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David Hornback: "La gente cree que estas obras son dibujos, pero son pensamientos y emociones ocultas"

16.08.2020 | 08:35
El fotógrafo David Hornback.

Ha tenido al mundo en su objetivo. Premio Pulitzer con sus compañeros por cubrir el terremoto de San Francisco, se embarca en una nueva aventura con sus 'shittels'

Como reportero gráfico, David Hornback (Los Ángeles, 1962), ha trabajado para el National Geographic y el New York Times, entre otros medios. Sus trabajos le han llevado por los cuatro continentes cubriendo la caída del Muro de Berlín y el 60 aniversario del Desembarco de Normandía. Consiguió incluso un Pulitzer –el premio más prestigioso del mundo del periodismo– con un grupo de compañeros del San Jose Mercury News de por la cobertura del terremoto de Loma Prieta cerca de San Francisco en 1989.

David Hornback lleva 22 años viviendo entre Bilbao y Berlín y además de fotógrafo, es un hombre inquieto a quien le gusta adentrarse en otras disciplinas artísticas como el teatro, el cine, la pintura o el dibujo. Hasta final de este mes, expone su nuevo proyecto, Shittels, en la galería Aldama Fabre de Bilbao, de 6 a 8 de la tarde, los jueves y viernes. En noviembre, se presentará también en el FIG (Feria Internacional del Grabado), que se celebrará en Bilbao.

¿Qué es 'Shittels'?

—Es una palabra inventada por mí para explicar mi última obra gráfica, que no son dibujos pero tampoco escritura. Busqué dos palabras, una en inglés que es scribble (garabato) y otra alemana, Zettel, que se puede traducir como escribir una nota en un papel. Llevo varios años escribiendo en unos cuadernos negros todas mis emociones, pero en un momento me di cuenta de que no quería que nadie pudiera leerlos, así que me inventé esta técnica de dibujar encima. La gente se me acercaba y me preguntaba qué estaba haciendo; Pues mis pensamientos, mis emociones, les explicaba. Hace menos de un año, una amiga fotógrafa en Berlín me preguntó por qué siempre lo hacía en cuadernos pequeños. Me dio unas hojas grandes y me animó a probar con colores. Estuve luego con un grupo de teatro por Francia, Alemania e Italia y los acabé haciendo en hojas más grandes. Hice más de 100 obras.

Y ahora presenta más de 69 de esas obras en esta exposición, algunas en blanco y negro y otras en color. ¿Expresan su estado de ánimo?

—Suelen coincidir. Es como si entrara en trance, intento expresar lo que siento y escribo y escribo... Y cuando acabo, me siento aliviado y, después, descubro lo que ha salido. Es una terapia, solo escribo sobre emociones y una vez que están sobre el papel, me siento libre. La gente entra a la galería y cree que son dibujos, pero no lo son, tampoco escritos, son mis emociones, mis secretos.

¿En qué idiomas escribe?

–Escribo en inglés, alemán y castellano, y algunas palabras, en euskera. Sé que mi letra es muy fea, soy zurdo y los zurdos tenemos que empujar más el folio. Pero cuando dibujo encima de mis pensamientos, las letras ganan belleza.

¿Durante el confinamiento ha seguido trabajando en esta obra?

—Intentaba hacer menos porque soy bastante obsesivo; era peligroso, podía estar todo el día y toda la noche haciéndolos.

¿Sus 'Shittels' tienen algo que ver con la fotografía? ¿Hay alguna influencia?

—En absoluto, no veo ninguna relación, esto es algo que ha sorprendido a mis amigos, y más a mí, porque no sé de dónde han salido.

Todos conocen a David Hornback por sus fotografías, pero es un artista muy polifacético. Ha hecho teatro, ha participado en documentales, pintura, imparte clases de fotografía...

—Sí, siempre que me proponen nuevos proyectos me suelo animar. He hecho la voz en off del documental Estrellado de Blanca Oria, sobre el artista navarro Gerardo Lizarraga, que se presentó en Zinebi; me han pedido que participe recientemente en una obra de teatro, en la que he hecho de fotógrafo, imparto clases de fotografía, con las que disfruto mucho...

Y ha presentado también un libro de fotografía, 'Where the Hell is Wichita?' (¿Dónde demonios está Wichita?). Algunas de ellas también están en esta exposición.

—Son imágenes tomadas entre 1977 y 1980, cuando era adolescente. Con cinco años, me mudé con mi familia a Wichita, un pequeño pueblo perdido en el corazón de Kansas. Estas fotos son como la primera parte de mi vida y esta obra gráfica que presento en la galería, la última. Y las dos tienen una cosa en común, cuando hice estas fotos no sabía nada de fotografía, y cuando realicé estas últimas obras gráficas, también era nuevo para mí.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a la fotografía?

—Un día retraté un árbol que había en el jardín de mi casa. Cuando a los pocos meses desapareció me di cuenta de la importancia y el poder que tiene la fotografía. Me pareció fascinante que se pueda mantener vivo algo que ya no existe, así que me lancé a sacar fotos. Estas son fotografías que hice cuando estaba en el instituto; la mayoría son de mi familia, de mi padre, de mi madre, de mis hermanos, de algunos amigos y vecinos... La mayoría de los negativos los metí en cajas cuando fui a la universidad y los guardé en el ático de mi casa. Volví a descubrirlos décadas más tarde cuando fui a a visitar a mis padres; mi madre me mandó al ático para recoger algo y los encontré.

Cuando estaba en la universidad ya empezó a trabajar en la revista National Geographic...

–Con 18 años, me fui a la universidad de Kansas, que estaba a cuatro horas de mi casa, a estudiar. En la fotografía tuve mucho éxito y acabé trabajando en el National Geographic. Fue una experiencia fantástica.

Posteriormente, colaboró para varios medios y le tocó vivir momentos muy intensos, entre ellos, el terremoto que estremeció a San Francisco en 1989, con el que consiguió el Premio Pulitzer.

—Siempre digo que fuimos un equipo, no lo gané yo, lo ganamos en grupo. Estuvimos tres semanas trabajando día y noche, hablando con las víctimas. Queríamos contar qué les ocurría a las personas tras sufrir una experiencia tan dramática...

Pero no pudo ir a recoger el premio...

—Cayó el Muro de Berlín. Yo había vivido dos años allí, así que monté en un avión y desde Nueva York llamé a mi jefe para decirle que me iba a hacer fotos. Fueron seis semanas sin parar.

Ha cultivado casi todos los géneros fotográficos (reportajes, viajes, arte, retratos, naturaleza€), pero ha confesado en varias ocasiones que las imágenes que más le gusta hacer son las de calle.

—Cuando me dedicaba a la fotografía profesional, noté que estaba perdiendo la inocencia de las primeras fotos. Es normal, no tienes tiempo, tienes que hacer varias fotos en poco tiempo, y que sean buenas. No hay casi tiempo para nada. Llevo varios años dando clases y lo primero que enseño es a jugar; quiero quitar a mis alumnos todas las reglas que han ido aprendiendo, intentar bajar el nivel a cuando tenían ocho o nueve años. Cuando llegan a la escuela de Bilbao donde doy clases, Blackkamera, les pongo hojas de papel y les doy lápices de colores para que dibujen, y luego les pongo una cámara en sus manos. Hago todo esto porque salen fotos más naturales, más frescas, sino lo único que haces es imitar a todos lo que te están enseñando...

Ha confesado en alguna ocasión que siempre lleva su cámara en la mano y un Ipad con los que intenta captar lo que le rodea...

—Como fotógrafo de prensa siempre trabajaba con una bolsa grande, muchos negativos, dos cuerpos... He vuelto a lo básico, un cuerpo y un objetivo, que tiene 32 años y es de enfoque manual.

¿Qué opina de la fotografía con móvil?

—Los móviles me parecen fantásticos para sacar fotos, he dado talleres en Azkuna Zentroa y he visto cómo los niños saben mucho de fotografía y eso es porque sacan fotos con sus teléfonos, saben posar, mirar la luz, los retratos son fantásticos... El móvil ha acercado la fotografía a todo el mundo.

¿Cuál es la diferencia entre una buena y una mala fotografía?

—Puede ser una buena composición, que la luz esté perfectamente medida, pero al final la foto es aburrida. Hay un fotógrafo que me gusta mucho, Miroslav Itchy, que vivió la mayor parte de su vida en la calle como vagabundo y a quien la gente le tachaba de loco. Se fabricó una cámara con materiales de desecho que encontraba y sacaba fotos a las mujeres que veía por la calle. Sus fotos no eran perfectas, incluso eran de mala calidad, pero eran muy buenas. Tenía pasión. Ahora se venden por 200.000 euros.