Decidir hasta el final: la eutanasia crece en Euskadi un 62%
El aumento de solicitudes en Bizkaia y las voces implicadas reflejan una realidad cada vez más presente, donde información, garantías, acompañamiento y la opción de elegir marcan cada vez más el final de la vida
Hay decisiones que no irrumpen de golpe, sino que se van construyendo con el tiempo, a medida que la vida cambia y los márgenes se estrechan. La eutanasia forma parte de ese tipo de decisiones. No nace de un instante, sino de un proceso en el que conviven el deterioro, la pérdida de autonomía y una reflexión sostenida sobre los propios límites. Durante años, ese final quedó fuera del ámbito de elección. Hoy, en Bizkaia y el resto del Estado, empieza a formar parte de él.
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El reciente caso de Noelia ha devuelto esta realidad al primer plano mediático, aunque su aplicación cotidiana se desarrolla lejos del foco. Los datos dibujan una tendencia clara: en 2025 se registraron 120 solicitudes de eutanasia, un 61,6% más que el año anterior, de las cuales se realizaron 80 procedimientos, según cifras preliminares del Departamento de Salud del Gobierno Vasco. Desde la entrada en vigor de la Ley Orgánica 3/2021, se han contabilizado 451 solicitudes, con 213 prestaciones realizadas.
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Las cifras permiten trazar un perfil estable. La edad media de las personas solicitantes se sitúa en 74 años, con predominio de enfermedades neurológicas –especialmente vinculadas a procesos de demencia– y patologías oncológicas. La mayoría de los procedimientos se llevan a cabo en hospitales, aunque un 32,6% se realiza en el domicilio y un 14,3% en residencias sociosanitarias.
En ese contexto, la eutanasia trasciende el ámbito sanitario para instalarse también en el terreno de las decisiones más íntimas. No todas las personas optarán por recorrer ese camino, pero su existencia introduce algo que hasta hace poco no estaba: la posibilidad de elegir incluso cuando todo lo demás se ha reducido. No es tanto una cuestión de adelantar el final como de no perder el control sobre él. Y en esa posibilidad, discreta pero real, se abre una reflexión que ya no pertenece solo a quienes la solicitan, sino a una sociedad que empieza a enfrentarse, sin intermediarios, a cómo quiere vivir –y acompañar– el final de la vida.