Zapatos nuevos y dos tercios de siglo

Entrega de los acrósticos célebres organizados por la Asociación Artística Vizcaina

El alcalde Juan Mari Aburto, Ramón Barea y Maribel Salas recibieron su distinción junto a Itziar Urtasun y Marino Montero

05.09.2020 | 01:01
José Ramón López, 'Misere Josephe'; Maribel Salas, Juan Mari Aburto, alcalde de Bilbao, Ramón Barea e Itziar Urtasun, también premiada a la hora del 'angelus'. Fotos: Oskar Martínez

LOS acrósticos, por si les pilla fuera de juego la palabra, son una suerte de juegos malabares literarios en los que se van encadenando los versos con una inicial que, leída en vertical, revela el nombre de quien se honra u homenajea. Por si uno anda torpe en primero de explicaciones pidamos a la RAE su sentencia: "Acróstico. Dicho de una composición poética: Constituida por versos cuyas letras iniciales, medias o finales forman un vocablo o una frase". Más aclarado queda. Valgan estas puntualizaciones recién llegado del foyer del teatro Arriaga donde José Ignacio Malaina gobierna los mandos. Ese fue el escenario donde la Asociación Artística Vizcaina, institución que en este infausto e inolvidable 2020 cumple 75 años (dos tercios de siglo a sus espaldas...) dedicó tres acrósticos a sus elegidos de este año: el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, como representante de toda la ciudadanía bilbaina enfrentada a esta difícil situación sociosanitaria y cuyos versos fueron escritos por María José Plaza y declamados por Fernando Zamora; la actriz Maribel Salas, en quien pensó el poeta Ricardo Fuentes y a quien recitó María Ángeles Pérez, y el dramaturgo total Ramón Barea, cuya figura evocó las musas de Begoña Iribarren, versos que desfilaron por la voz campanuda de Jorge Santos.

Fue el propio Ramón quien, a la hora de los agradeceres, recordó los versos de Carmelo Iribarren, esos que decían algo así como "tengo que cambiar de zapatos porque los que tengo me llevan siempre a los mismos sitios". Todos los premiados por la Asociación Artística Vizcaina que hoy preside José Ramón López, alias Misere Josephe, hubiesen firmado bajo sus palabras, incluidos Marino Montero, a quien le entregaron un realista retrato realizado por la pintora Nistal Mayorga, recompensa por su trabajo en la Asociación e Itziar Urtasun, a quien el propio alcalde impuso un pin de oro por su empuje a las actividades de la Asociación en los últimos veinte años.

La ceremonia, que sorteó su habitual tierra de pastos de Aste Nagusia para no convertirse en el único árbol frutal de esos nueve días festivos que este año se han encapotado, atrajo a un buen número de amigos del verso y el arte en toda su extensión. Entre ellos se encontraban Ibon Areso, Amagoia Loroño y su hermano Asier Loroño, Juan de la Cruz, Borja Elorza, Jon Marín, María Arnés, Raquel Bartolomé, María José Domínguez, María José Rodríguez, Marian López, José María Amantes, emisario de Bilbao Centro, las hermanas Aurora y Elena Balzones, Irene Bau, pareja de Ramón Barea; los concejales Alfonso Gil, Gabriel Rodrigo y Kepa Odriozola entre otros, José María Medrano, Clotilde de la Fuente o Javier Rodríguez entre otros, todos ellos y ellas bien enmascarados y con la certeza de que eran testigos de una ceremonia única que se abrochó con un almuerzo en la Sociedad Bilbaina.

Para entonces Misere Josephe ya había pedido un minuto de silencio por los caídos por el covid-19 y un recuerdo para los recientemente fallecidos Roberto Zalbidea y Agustín Martínez Bueno, capo di tutti capi del hotel Ercilla, hoy cubierto de negro luto por su ausencia. El propio alcalde recordó que pocas veces le habían premiado en primera persona y agradeció, como todos los demás distinguidos, el duro trabajo de la Asociación Artística Vizcaina a lo largo de estos 75 años de vida que ya gasta. Aprovechó el edil para ponderar, como acostumbra, el valor de una ciudad de valores como Bilbao y aprovecharon los asistentes bien hidrogelizados para inmortalizarse en múltiples fotografías de grupo, muchas de ellas con Maribel y Ramón, una pareja artística de primera magnitud que había escuchado los versos en su honor con un punto de emoción en la garganta, ese territorio que acostumbra a atragantarse cuando a uno le tocan justo eso el punto G de las emociones. Dicho sea sin segundas.