Ciclista para huir del hambre
Fallece a los 70 años José Antonio Momeñe, cuarto en el Tour de 1966
bilbao. El pasado mes de abril José Antonio Momeñe, exciclista que falleció el jueves en su casa de Zierbena, el pueblo donde había nacido 70 años antes, se puso de moda. Era por la Vuelta al País Vasco, la 50ª de la historia, carrera que nunca ganó pero que corrió en la única ocasión en la que tuvo oportunidad, en 1969, en el renacer de la vuelta vasca tras más de tres décadas de interrupción por la guerra. La disputó con el Fagor de Ocaña, Santamarina, Gabica, Vélez o Errandonea, el equipo al que huyó en 1967 porque en el KAS, su maillot desde 1960, no había espacio suficiente para él y para Dalmacio Langarica, el director legendario y temperamental con el que chocó de manera irreparable. Aquella Vuelta la ganó Anquetil, la última lección del normando, y Momeñe acabó decimonoveno. No es por ello por lo que el pasado abril al vizcaino no dejaba de sonarle el teléfono de su taller de coches en Santurtzi, sino porque la Vuelta al País Vasco, su primera etapa, nacía y desembocaba en Zierbena, su pueblo. Así que le pedían que contase su historia. Y él desempolvaba los recuerdos.
Contaba que él, niño de la posguerra, de los crudos años 40 y 50, siempre quiso ser ciclista pero que a su padre la simple idea le enfurecía porque un hijo dedicado al ciclismo, a cualquier deporte, era un hijo menos en el campo, labrando o cuidando a los animales, que era como se ganaban la vida los Momeñe en los tiempos de hambre y miseria. José Antonio entrenaba a escondidas. Entró a trabajar en un taller en Bilbao y por las tardes, al acabar la jornada, cogía la bicicleta y se iba por Amorebieta y por la costa hasta Bermeo para subir Sollube. Así se hizo duro el vizcaino. Y esa dureza, una capacidad de sacrificio encomiable, fue la que le hizo ser un ciclista notable. Sabía sufrir para ganar.
Consiguió a lo largo de su carrera 24 victorias. La primera en su debut profesional con el KAS en 1962. La mejor, quizás, la que nunca consiguió, el Tour de Francia de 1966 en el que acabó cuarto a poco más de cinco minutos de Lucien Aimar, pero que cuentan pudo ser suyo si su equipo, el KAS, se hubiese decidido a apostar por él en lugar de volcarse en la clasificación por equipos, una prioridad entonces para Langarica, como ocurrió también con Gregorio San Miguel. Aquel 1966 fue el mejor año de Momeñe, pues ganó también una etapa de la Dauphiné Liberé y acabó quinto en la Vuelta, donde logró otro triunfo. En 1968 se llevó un memorable éxito al gobernar una etapa del Giro. Ganaba Momeñe, enjuto, buen escalador, sufridor y rápido, porque tenía una intuición especial; sabía cuál era su momento. Tenía el olfato de los hambrientos.
En 1970 cubrió con el Werner su última temporada profesional. Luego se retiró a Zierbena y montó en Santurtzi un taller de reparación de coches en el que el pasado mes de abril no paraba de sonar el teléfono. Eran periodistas que querían conocer la maravillosa historia del hombre que escapó de la pobreza de la posguerra montado en una bicicleta.