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La intensidad del primer refugio: el reto del acogimiento de urgencia en Bizkaia

Ángela Ospina, pedagoga con más de 30 años de experiencia, relata la realidad de abrir las puertas de su hogar a bebés tutelados en sus meses más críticos

La intensidad del primer refugio: el reto del acogimiento de urgencia en BizkaiaMiguel Acera

La atención inmediata a la primera infancia es una de las prioridades más delicadas del sistema de protección de Bizkaia. Cuando un lactante o un niño menor de seis años sufre una situación de desamparo súbito, la administración activa el acogimiento de urgencia. El propósito prioritario de esta modalidad es evitar el ingreso de bebés en centros residenciales especializados, sustituyendo las dinámicas institucionales por el calor, los ritmos y los cuidados personalizados que solo un núcleo familiar puede proporcionar durante la fase en la que se evalúa su futuro legal.

Para dar respuesta a esta necesidad acuciante se requieren hogares con una alta preparación, como el de Ángela Ospina. Esta pedagoga, respaldada por más de tres décadas de trayectoria profesional directa con la infancia, decidió dar un paso al frente junto a su pareja y sus hijas para convertirse en ese primer escudo protector. Su motivación nace de una certeza científica: el cerebro de un recién nacido necesita un apego seguro y brazos disponibles de forma constante para evitar secuelas psicológicas en su salud mental futura.

Fortaleza mental

Sostener este refugio temporal implica un despliegue operativo y una fortaleza mental notables. Al tratarse de una etapa de diagnóstico e investigación jurídica, el bebé no rompe el vínculo con su familia de origen. Esto obliga a la familia cuidadora a gestionar una intensa logística semanal, trasladando al pequeño varias veces por semana a los puntos de encuentro oficiales para las visitas tuteladas con sus progenitores.

Ángela Ospina es pedagoga y acumula más de 30 años de trayectoria profesional trabajando de forma directa con la infancia

El verdadero desafío de este programa radica en su propia esencia: ofrecer un afecto incondicional y absoluto sabiendo desde el primer día que la separación es inevitable. El papel de Ángela y su entorno no es el de quedarse con el menor, sino el de funcionar como un puerto de paso perfecto, sanando las primeras heridas del desamparo y preparándolo con mimo para el momento en que deba partir hacia su destino definitivo.

Una mochila emocional

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Uno de las frases más lúcidas de Ángela describe el complejo estado neuroemocional en el que los niños pequeños ingresan a las familias sustitutas. "Estos peques vienen con una mochila que muchas veces desconocemos", detalla la pedagoga. Según Ángela estos niños están constantemente vigilando, a la expectativa de saber dónde están, qué les va a pasar, quiénes son o qué les van a hacer. Ese primer contacto exige una disponibilidad absoluta por parte de los adultos para amortiguar ese miedo ciego y transmitir seguridad dentro de casa.

Para aquellas familias que sienten un profundo deseo de ayudar pero se frenan debido al temor a sufrir cuando el menor deba marchar o regresar con su familia biológica, Ángela ofrece una contundente lección de madurez afectiva. "Creo que a veces caemos en el egoísmo de pensar primero en nosotros", sentencia con firmeza. "Nos centramos en nuestro sufrimiento como adultos si el niño se va, pero nos olvidamos de que nosotros tenemos las herramientas psicológicas para gestionar un duelo, mientras que un bebé desprotegido no tiene nada". Con estas declaraciones Ángela deja claro que si nos dejamos paralizar por el miedo al dolor propio, las puertas de las casas se cerrarán y estos niños y niñas se quedarán desamparados.