bilbao. En el despertar de la temporada, enero, tiempo de frío y concentraciones, de cábalas, reflexiones en el aire, los ojos se posan inquisidores sobre el Astana, desmantelado por Armstrong y Bruyneel y reconstruido después con retales, piezas de aquí y de allá, con premura, rebuscando entre la chatarra. Es un equipo enclenque ese que pretende arropar a Alberto Contador en el Tour. Es tan obvio que hasta Miguel Indurain sale de su reserva habitual para constatarlo: "El problema de Contador es el equipo. Tiene que organizarlo para que sea un bloque... Tiene que tener las cosas claras, no le va a resultar nada sencillo. Para mí es lo más difícil que tiene este año, hacer equipo y crear un bloque".
A tres semanas de que el Tour arranque en Rotterdam un hombre que viste un maillot del Astana empapado en sudor y que no para de sonreír ante la presencia de Bernard Hinault, la última leyenda francesa, grita alborozado en el corazón de los Alpes, en Grenoble: "¡Soy el hombre más feliz del mundo!". Es Dani Navarro, seis años de profesional yermos, tachonados de actuaciones destacables en la montaña, dignificados con el trabajo abnegado por los demás, los jefes, las figuras. Un minero que explota porque golpea con dureza en la montaña y encuentra algo precioso: una victoria inopinada. "Para mí ya he cumplido", dice. Y quizás tan feliz como él, tan dichoso, tan ufano, sólo haya un hombre en el pelotón que llega mucho más tarde que el asturiano, más de tres minutos después. Es Alberto Contador, que pedalea distendido hacia el Tour, perfilando las piernas, apurando su aliento, afilando los dientes, contenido, enjaulado en la razón, que alcanza la meta y suspira: "La victoria de Dani demuestra que todo el equipo está muy fuerte. Aquí venimos sin presión, trabajando para el Tour y las cosas nos están saliendo inmejorables. Esta victoria me hace casi más ilusión que si fuera mía. Dani se la merecía".
Es una liberación para Contador, que a las puertas del Tour mira desafiante a los ojos de los detractores de su guardia en enero. Tiene un equipo. No el trasatlántico que era el Astana en 2009, sino un equipo. Un grupo que le arropa, postrado a sus pies, ciclistas fieles que escurren su alma como una toalla mojada hasta que se quedan secos y cae la última gota sobre el asfalto; hombres que se acuestan sonrientes por la noche si Alberto sonríe y a los que les invade la pesadumbre si el bicampeón del Tour se duele; corredores entregados que para separarse de su jefe y pensar en algo más que no sea agasajarle necesitan su permiso expreso. Una licencia. Un pasaporte para la libertad.
Como ayer Dani Navarro, que no se despegó de Contador hasta que éste se acercó a él y le dijo: "Puedes irte hacia adelante e intentarlo". Fofonov, también recibió el mismo visado. Entonces, la etapa, cuesta arriba en el eterno Chamrousse, donde Armstrong tumbó a Ullrich, Beloki y Laiseka, por ese orden, en la cronoescalada del Tour de 2001, era pura anarquía. Corrían hacia la cima el delicioso Eros Capecchi, el incombustible Egoi Martínez, superlativo en el esfuerzo, o los franceses Pinot, Champion, Moreau, Rolland, Riblon... "Yo no me lo pensé dos veces. Me encontraba genial. Empecé a coger corredores y eso me dio más moral". Se quedó solo Navarro, coronó con dos minutos de ventaja sobre Capecchi y Pinto y se lanzó, él, gris descensor, a por una victoria que atrapó más tarde en Grenoble, donde gritó exultante: "¡Soy el hombre más feliz del mundo!". También lo era Contador, el jefe de aquel equipo enclenque de enero que ha engordado alimentado por el buen hacer y algunas victorias, y que hoy, en el Alpe d"Huez, volverá a examinarse al servicio del madrileño. "Creo que Alberto se va a probar seguro y nos mandará tirar, a ver si ganamos otra", adelantó Navarro.
Cancellara, en suiza Antes de que arranque la Vuelta a Suiza rompió Fabian Cancellara el silencio en el que llevaba sumido desde que saltara la polémica sobre sus victorias en Flandes y Roubaix, relacionadas sus exhibiciones con una bicicleta a motor. "Sé cómo logro mis victorias. Tengo un motor, pero ése es mi cuerpo. Es el más fuerte que podáis imaginar", dijo el suizo, quien podrá probarlo hoy mismo, en el prólogo de 7,5 kilómetros que abre la carrera en Lugano. Cancellara defiende el triunfo del año pasado en una edición más montañosa en la que se citan Armstrong, Andy y Frank Schleck, Kreuziger, Kloden, Leipheimer o Gesink.