Transformación, innovación, internacionalización, rehabilitación, renaturalización, inversión, consolidación… Muchas pueden ser las palabras para ilustrar el mandato de Juan Mari Aburto (PNV) al frente del Ayuntamiento de Bilbao a lo largo de estos doce años. Pero más allá de los grandes proyectos que han visto la luz durante este tiempo -y los ‘cerrados’ para las décadas venideras-, el alcalde dejará tras de sí un legado que empezó a construir desde abajo, visitando los barrios y hablando con los vecinos con su famosa agenda de tapas rojas en la que ha ido anotando todas y cada una de las quejas y sugerencias que le han sido planteadas.
Gracias a ese trabajo silencioso, ha sido capaz -junto a su equipo- de ‘coser’ los distritos del botxo y reducir las diferencias entre el centro y la periferia. Ha dado respuesta, antes o después, a esas peticiones para instalar una zona de juegos infantiles, construir un ascensor o unas rampas mecánicas, peatonalizar espacios, cubrir una plazoleta o dar mayor protagonismo a los espacios verdes para ocio y disfrute de la población local y foránea.
La última ‘cruzada’ a pie de calle de Juan Mari Aburto lleva el nombre de Autonomía, una arteria de la villa olvidada durante más tiempo del deseado. “Bilbao tiene una deuda pendiente con esta calle y vamos a comenzar a saldarla”, anunciaba hace algo más de un año. La metamorfosis de esta carretera, poco amable para el ciudadano de a pie, hasta convertirse en un bulevar ya ha empezado. No ha podido ser antes ya que el cierre del anillo tranviario y la entrada de la alta velocidad ferroviaria han estado condicionando la ejecución de este proyecto.
Corregir desigualdades
Y es que la regeneración de espacios, calles y barrios ha marcado la acción del gobierno municipal legislatura tras legislatura. Peñaskal, Otxarkoaga, Rekalde, Masustegi, San Adrián, Olabeaga o Zorrotza son algunos de los ejemplos de esa acción política destinada a corregir desigualdades. O, dicho de otro modo, generar nuevas oportunidades para las personas residentes en estos lugares facilitando su acceso a servicios, mejorando su calidad de vida. Cada una de estas pequeñas obras ha ido borrando poco a poco esas fronteras artificiales entre distritos que amenazaban con difuminar la identidad de Bilbao. Un complejo puzle que Juan Mari Aburto y sus tres gabinete municipales han ido resolviendo con paciencia.
No ha sido sencillo combinar el interés vecinal con la realidad política, pero siempre ha buscado esa alineación. Y a ser posible, con el mayor consenso posible con el resto de las formaciones políticas que han tenido representación en las corporaciones municipales que ha presidido. Muchas de las iniciativas planteadas, de hecho, han salido adelante de forma aplastante, unánime.
Popularidad y reputación
Y todo ello sin descuidar esa sana obsesión por impulsar la proyección internacional de Bilbao mediante grandes eventos culturales y deportivos que han llevado el nombre de la villa a cuotas de popularidad y reputación impensables cuando el propio Aburto recogió la makila para ser alcalde de su botxo. Doce años en los que ha dejado lanzada la última gran transformación de la villa y ha reforzado su identidad remendando los barrios para encajarlos en ese Bilbao multicolor.