El histórico título de los New York Knicks 23 años después del último que figuraba en su palmarés deja un buen puñado de protagonistas que en la ciudad que nunca duerme, siempre amante del exceso y la exageración en todas sus vertientes, serán venerados por los siglos de los siglos. El indiscutible MVP de las finales Jalen Brunson, un tormento para los San Antonio Spurs con sus más de 32 puntos por cita; OG Anunoby, con su palmeo ganador en el cuarto partido que culminó la histórica remontada de 29 puntos; Karl Anthony Towns, quien más de una década después de su desembarco en la NBA se ha quitado de encima el sambenito de jugador sin alma de campeón... Pero la volcánica hinchada del Madison Square Garden guarda un lugar especial en su corazón para deleitarse con el éxito de un jugador mucho menos llamativo: Mitchell Robinson. El pívot suplente de 28 años es el knick que más tiempo lleva en la plantilla, con diferencia. Llegó en 2018 vía draft y tras un primer año con un horrible balance de 17-65 ahora saborea las mieles del éxito. De hecho, Robinson solo ha jugado con los Knicks como profesional, circunstancia que pudo no ser así porque como adolescente estuvo cerca de ser jugador del Bilbao Basket.

Temporada 2017-18. El curso baloncestístico no marcha como estaba previsto ni para la entidad de Miribilla ni para el jugador, por aquel entonces un prometedor adolescente de 19 años sin experiencia ni siquiera a nivel universitario. Los hombres de negro se encontraban inmersos en el ejercicio que acabó desembocando en su descenso a LEB Oro, un curso turbulento tanto en lo deportivo como en lo institucional, con los problemas económicos haciendo mella en los resultados sobre la cancha. Por su parte, Robinson también se encontraba en un momento de enormes dudas. Tras una dominante trayectoria en high school, primero en Florida y posteriormente en New Orleans, se había merecido la distinción de prospecto cinco estrellas, había brillado con luz propia en las citas del McDonald's All American y el Jordan Brand Classic, donde comparecen los mejores jugadores de instituto del país, pero durante el verano de 2017 decidió dejar la universidad de Western Kentucky sin ni siquiera arrancar la campaña. Regresó un mes después, pero en septiembre anunció que renunciaba a su elegibilidad en la NCAA y que iba a entrenar un año por su cuenta para prepararse de cara al draft de 2018. Jamás un jugador había accedido vía draft a la NBA sin haber jugado la temporada anterior en ningún equipo universitario, profesional o de high school.

Ofrecimiento

Fue entonces cuando los caminos de Robinson y el Bilbao Basket estuvieron muy cerca de encontrarse. La coincidencia entre el mal momento deportivo del conjunto vizcaino y la necesidad de exposición baloncestística por parte del pívot, al que en enero de 2018 le negaron también la posibilidad de competir en la Liga de Desarrollo de la NBA, para no caer en el olvido de cara al draft, provocaron que desde el entorno de confianza del jugador contactaran con la entidad de Miribilla para ofrecer la posibilidad de que reforzara a los hombres de negro. Incluso se planteó la posibilidad de que Robinson, que iba a llegar acompañado por el exjugador de la NBA Randy Livingston, formado al igual que él en el baloncesto de instituto de New Orleans, ejerciendo la figura de mentor, trabajara durante la semana como un componente más del primer equipo y que, al menos en un principio, amasara minutos jugando cedido en categoría LEB.

Mitchell Robinson, en segundo plano, celebra el título. Efe

Desde el club vizcaino no se veía con malos ojos una operación que claramente era cortoplacista (firmar un contrato que permitiera conseguir una compensación económica por sus hipotéticos derechos en el siguiente draft), pero finalmente no pudo llevarse a cabo. Ni la situación financiera ni la deportiva del club animaron a llevar a buen puerto el fichaje. Es probable que Robinson fuera ofrecido también a otros equipos europeos, pero ninguno consideró oportuno acometer la operación, probablemente por no haber competido ni siquiera a nivel universitario. Finalmente, aunque fuera bastante lejos de sus previsiones iniciales, el pívot fue seleccionado en el draft de 2018, puesto 36 de la segunda ronda, y arrancó en la NBA una carrera profesional lejos de las luces del estrellato, pero sólida.

Especialista

Robinson ha hecho carrera como un currela de los aros (en ocho cursos nunca ha llegado a los dobles dígitos en anotación), un especialista en el arte de la intimidación, el alley oop y, sobre todo, la pelea sin cuartel por el rebote ofensivo, donde luce guarismos que le igualan a los mejores de la historia. De hecho, el que capturó en el duelo definitivo de la final ante el gigantesco Victor Wembanyama tras fallo en el tiro libre de su compañero Josh Hart con 88-91 a 26 segundos de la última bocina fue fundamental para atar el título en San Antonio. Las lesiones han interrumpido constantemente su carrera (poco antes de la final se sometió a una cirugía por una fractura en la base del meñique de su mano derecha), pero se ha ganado el corazón del Madison con su juego corajudo y su peculiar carácter (prometió conducir una de sus enormes y llamativas camionetas en el desfile de campeones y en la rueda de prensa tras la conquista del título aseguró haber cazado una serpiente la noche anterior en el hotel de concentración). Un campeón de la NBA que pudo tener pasado como hombre de negro.