La tercera generación está representada por Izaro, que sentada junto a su madre Nagore y su amama Patricia , reconoce que hoy las mujeres tienen muchas más herramientas para decidir sobre su propio futuro. La formación, la independencia económica o la libertad personal han ampliado el abanico de posibilidades respecto a generaciones anteriores. “Podemos elegir qué estudiar, dónde trabajar o con quién estar”, señala.

A su juicio, la gran diferencia con el pasado es la capacidad de tomar decisiones propias. Mientras que durante décadas muchas mujeres vieron cómo su vida quedaba marcada por lo que decidían sus padres, sus maridos o incluso sus jefes, su generación ha crecido con mayor autonomía. “Antes, cuando una mujer se casaba, tenía que dejar todo lo que había construido para dedicarse a la casa y a los hijos. Hoy eso ha cambiado mucho. Somos más independientes y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer”, afirma.

Izaro explica que nunca ha sentido esa falta de libertad en su propia vida. “Siempre he podido decidir qué estudiar, qué hacer o con quién estar. Eso es algo que para mi generación es normal, pero que para las anteriores no lo era tanto”, reflexiona.

Desafíos actuales

Sin embargo, considera que los desafíos actuales son diferentes. En su opinión, una de las mayores presiones para las mujeres jóvenes proviene de las redes sociales, donde la imagen y la apariencia física cobran una importancia desproporcionada, algo que antes no existía. “Se exige a las chicas ser perfectas: el cuerpo, la cara, todo. Y muchas veces son otras mujeres las que critican”, denuncia.

Para Izaro, el problema no son las redes sociales en sí, sino el uso que se hace de ellas. Cree que pueden ser herramientas muy útiles para informarse, compartir experiencias o dar visibilidad a problemas sociales, pero también pueden generar dinámicas perjudiciales. “Al final se crea una presión constante. Si una chica tiene unos kilos de más se la critica, mientras que a un chico no se le dice lo mismo. Parece que las mujeres tienen que ser perfectas todo el tiempo”, lamenta.

Por eso cree que el cambio también debe empezar en la educación y en los valores que se transmiten desde casa. Para ella, las nuevas generaciones tienen la oportunidad de crecer en un entorno más igualitario si se les enseña desde pequeños el respeto hacia los demás. “Hay que educar para que nadie se sienta por encima de nadie, ni hombres ni mujeres”, sostiene.