civiles. Tenemos que solidarizarnos, pero tampoco podemos olvidar que hay otras 30 guerras activas en el mundo y tenemos que solidarizarnos también con ellas.

El documental 'Una vida entre las cuerdas' dirigido por su mujer, Nata Moreno, nos invita asomarnos a su arte y a una vida de película, con drama, aventura y éxito. Una vida complicada.

—A veces, sientes que las cosas duras que vives tienes que esconderlas para seguir adelante, precintarlas para vivir el presente. Eso fue lo que me pasó durante años. Pero Nata sacó todo eso en el documental y fue para mí como una terapia. Fue bueno recordarlo para disfrutar todavía más de lo que estoy viviendo ahora.

Cuenta en él cómo empezó a tocar el violín en un garaje donde se refugiaba de las bombas...

—Tenía la edad de mi hijo, siete u ocho años, cuando empezó la guerra y cuando eres niño no te das mucha cuenta de lo que estás viviendo. Cuando ves todo un país sufriendo, piensas que es lo normal, aunque lógicamente me ha quedado mucho susto. Esas vivencias están allí, los niños sufren mucho durante la guerra. Pero si tienes que permanecer días, semanas, meses en un refugio, la vida tiene que continuar. Ahora, en Ucrania hemos visto muchas imágenes de personas que intentan tocar y hacer fiestas en el refugio y me he acordado perfectamente de las situaciones que viví en el Líbano hace 40 años. La vida sigue y, a pesar de vivir una situación muy dura, intentas fingir que lo estás pasando bien dentro de la tragedia, haces cosas para intentar olvidar lo que estás viviendo.

¿Y usted superó esos momentos duros de conflicto bélico con la música?

—La música, el arte, la cultura te ayudan a pasar esos momentos de guerra, de pandemia que hemos vivido. En los países que han tenido una guerra o ha sufrido momentos difíciles de censura sobresale en estas condiciones.

¿Recuerda la primera vez que cogió un violín?

—En mi caso, fue a través de mi padre, le gustaba el violín y la música obsesivamente. Así que él ya había decidido que tenía que tocar el violín incluso antes de que naciera. Y, en su caso, lo tuvo a través de su propio padre, por mi abuelo. Siempre fue de familia, estaba presente desde mi abuelo.

A su abuelo un violín le salvó la vida, aunque nunca lo tocó, según cuenta en el documental.

—Así, es nunca lo tocó, lo fingió para salvar su vida. Durante el genocidio armenio, cuando perdió a toda su familia, un señor mayor le dio uno para que fingiera que formaba parte de un grupo musical y así poder salvarse del genocidio, para que pudiera pasar la frontera como si fuera un músico más. Así consiguió escapar y guardó este violín como recuerdo.

¿Conserva usted ese violín?

—Sigue estando ahí, con él empezó a tocar mi padre, yo he utilizado luego otros porque ese es limitado, no es muy bueno, pero tiene mucha alma. Así que, de vez en cuando, lo toco, pero no en los conciertos. Lo hago en privado, cuando me apetece.

Su primer concierto fue con 12 años.

—Por supuesto, es lo mismo que hemos hablado antes, cuando ves una guerra, la única manera de soportarla, de sobrevivirla, es teniendo esperanza. Y cuando tienes esperanza, confías en que pronto todo vuelva a la normalidad. En aquella época, en los momentos en los que no había bombardeos, en las treguas, se organizaban muchos conciertos, muchos actos culturales. Y siempre me acordaré de aquel primer concierto con mucho cariño.

Salió del Líbano con 15 años.

—Fui a estudiar con una beca, me encontré en Alemania solo, sin mis padres. Les echaba mucho de menos y tampoco había mucho contacto con el Líbano telefónicamente. Así que fue complicado. Practicaba diariamente entre 10 y 12 horas porque mi padre me advirtió antes de irme que para ser respetado tendría que ser mucho mejor que los de allí. Desde entonces, vivo en Europa.

En esta gira, no para de sumar fechas internacionales por los cinco continentes, que lo llevarán a tocar en escenarios de Los Ángeles, Nueva York o Miami entre otros.

—Ahora tenemos una gira bastante extensa ya que se ha reactivado los conciertos en el extranjero. Tenemos una media de 100 conciertos al año. Es verdad que queda poco tiempo para estar en casa, pero intento buscarlo gracias al aprendizaje del confinamiento. Si algo me ha dado esta pandemia, es valorar el tiempo que puedo estar en casa, algo muy precioso que no me quiero perder.