EN su estudio, todo está prácticamente como él lo dejó. Ordenados en varios estantes, sus buriles y sus pinceles parecen estar dispuestos a deslizarse por la hoja blanca, sujetos entre sus dedos.
En una vitrina, se encuentran también los pigmentos que Gabi, como era conocido en su círculo más íntimo, adquirió durante sus viajes a Londres, Florencia, Roma.. para convertirlos luego en las pinturas que usaba para sus cuadros. Y en las paredes, destacan unas impactantes maneras negras, dibujos de color sobre fondo negro, que se extienden sobre cartones preparados como lienzos, unas cortinas de pigmentos (rojo carmín, amarillo limón, amarillo naranja..), y sobre ellas, un telón de tinta china, que lo anula todo en negro.
“Gabi dedicaba todo su tiempo a su trabajo, el arte era su vida”, relata su mujer, la pintora vasca Carmen Erdozia, con la que Gabriel Ramos Uranga compartió no solo su vida, sino también su pasión artística.
El artista vasco fallecía el 9 de agosto de 1995 tras una larga enfermedad conocida tan solo por unos pocos amigos. Ramos Uranga llevó su dolencia en la más absoluta de las reservas, refugiándose en los pinceles a los que no renunció hasta el último momento. Su muerte, a los 56 años, cortó la brillante trayectoria de un pintor y grabador, amante de la luz y del color, figura clave de la abstracción en la pintura vasca.
Pero su legado no es por ello menos importante. Su obra forma parte de numerosas colecciones de museos, entre ellos, el de Bellas Artes de Bilbao, donde están depositados más de 240 de sus trabajos.
inicios Ramos Uranga tenía unas habilidades sobresalientes para el dibujo, ya dibujaba como los ángeles a los 12 años. A sus facultades naturales, añadió una erudición dibujística, que tenía su origen en los maestros del Renacimiento y su admiración por los pintores del barroco italiano, desde Durero hasta Tiépolo. “Nunca corregía, ni sus dibujos ni sus grabados, ni sus óleos, pensaba que arriesgaba más así”, explica esta pintora vasca, que conoció a su marido cuando estudiaban Bellas Artes.
Tenía que haber sido lo que le mandaba el modelo de sociedad en aquellos tiempos: arquitecto. Pero, era inevitable. Decidió dejar la carrera por el dibujo y la pintura y en 1965 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Tres años más tarde, en Cuenca aprendió las técnicas de grabado gracias a Fernando Zóbel. Una disciplina artística con la que cosecharía un gran reconocimiento, al alcanzar en la década de los ochenta los premios Gure Artea y el Nacional, otorgado por la Calcografía de Madrid.
“Gabi podía haberse quedado en Madrid, pero decidió regresar”, explica Carmen Erdozia. En 1971, compró una máquina en Azañón de Madrid que llevó a su casa en Armintza donde permanecerá hasta 1985, momento en el que se trasladará a Algorta, y funda el taller litográfico Marrazarri.
del alma Su primera exposición se hizo en Bilbao, en la Sala Illescas en 1966. Las críticas no pudieron ser mejores: “Ramos Uranga tiene una pintura de genio despierto. Todas sus óleos parecen salir del alma”.
Eran días de gran efervescencia cultural en los que el arte vasco alzó la voz. No podía, no debía, seguir callado. En los años 60’, se fueron creando las vanguardias, grupos como Gaur, Hemen y Orain, embrión de lo que fue dado en llamarse la Escuela Vasca de Arte, de la que formaron parte artistas como Amable Arias, Zumeta, Ruiz Balerdi, Bonifacio Alfonso, García Ergüin, Agustín Ibarrola, Ortiz de Elguea, Teresa Peña, Vicente Larrea, Rafa Mendiburu, y, por supuesto, Ramos Uranga, aunque él siempre mantendría su espíritu independiente. “Gabi tenía una gran inquietud artística, se dedicó a investigar hasta el último momento de su vida”, expone Carmen Erdozia.
¿Dibujante, grabador o pintor? En su obra la pintura, el grabado y el dibujo tienen un peso semejante. La fuerza creadora del artista se impone en cada una de las técnicas que utilizaba.
Él mismo definía así su obra, en una entrevista publicada en el periódico Bilbao: “Es una pintura fundamentalmente dinámica y musical. No son cuadros de una primera visión directa. Esta pintura tienes que recorrerla. Tienes mil recorridos, mil maneras de interpretarla. A medida que la vas viendo más, vas viendo más elementos que te pueden abrir caminos imaginarios nuevos que eran desconocidos en la primera lectura. Desde ese punto de vista, es una pintura muy poco grata, concatenando entre sí. Dentro de ese desorden aparece al final un elemento de composición libre y dinámico”.
Para él, la luz era todo. En palabras del propio artista (en una entrevista concedida al historiador Kosme de Barañano, máximo conocedor y valedor de su obra), “lo que me interesaba es dibujar la luz sin emplear la materia”. “En el dibujo más mínimo que he hecho, la luz ha tenido un valor fundamental, incluso en los dibujos de pluma de primera época, yo siempre he dibujado la luz”, confesaba.
bellas artes El Museo de Bellas Artes dedicó en 1984 una exposición a su obra sobre papel. Once años más tarde, meses antes de su muerte, presentó otra muestra de su trabajo.
En 2004, su mujer y sus tres hijos donaron a la pinacoteca dos pinturas de grandes dimensiones realizadas en los años 80. El Bellas Artes ya contaba con un lienzo de Ramos Uranga de 1981 y un amplio conjunto de piezas sobre papel del artista. Además, la familia decidió depositar en el museo de la capital vizcaina 150 óleos y tintas, 15 piedras litográficas y 77 grabados por un periodo de 50 años. El conjunto artístico se encuentra bajo la custodia del museo para su estudio e investigación. Por sus características permitirá abordar las facetas del artista como dibujante, grabador y pintor, su interés por el oficio y su investigación sobre técnicas y materiales.
La colección incluye obras en las que el artista desplegó su creatividad en la utilización de polvo de mármol sobre cartón, tintas y papel de seda sobre lienzo, tintas a plumilla o pincel, temples al huevo o a la cola, y tinta sobre madera estucada y bruñida con piedra de ágata, entre otras técnicas.
Gabriel Ramos Uranga también realizó trabajos en emplazamientos públicos, como los techos del salón de plenos del Ayuntamiento de Lekeitio, las vidrieras de la iglesia de San Antonio de Urkiola, de la sede de Euskaltzaindia en la Plaza Nueva de Bilbao y la del centro de Osakidetza de Lekeitio, y los murales del Ayuntamiento de Zalla. 21 años después de su muerte, el legado de Ramos Uranga continúa vivo.