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Félix Ibarrondo: “Seguramente, para cada nota que escribo he borrado unas mil”

Félix Ibarrondo, compositor oñatiarra afincado en Francia, ha sido recientemente distinguido con la Medalla de Oro de la Bellas Artes

08.02.2020 | 17:37
Félix Ibarrondo, compositor oñatiarra afincado en Francia. Fotografía de Gorka Estrada

Félix Ibarrondo ha sido recientemente distinguido con la Medalla de Oro de la Bellas Artes

donostia - A Ibarrondo se le hará entrega de la distinción en el año 2020, aunque para él el mayor reconocimiento es que sus composiciones se interpreten y el público las disfrute. Con una tradición familiar vinculada a la música, se formó en los Conservatorios de Donostia y Bilbao y siguió estudios de Filosofía y Teología. En la década de los 70 completó su formación en París. Pese a residir en Francia, estos días se encuentra en Euskal Herria porque el martes la sede de la Fundación BBVA de Bilbao acogerá un concierto con el estreno absoluto de su trabajo Hamarkada, compuesta, como su nombre indica, hace una década. Además, con la colaboración del grupo Silboberri y de la mano de Orpheus Classical, se acaba de publicar un doble CD con catorce piezas compuestas por Ibarrondo entre 1987 y 2017.

¿Cómo ha recibido la noticia de la condecoración de la Medalla de Oro de las Bellas Artes?

-Es como un regaliz, algo que agrada, naturalmente. No son cosas que busco, para mí ha sido una sorpresa muy grande. Esto me anima a seguir. Es muy importante también para el entorno, para los que trabajaron por ello, para quienes hicieron los trámites que saliera así.

Tiene múltiples premios en su haber, ¿cuál es el mayor reconocimiento que siente un autor? ¿Llenar las salas de conciertos o que las orquestas interpreten sus obras?

-Para mí, el primero es el de llenar las salas. Después vendría lo de las orquestas y conjuntos. Acabamos de sacar un disco doble en el que han participado 40 intérpretes que lo han hecho maravillosamente. Ese es el mayor reconocimiento que se le puede hacer a un compositor como yo. Que te venga un premio un poco especial que no esperabas también es una satisfacción, naturalmente.

Habla de la publicación del disco 'Barne Hegoak', que contiene catorce composiciones suyas escritas entre 1987 y 2017 para orquesta, para formaciones de cámara e instrumentos solos.

-El proyecto vino de Silboberri Txistu Elkartea, que está haciendo muchísimo por el txistu moderno y es una organización en la que estoy implicado. La iniciativa ha sido suya, pero ha sido un proceso muy difícil. Son catorce obras interpretadas por más de 40 músicos. Había que unificar todo ello. Ha habido intérpretes muy importantes que han venido de Francia, incluso, cuatro solistas. También han participado músicos muy importantes de aquí también. Para mí es una alegría, me parece más importante que otras cosas. Exijo que mi música sea interpretada como yo la concibo, que los intérpretes estén a mi diapasón. Y en estos discos han estado así. Si hay algún error es mío y no de ningún intérprete. Todo ha sido una bella aventura.

Hablamos de piezas compuestas durante un periodo de treinta años. ¿Es importante para usted echar la mirada atrás?

-La verdad es que echo poco la mirada atrás. Vivo muy al día de lo que voy haciendo y lo que voy a hacer. Cuando uno mira todo lo que tiene en el pasado, respira y piensa: No pensaba que hubiese hecho todo esto. La música, como el arte verdaderamente serio, es un don de la persona, de lo más íntimo. Tengo escritas entre 130 y 140 obras. Hay muchas grabadas y muchísimas sin grabar todavía y me gustaría que fueran poco a poco grabándose, porque es una gran satisfacción.

¿Se encuentra satisfecho con el resultado?

-El grupo Silboberri lo ha hecho de manera maravillosa con este disco. Solo tengo palabras de agradecimiento para Aitor Amilibia, Maribel Roldán, José Antonio Hontoria, además de todos los intérpretes que han venido de Francia como el violista Christophe Desjardins, que es de lo mejor que existe, o el estupendísimo saxofonista José Versavaud, o el director Txaber Fernández, que me entiende muy bien y hace mi música de manera estupenda. También participa el pianista Alfonso Gómez, que anteriormente me había grabado dos discos. Participa Esenble Kuraia y François Rossé, que es un improvisador francés muy importante.

Entre las composiciones, incluye 'Eziñeruntz', que estrenó en el Museo San Telmo de Donostia, en 2015, de la mano de Silboberri y que es la primera composición en la que integra el txistu.

-Ahora estoy metido en el txistu y voy a hacer propaganda entre músicos de nuestro nivel. Hay algunos que han compuesto y otros que lo van a hacer, para que el txistu salga del folklore íntimo.

Durante los años habrá adquirido nuevos modos de hacer pero, ¿el espíritu para componer se mantiene igual?

-Debiera de decir que sí. Con la experiencia uno va encontrándose a sí mismo cada vez más. Hoy en día, el problema de nuestra música es que todo el mundo cree que se puede hacer lo que quiere. Para encontrar el camino personal en eso se necesita una base muy importante, que no sé hoy en día se le da suficiente importancia, que es la música tradicional, la armonía que estudiábamos. Pienso que es esencial tener esas bases para hacer lo que uno quiera donde uno se encuentre bien. Mi camino se va haciendo, poco a poco, de esta manera. Algunas de mis piezas de los comienzos me parecen más asequibles de lo que son hoy en día. Aunque creo que las de hoy también, quien quiera entrar en ellas puede entrar muy bien. Lo que ocurre es que le pido al oyente que se implique, al escuchante, que lo escuche, porque no es solo una actitud pasiva, como ocurre muchísimas veces. La música requiere la implicación de la persona misma. Amigos compositores que tengo me suelen decir cómo entran en mi música, y eso me da mucho alivio. Esa gente entra en mi música y la describe mucho mejor que yo, porque soy bastante incapaz de hacerlo.

¿Compone todos los días?

-Sí. No todos los días sino todo el día. Es la verdad. Desde que me despierto hasta la noche con la obra que voy haciendo, y dándole una forma, avanzando, retrocediendo. Seguramente para una nota que escribo he borrado unas 1.000.

Aunque vive pegado a la actualidad, miremos un poco atrás. Comenzó a componer en la adolescencia.

-Hice las primeras composiciones cuando era muy joven, no sé si a los 16 o a los 17. Tengo varias que no están en mis catálogos pero que están hechas de una forma muy bonita. Veo que era muy detallista y sigo siéndolo en mis obras. Mi técnica era antes mucho más tradicional y hoy es la que voy buscando a través de todo lo que escucho y veo. Tuve la oportunidad de vivir en Francia años de mucha intensidad musical y mucha inquietud artística. En el momento de componer, la pintura es un arte que me inspira y me da fuerza. Mi música van en el sentido de un pintor como Van Gogh.

La familia tuvo mucho peso a la hora de iniciar su camino como compositor.

-Mi abuelo también era músico. Mi padre componía, fue director de la banda de Oñati y después de Bilbao. Mi hermano es un gran músico también. El otro día pregunté a ver cuándo empecé a aprender música, y me dijeron que a los dos o tres años ya estaba con el solfeo.

Llegó a París después de mayo del 68. ¿Era Francia un hervidero musical?

-Efectivamente, era un hervidero cultural. Éramos muchos jóvenes y seguíamos todo con muchísimo interés las diferentes corrientes.

¿El hecho de pasar de Euskal Herria a Francia supuso un cambio en su manera de hacer?

-Naturalmente. Tuve como maestro de escritura a Max Deutsch -el que más me ha influenciado- y que fue discípulo de Arnold Schoenberg. Tenía dos clases con él, una pública de análisis, y otra personal con los trabajos que me daba. Eran muy sencillos con la música dodecafónica, los doce sonidos y todo eso. Me enseño rapidez en la escritura musical y una cierta visión, luego cada uno va encontrar su camino.

Al igual que Deutsch, en la Escuela Normal de Música de París tuvo como profesor a Henri Dutilleux.

-A Dutilleux lo considero, después de Debussy, el compositor más importante, el más profundo, incluso, asequible. Tiene obras como el concierto Tout un monde lointain, que son piezas que quedan y que quedarán para siempre, como las de Debussy. Tuve mucha relación con Henri, no solo musical, también familiar.

¿Cómo le influyó Mauricio Ohana?

-Todos eran profesores de la Escuela Normal. A Ohana le conocí de manera inmediata y fue como un flechazo para los dos. Después vivimos hasta el final viéndonos a menudo. Y él seguía mi camino y me alentaba. Muchas de las obras que hice en ese momento fueron encargos de Ohana. Incluso, Dutilleux me pasó a mí una de las obras que le encargaron a él y la hice. La relación con Ohana fue muy importante porque tuve la suerte de conocerle y de entender un poco más lo que es Andalucía y la música flamenca. Todo ese mundo tiene una riqueza inmensa. Mauricio nació en Marruecos en una familia que era una mezcla de españoles y franceses. Era un caballero.

La obra que Dutilleux le encargó fue 'Ode à Martin', de 1995.

-Dutilleux tenía una casa en Candes-Saint-Martin y se cumplía una efemérides relacionada con la muerte de San Martín, y le encargaron que escribiese una obra. Así escribí Ode à Martin y se la dediqué a Dutilleux, por supuesto. Estuvo en el concierto y le gustó muchísimo. Fue un éxito. Eso es una satisfacción más grande que los premios que me dan.

El martes estrenará en Bilbao, en la sede de la Fundación BBVA, la obra 'Hamarka'.

-Se trata de una obra que hice hace diez años y que por una razón u otra ha estado metida en un cajón. La he llamado Hamarka, porque hace diez años que la hice y la tenía muy olvidada. Es una composición para arpa y percusión. La va a tocar un grupo belga que se llama Insomnio. El director será Ulrich Pöhl, y aunque no conozco al conjunto, me dicen que es muy bueno.

¿Cómo ve a las generaciones más jóvenes de compositores?

-A veces me llevo alguna sorpresa escuchando a alguno. Pero tengo la impresión de que la gente no se encuentra todavía a sí misma. Como hoy en día se puede hacer cualquier cosa, todo es permitido. Antes había muchas reglas, casi demasiadas. Hoy todo es permitido y, a veces, creen que se puede hacer cosas muy accesorias. Yo necesito mucho tiempo para componer, pero ahora los jóvenes viven deprisa y me cuesta trabajo entender cómo pueden hacerlo con lo que supone la composición de concentración, silencio y de vida recogida. Hace poco escuché por la radio algo de un compositor español joven y dije: ahí va, este es compositor. Al compositor se le ve muy pronto y al que no lo es, también.