El ecosistema humano de Lantegi Batuak en Gernika-Lumo
Con una inversión de 2,2 millones de euros, el centro electromecánico de Txaporta culmina año y medio de obras sin detener su producción, consolidando un ecosistema donde la alta exigencia industrial se pone al servicio de la autonomía y el orgullo de 147 personas
María, Daniel, Beatriz, Paul, Josu, Naiara, Edurne...hasta 147 personas conforman el ecosistema humano de Lantegi Batuak en el polígono industrial Txaporta, en Gernika-Lumo. Este centro electromecánico acaba de culminar una ambiciosa remodelación integral tras invertir 2,2 millones de euros. Sin embargo, en esta organización de economía social referente en Bizkaia, el verdadero valor de la inversión no se mide en la renovación de los sistemas térmicos o en el pulido de los suelos, sino en las historias de superación de estas 147 personas que acuden allí cada mañana.
Una de ellas es la mundakarra María Zabala, quien nos da la bienvenida desde su puesto de recepcionista, y nos cuenta que para las 8 de la mañana tiene todo preparado para llevar a cabo todas las tareas que ejerce diariamente, incluyendo su labor como locutora de la radio, a través de la cual informa a todas las y los trabajadores de la empresa.
El sonido rítmico de las cortadoras neumáticas y el siseo del aire comprimido llenan el espacio de la planta de producción interior, pero bajo ese compás estrictamente industrial late un engranaje mucho más profundo, el del desarrollo humano y la inclusión sociolaboral.
Mantener los exigentes estándares de entrega para multinacionales del sector eléctrico de la talla de Ormazabal, MESA, Plastibor o Arruti Group mientras se reestructuraba el edificio de arriba abajo ha requerido una coordinación milimétrica. Para inmortalizar este hito, una de las paredes principales del centro luce ahora un emotivo mural-homenaje. En él están grabados los nombres propios de todos los que componen la plantilla actual, entrelazados con los de aquellos veintiún pioneros que en 1977 abrieron el histórico taller Aixerrota en la calle Pedro Elejalde. “Es un reconocimiento a haber resistido y trabajado juntos, sin parar las máquinas”, explica el responsable de planta, Igor Ibarguengoitia, durante el recorrido.
Bienestar personal y el crecimiento emocional
El edificio se divide ahora en dos realidades perfectamente conectadas que se alimentan mutuamente. Si la planta baja es el reino de la precisión electromecánica, la planta superior se ha transformado en un ecosistema volcado en el bienestar personal y el crecimiento emocional de los 36 usuarios adscritos al servicio ocupacional. Aquí, los espacios remodelados albergan salas de actividad, vestuarios y un comedor donde el desarrollo de la identidad no se detiene. Durante la semana, los talleres de lectura fácil, expresión corporal, arteterapia y musicoterapia llenan las aulas. Como bien detalla Ibarguengoitia, a través de estas disciplinas musicales y artísticas se busca potenciar “el desarrollo personal, afectivo y la socialización del grupo, dotándoles de herramientas indispensables para su día a día”.
El momento cumbre de la semana llega los viernes en el taller de sukaldaritza y hoy el menú elegido es arroz con leche. Mikel Colina, responsable y dinamizador de la actividad, se mueve entre fogones coordinando el pesaje de las porciones con calma pedagógica. “Este taller nos da la oportunidad de trabajar muchas cosas distintas, fundamentalmente la autonomía diaria y personal”, explica Colina con la mirada puesta en el alumnado. Los grupos rotan quincenalmente en pequeños equipos para asegurar un apoyo individualizado, y son ellos mismos quienes eligen la receta. “La semana pasada hicimos ensalada rusa... ¡y luego nos lo comemos todo!”, comentan entre risas .
Al bajar a la zona manufacturera, el ruido se intensifica, revelando un sistema organizativo impecable dividido en cuatro secciones productivas y un gran almacén central. La estrategia sociolaboral de Lantegi Batuak brilla aquí con luz propia con la ingeniería de la accesibilidad cognitiva y física. Ibarguengoitiaexplica que el secreto radica en la desfragmentación de los procesos “un encargo complejo, como el montaje técnico de un gran cuadro eléctrico de distribución, se descompone en pequeñas subtareas consecutivas”.
En la primera hilera de mesas, las máquinas automáticas realizan el corte y pelado de las mangueras de cables; en la siguiente, se identifican y sueldan las conexiones; posteriormente se realiza el engarce y el crimpado de terminales, hasta llegar al ensamblaje final. De esta forma, cualquier persona, independientemente de su grado de discapacidad intelectual o física, se convierte en un eslabón eficiente, productivo y competitivo. En una de estas mesas nos encontramos con Edurne Torrealdai. Vecina de Gernika de toda la vida, Edurne encarna el éxito de la estabilidad laboral dentro de la economía social del territorio. Lleva catorce años trabajando en el centro, especializada en la colocación minuciosa de terminales en los hilos de cobre. “Estoy muy bien aquí, muy contenta y muy tranquila con mi trabajo de cada día”, confiesa.
Por otro lado, cabe subrayar que uno de los objetivos del centro es el de la promoción y transición a empleo con programas como el de alternancia, a través del cual trabaja Paul Legarreta, un joven gernikarra de 23 años, que tras trabajar en el servicio ocupacional tres años, “ahora trabajo en formación en alternancia”, relata desde una de las líneas más dinámicas del centro.
Por su parte, Oda El Badaui, de 24 años y con una experiencia de tres años en la organización, comparte su satisfacción mientras opera en una sección de montajes diferenciados mediante troqueladoras específicas. A lo largo de este tiempo ha pasado de forma consecutiva por varias áreas de la nave y destaca el valor social del centro “he estado en diferentes secciones, he aprendido cosas nuevas este año” lo que le capacita para trabajar en cualquier puesto de la línea de trabajo.
Esta inmensa red de inserción generó el pasado año un Valor Social Integrado de 3,48 millones de euros en Gernika-Lumo, un indicador que demuestra que cada euro invertido multiplica el bienestar de las familias, dinamiza las administraciones y devuelve dignidad social a un colectivo que reclama su espacio legítimo en el tejido laboral vizcaino.
Al final de cada jornada, las luces de Txaporta se apagan, pero en el aire queda el eco de un taller donde los circuitos eléctricos se ensamblan con el hilo del ecosistema humano .