El acogimiento familiar es, ante todo, una medida de protección necesaria, urgente y profundamente beneficiosa para los niños, niñas y adolescentes que, por diversas situaciones de vulnerabilidad, negligencia, maltrato, o desprotección, no pueden vivir con sus progenitores. En Bizkaia, esta labor se traduce en un compromiso compartido donde se entrelazan de forma indisoluble las vidas de los menores, las familias dispuestas a abrir de par en par las puertas de sus hogares y un equipo interdisciplinar de profesionales que sostiene cada paso del camino técnico y afectivo.
Actualmente, alrededor de 280 menores se encuentran en acogimiento familiar en el territorio histórico de Bizkaia. De ellos, unos 160 conviven con su familia extensa y cerca de 120 lo hacen en el seno de familias ajenas, personas sin vinculación de sangre previa pero con una enorme vocación de amparo. Detrás de estas cifras frías se esconden historias humanas de profunda resiliencia, segundas oportunidades y, sobre todo, una acuciante y continua necesidad de nuevos hogares que actúen como red de seguridad.
Cuatro caminos para proteger
El sistema institucional de protección de Bizkaia articula el acogimiento a través de cuatro modalidades bien definidas por ley y reguladas mediante decreto, adaptándose minuciosamente a la edad, las circunstancias jurídicas y las necesidades específicas de cada menor retirado temporalmente de su núcleo biológico.
La primera de estas modalidades es el Acogimiento de Urgencia, orientado exclusivamente a menores de 6 años. Tiene una duración máxima teórica de seis meses, aunque la práctica habitual del Servicio de Infancia suele prolongarse año y medio mientras se realiza la valoración psicosocial de la familia de origen. Su objetivo primordial es evitar a toda costa que los bebés o niños muy pequeños tengan que ingresar en centros de protección especializados, garantizando que sus primeros meses de vida transcurran en un entorno familiar cálido. En Bizkaia existen unas 15 familias de urgencia y todas se encuentran actualmente con acogimientos en activo.
El segundo pilar es el Acogimiento Temporal, diseñado para menores de entre 0 y 18 años con una previsión de separación de hasta dos años. Esta medida se aplica cuando el trabajo técnico de reunificación con los padres biológicos requiere más tiempo, dotándoles de recursos y acompañamiento terapéutico o psiquiátrico para intentar revertir las causas que originaron la desprotección. Cuando se constata que la situación familiar de origen no puede mejorar a medio plazo, pero el vínculo con los padres sigue siendo significativo para el desarrollo del menor, se opta por el Acogimiento Permanente, constituyendo un núcleo estable de larga duración que supera los dos años de previsión.
Finalmente, el sistema contempla el Acogimiento Especializado, una modalidad de reciente implantación pensada para niños, niñas o grupos de hermanos con necesidades especiales, patologías crónicas de salud o problemas de salud mental derivados de traumas complejos. En este caso, se exige a los acogedores una formación o titulación específica en el ámbito sociosanitario y experiencia previa con la infancia. Es una de las áreas con mayor saturación y vulnerabilidad del territorio: aunque hay nueve procesos especializados en marcha, alrededor de 70 menores están en propuesta y a la espera de encontrar un hogar idóneo.
El puente hacia la seguridad
Ángela Ospina es pedagoga y acumula más de 30 años de trayectoria profesional trabajando de forma directa con la infancia. Junto a su marido y sus hijas, forma un dinámico hogar de cinco personas que hace un año y medio decidió dar un paso al frente e inscribirse en el programa de urgencia de la Diputación Foral de Bizkaia. Para ella, la motivación inicial nació tras observar la experiencia en comunidades autónomas vecinas y comprender que los primeros meses de vida de un recién nacido son un pilar insustituible para el desarrollo de su apego y su salud mental futura.
Sin embargo, el acogimiento de urgencia constituye una intensa experiencia emocional y operativa. Matxalen Cayero, psicóloga y coordinadora del programa de acogida del Servicio de Infancia de la Diputación Foral de Bizkaia, explica que son procesos breves en el tiempo pero técnicamente muy exigentes. Al ser una etapa de evaluación diagnóstica, los menores suelen mantener un régimen de visitas muy intensivo con sus progenitores biológicos, llegando a encontrarse dos o tres veces por semana en puntos de encuentro tutelados por profesionales.
Las tres patas del banco
Un acogimiento permanente maduro y saludable exige integrar de forma armónica lo que el Servicio de Infancia denomina "las tres patas del banco": el menor en el centro absoluto, la familia biológica de origen. En el caso del pequeño que convive con Álvaro Ortiz y Basilio Astulez, el entramado relacional se cuida de manera milimétrica a través de visitas pautadas por la Diputación y supervisadas por educadoras de Agintzari. El menor ve a su madre biológica cada dos meses y a su hermano de sangre una vez al mes. Este último se encuentra bajo la misma medida de acogimiento permanente en el seno de otra familia ajena, con la cual Álvaro y Basilio mantienen una estrecha relación de amistad, compartiendo cumpleaños, excursiones y tardes de juego.
En la habitación del pequeño coexisten de manera natural y visible fotografías de sus padres de acogida, de su hermano y de su madre biológica, conformando un mapa de identidad real. "Buscamos de forma consciente que no se creen agujeros o tabúes en su proceso de crecimiento", explica Álvaro. "Ahora que va cumpliendo años y empieza a preguntar por qué tiene dos aitatxus o por qué no vive con su ama, le explicamos que ella le quiere, pero que tiene dificultades importantes que le impiden cuidarle".
Llamada urgente a la solidaridad
A pesar de los beneficios contrastados del programa y de los esfuerzos institucionales por visibilizar esta realidad, Bizkaia atraviesa un periodo sumamente complejo debido a la escasez de nuevos hogares postulantes. La brecha entre los menores que requieren protección familiar y los ciudadanos dispuestos a acoger se ha agravado de forma preocupante en los últimos años. "Tenemos una bolsa de menores muy amplia en espera de familia y no tenemos hogares vacíos", advierte con preocupación Matxalen Cayero. Según informa la coordinadora foral, llevan unos “años duros” en los que la necesidad de la infancia es continua pero las solicitudes de familias ajenas se encuentran estancadas.
El acogimiento familiar en Bizkaia no demanda héroes ni perfiles idílicos; requiere puentes afectivos estables. Exige miradas adultas generosas y realistas capaces de cargar de forma temporal o indefinida con la mochila emocional de un menor desprotegido, transformando las heridas del desamparo inicial en un proyecto de vida futuro basado en la seguridad, el afecto estructurado y la dignidad humana.