El callejón de las botxerías

El Teatro Arriaga presenta la obra 'El alimento de las moscas'

27.01.2021 | 00:48

ESTÁN las puertas abiertas y acojona, vaya que sí acojona. No son unas puertas cualquiera, no. Dan acceso a las entrañas de la mente de un asesino. Lo que siente el monstruo inquieta, aterroriza o enternece, según el estado de ánimo del espectador. El alimento de las moscas, con textos de rotundo aire poético de Eusebio Calonge, una interpretación visceral de Arnau Martín y el hondo sentido de la teatralidad del director Borja Ruiz, no es una obra de teatro de fácil digestión. Si a ello se le suma la voz en off y las canciones de Yolanda Bustillo y la presencia invisible de la mujer asesinada ("Escucho a alguien cantar, no hay nadie,/Reconozco la canción, no sé de dónde llega/Recordarla me martiriza,/No hay refugio de uno mismo,/la canción abre la cicatriz que ahora soy/los labios de la herida por donde se cuela tu recuerdo") hasta que a uno le dan ganas de cerrar los ojos para que desaparezca de su vista ese mundo.

El escalofrío es una sensación mayúscula, de las más grandes. Provocarlo no es nada sencillo. Oír ayer a la gente cuando salía del teatro era testimonio de que los artistas involucrados lo habían logrado. Ni un gramo de indiferencia, oiga. El aforo –más juventud que veteranía en este caso...– era un hervidero de sensaciones.

Contemos, de la mano de los creadores, de qué va el asunto. En un principio la escena se sitúa en un psiquiátrico, en una estancia a la que unos llaman habitación y otros celda. La presentación ya, por sí sola, perturba. "Nos disponemos a entrar en la mente de un asesino por las rendijas que el arte teatral con mayúscula nos ofrece, una obra que puede ser una experiencia, demoledora, oscura y sin embargo llena de belleza, la que aflora del fondo de los abismos". ¡Uf!

La sinopsis es la siguiente. "Se muestran aquí los añicos de un destino, los de un condenado de los que vemos tras la asepsia televisiva entre nubes de periodistas, escoltado por policías, esposado y con una prenda ocultando su cabeza, fugazmente, el tiempo de introducirse en el coche que lo saca del juzgado y de la actualidad periodística. Buscando esa esencialidad hemos entrado en la soledad del monstruo, abriendo ese desgarro entre su instinto y su dolor". Ya lo ven, la apuesta es de las grandes. En ella participaron, además de los ya citados, Nuria Serra, Roger Marín, David Alcorta, Azegiñe Urigoitia, Aleix Marín, Ane Picaza, Pol Marín y Joseba Uribarri. Si prentendían meter la mano en la llaga lo han logrado, vaya que sí lo han logrado.

Suavicemos un tanto la crónica pasando revista a quienes ayer se acercaron a presenciar la obra en el Teatro Arriaga. A la cita no faltaron Nagore Urrutia, Izaskun Uria, Miren Ortuzar y Saray Ortega, cuatro amigas que se tomaron el reto como si fuesen a entrar en uno de esos castillos del terror en los días de feria. No van por ahí los tiros, no. Con la misma expectación pero las ideas más claras, entraron al teatro Juankar Uriarte, Dani García, Kattalin Mitxelena, Clara Lliró, Nuria Arias, Mabel Alzuria, Xandra López, Jon Aranz, Arkaitz Bengoetxea, Uxue Olabarria, Amaia Iriondo, Araitz Ibarra Aurrekoetxea, Maider Izaro López, Virginia Bolívar, Teresa Santamaría, Blanca Oscariz, Elena Santamaría, Marta Diego de Somontes, Joseba Agirre, Alain Uribe, Karmele Pallarés, Idoia Muguruza, quien hubo de ir con su madre, María Jesús Etxebarria, habida cuenta que su amiga del alma era de Barakaldo y está presa por los cierres perimetrales, y un grupito más de gente. En los preámbulos se hablaba justo de eso, de la cantidad de gente perdida para la causa del teatro al encontrarse cerradas las fronteras. En todo caso, quienes pudieron acercarse, ya les digo, disfrutaron de un tarde cargada de emociones. Si les apetee, hoy repiten en el teatro Arriaga. Vayan preparados para sumergirse en un mar de sensaciones.

El Teatro Arriaga presenta la obra 'El alimento de las moscas', una pieza sobrecogedora que llamó la atención a los presentes

Los textos poéticos de Eusebio Calonge y el personal mundo interpretativo de Arnau Martín provocan escalofrío

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