La biblioteca de Bidebarrieta acoge la presentación de ‘Las buenas intenciones’ de Víctor del Árbol
El escritor cierra así una trilogía memorable. Crimen, especulación inmobiliaria, criptomonedas, secretos y un pasado sin enterrar
Permítanme que les cuente mis impresiones y cómo Las buenas intenciones, el último libro de una trilogía del escritor Víctor del Árbol, que le ha costado “cinco años de escritura”, como el propio letrudo reconoció ayer en la biblioteca de Bidebarrieta, donde se presentó el libro con la guía de César Coca, no es solo el broche, el cierre de un plana: es una herida que se cierra mal. Y por eso duele tanto. Víctor despide a su sicario con una novela que no busca redención ni consuelo, sino comprensión. Y en esa búsqueda –áspera, honesta, implacable...– está la grandeza del libro.
Del Árbol escribe con el bisturí de quien no teme abrir en canal a sus personajes. Aquí no hay héroes ni villanos, sino seres humanos rotos, empujados por la vida hacia decisiones que nunca fueron del todo suyas. La violencia no se glorifica: se arrastra. Se hereda. Se sufre. El crimen no deslumbra: pesa.
El protagonista avanza como quien camina con una piedra en el pecho, sabiendo que cada paso lo acerca más al abismo que al perdón. Y el lector lo acompaña sin juzgarlo, porque la novela logra lo más difícil: que entendamos al monstruo sin justificarlo. Que miremos al verdugo y veamos al niño que fue, al hombre que no supo ser, al superviviente que se convirtió en lo que detestaba.
La prosa es contenida, sobria, emocionalmente quirúrgica. No hay florituras innecesarias. Cada frase parece escrita con la conciencia de que lo importante no es el ruido, sino el eco. Los silencios dicen tanto como los disparos. Y el dolor –ese dolor cotidiano, doméstico, invisible...– se convierte en el verdadero protagonista.
En fin, que Las buenas intenciones es una novela sobre la culpa, la herencia del daño y la imposibilidad de escapar de uno mismo. Un libro que no ofrece alivio, pero sí verdad. Y eso, en los tiempos que corren, es un acto de valentía literaria. Por todo eso, y por mil y un razones (cada cual tendrá la suya...), el salón de actos se pobló con solvencia, mientras tres sonrisas aplaudían por dentro: la de Begoña Morán, ama de llaves de Bidebarrieta Kulturgunea; la de Maite García, embajadora de Ediciones Destino y la de Aitor Sansebastián, emisario de Librería Universitaria, que vendía allí, en la antesala del salón, ejemplares como rosquillas.
En la escalinata que trepa hacia el altar de Bidebarrieta Jabi Goikoetxea recordaba desde que comenzó la trilogía de este sicario sin nombre le pudo una obsesión: averiguarlo. En las últimas páginas de este libro se conoce, Jabi. Así como en las primeras palabras se recuerda que “no hay nada más doloroso que el pasado”. Sin hacer espóiler, en la charla se habló de todo ello.
Lo escucharon con interés Carmen Ballesteros, Begoña Izquierdo; el ingeniero escritor Agustín Mamolar, Begoña Villarroya, Jon Igartua, Xabier Olabarria, Alicia Cuadrado, Joseba Barrios, Carmen Urrutia, seguidora del escritor desde tiempos inmemoriales, Cristina Benavent, Llur Saumell y Pilar Uriarte, quienes fueron las primeras en llegar a la presentación, Beatriz Sotillo y Merche Peña, dos asiduas que esperan con expentación a la llegada de David Uclés a este templo con su última novela, el próximo 9 de febrero (si no lo sabía no corra ya: no quedan entradas), María Jesús Zarate, José María García, Álvaro Vicente, Joxean Garai, Kristina Bengoetxea, Ro Blanco, Ainhoa Ruiz Oti, Milagros Gamazo, Rosario Carretón, María Isabel Álvarez, María José Azkarate y un buen puñado de gente expectante con una novela escrita con una humanidad feroz y que habla sobre las decisiones que no tomamos del todo, sobre la infancia que nunca se va, sobre los errores que nos persiguen aunque cambiemos de nombre, de ciudad o de vida. Una historia donde cada personaje arrastra su propio naufragio y donde la redención, si existe, siempre llega tarde.
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