Durante años, la lucha contra el cambio climático se centró principalmente en reducir emisiones. Sin embargo, la realidad actual ha puesto sobre la mesa una segunda necesidad igual de importante: la adaptación. Porque mientras se trabaja para frenar el calentamiento global, ciudades, empresas, instituciones y ciudadanos deben prepararse para convivir con algunos de sus efectos, cada vez más visibles en nuestro día a día.
Las olas de calor más frecuentes, las lluvias intensas, los episodios de inundaciones o los cambios en los ecosistemas urbanos están obligando a repensar cómo se diseñan y gestionan los espacios donde vivimos. Ya no se trata únicamente de construir infraestructuras, sino de hacerlo pensando en la resiliencia, es decir, en la capacidad de las ciudades para resistir, adaptarse y recuperarse ante fenómenos climáticos extremos.
¿Cómo adaptarse?
La buena noticia es que esa transformación ya está en marcha. Y lo hace a través de múltiples iniciativas que, aunque a veces pasan desapercibidas, forman parte de una estrategia mucho más amplia. Plantar árboles, crear corredores verdes, recuperar espacios degradados, mejorar la eficiencia energética de los edificios o impulsar una movilidad más sostenible son algunas de las herramientas que se están utilizando para construir ciudades mejor preparadas para el futuro.
En Bizkaia existen ejemplos cada vez más visibles. Bilbao lleva años incorporando criterios de resiliencia urbana dentro de sus políticas climáticas. La ciudad ha impulsado infraestructuras verdes, soluciones basadas en la naturaleza y medidas específicas para hacer frente a riesgos como las inundaciones, la contaminación atmosférica o las olas de calor. Entre las iniciativas desarrolladas figuran proyectos de adaptación climática, refugios climáticos y actuaciones vinculadas a la protección de zonas vulnerables de la ría.
La apuesta por las zonas verdes es una de las estrategias más eficaces. Además de mejorar la imagen urbana, parques y jardines ayudan a regular la temperatura, mejorar la calidad del aire y gestionar mejor el agua de lluvia. Bilbao supera actualmente los dos millones de metros cuadrados de espacios verdes y continúa ampliando estas superficies como parte de su estrategia ambiental.
Pero la adaptación climática no depende únicamente de los ayuntamientos. La Diputación Foral de Bizkaia trabaja en una estrategia climática a largo plazo que incluye actuaciones relacionadas con la movilidad sostenible, la infraestructura verde-azul, la restauración ecológica y la protección de la biodiversidad.
Las empresas también tienen un papel creciente en este proceso. Desde compañías dedicadas al paisajismo y la jardinería hasta promotoras, constructoras o industrias, cada vez son más las que incorporan criterios ambientales en sus proyectos. Cubiertas vegetales, pavimentos permeables, sistemas de drenaje sostenible o diseños urbanos que favorecen la sombra y reducen el efecto isla de calor son soluciones que empiezan a formar parte de la planificación habitual.
Y tampoco hay que olvidar la contribución de la ciudadanía. Elegir medios de transporte sostenibles, mejorar la eficiencia energética de las viviendas o apostar por espacios verdes en comunidades y terrazas son pequeñas decisiones que, sumadas, contribuyen a construir entornos más resilientes.