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Álvaro Ortiz de Zárate, padre de acogida permanente: “Es el mayor regalo que nos ha dado la vida”

La cotidianidad de un hogar bilbaino que crece derribando tabúes y construyendo la identidad de un menor a través de la verdad y los afectos compartidos

Álvaro Ortiz de Zárate, padre de acogida permanente: “Es el mayor regalo que nos ha dado la vida”Basilio Astulez

El tejido social de Bizkaiasostiene actualmente a centenares de menores que, por diversas situaciones de desprotección o crisis en sus núcleos biológicos, no pueden criarse con sus padres. Para dar respuesta a los casos en los que se constata que la situación de origen no tiene una solución a corto o medio plazo, el sistema foral activa el acogimiento permanente. Esta medida jurídica busca ofrecer una estabilidad de larga duración a niños y adolescentes, garantizando un entorno seguro para su desarrollo integral pero manteniendo, siempre que sea posible y beneficioso, la relación con sus raíces biológicas.

En este complejo escenario es donde cobran sentido historias como la de Álvaro Ortiz de Zárate y Basilio Astulez. En su hogar, la honestidad se ha convertido en el pilar fundamental de la crianza. En la habitación del pequeño han diseñado un mosaico visual muy particular: junto a los retratos de sus padres de acogida cuelgan las fotografías de su madre biológica y de su hermano de sangre, permitiendo que el menor crezca asumiendo su pasado con total naturalidad y sin silencios incómodos.

Absoluta claridad 

Cuando el niño muestra curiosidad por su realidad o pregunta por qué su día a día difiere del de otros compañeros, Álvaro y Basilio le hablan con absoluta claridad. Le explican que su madre biológica le quiere profundamente, pero que arrastra problemas graves que le impiden hacerse cargo de sus cuidados. "Si nos pregunta qué hacía cuando era un bebé recién nacido, le animamos a que se lo pregunte directamente a ella en la próxima visita, porque nosotros respetamos que esa parte de su historia le pertenece a ellos", aclara Álvaro sobre la relación del menor con su madre biológica.

Basilio Astulez y Álvaro Ortiz de Zárate, el día que se unieron en matrimonio.

Esta transparencia se traslada también a la agenda del menor. El contacto con sus orígenes se mantiene vivo mediante encuentros pautados institucionalmente de forma bimensual con su madre. Además, el vínculo con su hermano de sangre se cuida al detalle. Ambas familias han forjado una sólida amistad, organizando excursiones, celebrando cumpleaños y compartiendo tardes de parque para que los dos hermanos disfruten de una infancia conectada.

Álvaro es sumamente tajante a la hora de desmitificar los conceptos erróneos que el entorno social suele proyectar sobre la acogida indefinida. "La gente nos repite constantemente el mismo retintín de que en el fondo no es nuestro", aclara con absoluta naturalidad. "Yo siempre respondo que no tengo el más mínimo interés en que sea mío ni en atarlo con una correa. Nosotros firmamos un contrato de guarda legal con la administración, que mantiene la tutela a través de una tutora institucional". La misión diaria de Álvaro y Basilio es cuidarlo cuando enferma, alimentarlo, educarlo y quererlo sin condiciones, aceptando que la medida es reversible por ley si la situación biológica cambiara radicalmente.

Valentía y compromiso

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"Tanto Basilio como yo sentíamos que habíamos sido personas muy afortunadas en la vida", evoca Álvaro. "Teníamos estabilidad laboral, un proyecto vital sólido y un hogar confortable que nosotros llamamos nuestro nido. El acogimiento permanente fue nuestra manera de comprometernos y devolver a la sociedad civil parte de todo lo bueno que nos había regalado". Desde hace tres años, un pequeño que llegó a su casa con apenas tres añitos y que está a punto de cumplir los seis, convive de forma estable con ellos.

Ver la evolución de ese niño que llegó vulnerable es lo que lleva a Álvaro a pronunciar una frase rotunda: “Es el mayor regalo que nos ha dado la vida”. Su experiencia demuestra que la protección de un menor a largo plazo no exige escenarios idílicos, sino la valentía de aceptar su historia completa y ofrecerle la estabilidad necesaria para reescribir su destino.