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El gran circo posmoderno de Álex de la Iglesia

Un entregado público aplaudió anteayer "Balada triste de trompeta" en los Cines Capitol

El gran circo posmoderno de Álex de la IglesiaEFE

Bilbao

CINES Capitol. La segunda sesión del viernes. Un día en el que se intuía una expectación mayor en las colas de los céntricos cines de Bilbao. La mayoría elegía Balada triste de trompeta, dirigido por un bilbaino ilustre que puede vanagloriarse de establecer una conexión clara con el espectador. Sólo así se puede entender que una parte considerable del público congregado en la sala 1 de los Cines Capitol, que desgraciadamente desaparecerán del mapa en unas tristes navidades, aplaudiera tras la proyección. Aplausos tímidos que irrumpieron como un eco atronador entre las miles de horas gratificantes y evasivas que ha ido esparciendo el celuloide en esa irrecuperable sala de Bilbao. Fue una respuesta inusual en todo caso, un premio a todo lo proyectado en un lugar mágico caracterizado por la oscuridad y el trajín de las palomitas y las bebidas.

Álex de la Iglesia se ha doctorado en su cine y se ha apropiado de un universo que ha ido depurando y desarrollando en su filmografía. Balada triste de trompeta, una película irremediablemente concebida en el febril proceso de creación, es una experiencia extenuante, cargante, poderosa e irregular. Es lógico que Tarantino, jurado en el Festival de Venecia, se reconociera a sí mismo en la galería de personajes sedientos de venganza, o ávidos de entretenimiento sin saber muy bien por qué. Un efecto posmoderno de las claves estéticas del cine, sujetas a unos códigos referenciales amplios y reconocibles. Álex de la Iglesia ha creado una puesta en escena inusual en el panorama del cine estatal, aletargado al costumbrismo y al naturalismo e incapaz de recomponer escenas sanguinarias impactantes y con personalidad. Cuando Santiago Segura se alista como un terminator maquillado y con michelines, con su metralleta en mano, de la Iglesia se perfila como un cineasta incontrolable. En esta película, más que otras, disfruta rompiendo reglas, desprovistas de una visión clásica de la narración.

Álex de la Iglesia se fija en las reacciones descontroladas y sitúa la trama en la desmedida y catártica ansia de venganza de la naturaleza humana. En las máscaras creadas en torno a la fantasía y a la locura colectiva. Los rostros de los payasos, mutilados y expuestos, son una muestra de una creación impagable. Que no siempre coagulan con el resto del cuerpo. Con el relato de la película. Pero son imágenes que perduran en el recuerdo. En la maquinaria de construir falsos paraísos de felicidad, Alex de la Iglesia se reinventa a sí mismo y crea su película más personal y grandiosa. Aunque este crítico sigue apostando por La comunidad como su obra más redonda. Pero es lógico que el público lo aplauda. Sus retazos de mala baba y dosis de violencia son de lo mejor de este año.