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No hay infierno para Cancellara

El suizo gana su tercera París-Roubaix tras imponerse al sprint a Vanmarcke

No hay infierno para CancellaraEFE

bilbao. El cielo despertó azul, despejado, pero helado sobre París. Al norte, la tranquilidad reinaba sobre el velódromo de Roubaix. La calma se rompería varias horas después, con la llegada de un hombre terrenal, aunque parezca llegado del propio infierno. Las clásicas son terreno de Fabian Cancellara, el suizo que quiere alcanzar a Tom Boonen y Roger De Vlaeminck, que comparten, con cuatro, el récord de victorias en la mítica prueba. Ayer sumó su tercer triunfo sobre un infierno que, en apariencia, no lo fue tanto, aunque Cancellara acabó destrozado, tumbado sobre la hierba, tratando de recuperar el aliento y el alma. Poco antes, al sprint, había perdido ambas cosas. También perdió Sep Vanmarcke, que bastante hizo con seguir la rueda del expreso suizo y que por momentos, aunque fueron mínimos, soñó con ganar. Después se rindió ante la evidencia, frente a la superioridad de Cancellara.

Antes del inicio de la prueba, todos los focos centraron su atención sobre el corredor del RadioShack, principal favorito para conseguir la victoria, más aún tras las ausencias de Boonen, que se recupera de la fuerte caída que sufrió en el Tour de Flandes, y Peter Sagan, que ha decidido hacer un alto en el camino para reponer fuerzas antes de emprender otros objetivos. El suizo se mantuvo sereno y no falló en su objetivo.

Guardó calma Cancellara cuando del pelotón, valientes, saltaron Steegmans, O'Grady, Hayman y Kortesky. Quedaban 130 kilómetros hasta la línea de meta, demasiados debió pensar el del RadioShack, que asomaba la rueda entre las posiciones de cabeza en cada paso por el pavés. El pelotón no se alteró demasiado por la aventura de los cinco corredores, aunque sí aumentó el ritmo. Saxo Bank, que contaba con la baza de Breschel, y RadioShack decidieron coger las riendas de la prueba y guiaron la serpiente multicolor entre las estrechas y polvorientas carreteras.

La aparente tranquilidad que reinaba en el pelotón, donde sobrevivían numerosos corredores que evitaron las habituales caídas y los numerosos pinchazos, se rompió tras la entrada en escena de Juan Antonio Flecha, siempre combativo en la París-Roubaix. Las hostilidades se dispararon en el decimoquinto tramó de pavés, el cinco estrellas Mons-en-Pévèle, de 3.000 metros, a 47 kilómetros de meta.

nervios de acero El pelotón quedó descontrolado, roto en mil pedazos tras los continuos hachazos de unos y otros. El primero en borrar su nombre fue Chavanel, que tuvo una avería y echó al traste todo el trabajo de su equipo, el Quick Step. Apareció entonces Fabian Cancellara, a quien los continuos ataques habían dejado en una posición rezagada y solo, sin nadie de su equipo. A 32 km. para la conclusión de la prueba, el suizo se activó y comenzó a perseguir a los escapados. Poco después volvió a cambiar el ritmo para llegar a la rueda de Vandenbergh, Stybar y Vanmarcke, que lideraban la carrera.

El primero se fue al suelo tras ser obstaculizado por un aficionado. El segundo, aunque libró la caída, a punto estuvo de correr la misma suerte varios metros después, por lo que Espartaco y Vanmarcke se quedaron solos en la cabeza.

El entendimiento entre ambos fue total. Se relevaron de manera continua y entraron juntos al velódromo, donde Cancellara, con nervios de acero, se impuso en un apretado sprint. El suizo, más que en el infierno, parecía estar en el cielo. Tras sobreponerse a dos caídas en la última semana, el del RadioShack, sin levantarse, se lució al sprint, se alzó con su tercera victoria en la París-Roubaix y completó ocho días de en sueño tras vencer el domingo pasado en Flandes.