lUIGI Casola, Il Messicano, el italiano que promovió 34 récords mundiales en el velódromo olímpico Agustín Melgar de Ciudad de México, entre ellos el de la hora que estableció Eddy Merckx el 25 de octubre de 1972, dueño de una alegría desbordante -"hay que tener carácter para encarar disgustos y frustraciones sin queja ni abatimiento", solía decir-, sólo lloró tres veces en la vida: cuando falleció su esposa, cuando tuvo que identificar y sepultar a sus amigos durante la II Guerra Mundial y cuando murió, atropellado por un coche, Radamés Treviño, el primer ciclista mexicano con nivel para correr en Europa.

De hecho, antes de aquel fatídico 12 de abril de 1970, el ciclista regiomontano tenía sellado su fichaje por un equipo italiano. Era la gran promesa del ciclismo americano. Legendarios fueron sus enfrentamientos con Martín Cochise Rodríguez, el colombiano campeón del mundo de 4.000 metros en pista en Varese"71 y de dos etapas del Giro de Italia, la primera en 1973 y la segunda en 1975. La rivalidad entre Cochise y Treviño alcanzó su cúspide el 10 de marzo de 1970. Esa tarde se disputaba la final de los 4.000 metros de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Fue un tarde ardiente, pasional, tensa, pues hasta entonces apenas se habían enfrentado una vez en su carrera deportiva -Treviño fue mejor, sexto, en los Juegos Olímpicos de 1968 en México-, que se decantó del lado del colombiano por apenas cuatro segundos de diferencia. Al finalizar, empapado aún en sudor, con el corazón en la boca, Treviño tomó el brazo de Cochise, lo levantó al cielo y le acompañó a dar la vuelta de honor. Fue un instante colosal del ciclismo latinoamericano. Un mes después, en una carrera de domingo, el mexicano falleció tras empotrarse contra un coche que circulaba en sentido contrario. Tenía 24 años y poseía el récord de la hora en categoría aficionado en cuya consecución le había dirigido Casola -fallecido en Italia hace dos años-, que lloró sin consuelo aquella tarde de abril de 1970.

El dolor Fue un día tan oscuro como la noche en el barrio de Lamadero de Monterrey, donde vivían los Treviño y sus seis hijos -el séptimo, Radamés, el mayor, residía en Ciudad de México desde 1965 inmerso en el programa del gobierno para preparar los Juegos Olímpicos de 1968, primero, y de 1972, después-. Entre ellos estaba Edgar Treviño, director ahora del equipo Orven mexicano que disputa la Vuelta a Chihuahua, donde corren sus dos hijos: Edgar y Radamés. Este último, 20 años, vistió el pasado año el maillot del Bruesa aficionado de Gipuzkoa gracias, en gran parte, a la familia Lekuona de Hernani.

"Ese mismo día hubo un noticiario especial. En él dijeron que Radamés había sufrido un accidente mientras disputaba una competencia. Pero no dijeron nada de que hubiera muerto", retrotrae Edgar. Lo supieron más tarde, entrada ya la noche, cuando su padre, Humberto, regresó a casa y "simplemente, nos informó de lo que había pasado. A Radamés lo trajeron al día siguiente. Fue demasiado duro".

El dolor enfermó a la madre de Edgar Treviño. "No lo soportó. Y fue algo que no se pasó con el tiempo, porque el recuerdo atormentaba a mi madre, a la que todo el mundo paraba para hablarle de su hijo, o la invitaban a competencias que, son muchas, se levantaron en memoria de Radamés", cuenta el director del Orven, a quien el suceso también consternó. Edgar tenía entonces 15 años y por influencia de su hermano había empezado a andar en bicicleta. Pero no se prodigó mucho. "No pude seguir", reconoce casi cuatro décadas después, "porque cada vez que me montaba en la bicicleta se me iba la cabeza y me acordaba de Radamés. Me quedé traumado".

Lo dejó dos años después para empezar a trabajar, obligado, en cierto modo, por la delicada salud de su madre y el hecho, que multiplica el drama familiar, de que su padre, Humberto, perdiese el trabajo al poco de fallecer Radamés. "No fue casualidad. Mi pobre padre sufrió tanto como mi madre. Se deprimió mucho. La perdida de un hermano supone un dolor enorme. Lo sé porque lo he sentido y lo sigo sintiendo, pero no alcanzo a imaginar lo que es perder a un hijo".

El legado de Treviño El barrio Lamadero de Monterrey no era de tradición ciclista. Tampoco los Treviño. Humberto era forofo del béisbol y el responsable de la Liga Intercolonial. Así que cada fin de semana, antes de que amaneciese, sobre las 5.00 de la mañana, despertaba a sus hijos y se los llevaba por los campos de béisbol a marcar las líneas de cal. "Lo hacíamos en bicicleta y creo que de ahí le cogió Radamés el gusto al ciclismo", relata Edgar. Fue el primero, no el último. "Cuando Radamés triunfó, todos los niños del barrio se aficionaron a la bicicleta".

A cuatro cuadras, a cuatro manzanas, de la casa de los Treviño vivían los Alcalá, que en 1970, cuando murió Radamés, tenían un niño de 6 años de nombre Raúl que con el tiempo se convertiría en el mejor ciclista mexicano de todos los tiempos. "Mi padre y el padre de Raúl eran conocidos", recuerda Edgar. "La gente dice que Raúl Alcalá fue ciclista gracias a Radamés". Es su legado. Uno de ellos.

También están sus sobrinos. "Yo no les involucré en el ciclismo. Ellos solos hicieron el camino", dice su padre. Pero sí les habló de su tío, del ciclista más llorado de México. "Me contaron", explica el más joven, Radamés, su tocayo, "que era muy carismático, que la gente lo apreciaba mucho y que era muy aficionado a montar carros. También, claro, que era muy buen ciclista. Yo también quiero serlo, por eso trato de encontrar un equipo aficionado en Euskadi para correr la próxima temporada y luchar por lo que luchó mi tío y no pudo conseguir. Quiero ser profesional".