El síndrome silencioso para las mujeres que entrenan: la tríada de la deportista
Se trata de un síndrome que puede provocar alteraciones menstruales, baja densidad ósea e infertilidad si no se detecta a tiempo
Casi la mitad de las mujeres que practican deporte se enfrentan a un riesgo silencioso. Así lo señala un estudio liderado por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) que sitúa en el 40% la proporción de deportistas expuestas a la denominada tríada de la mujer deportista, un síndrome que combina alteraciones menstruales, deterioro de la salud ósea y una deficiencia energética.
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La investigación, publicada en el Journal of the International Society of Sports Nutrition, ha analizado a 1.154 mujeres de entre 15 y 45 años vinculadas al Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), desde deportistas que se ejercitan por ocio hasta profesionales de elite. El estudio concluye que no se trata de un problema aislado ni restringido a unas disciplinas concretas, sino de una realidad extendida entre mujeres físicamente activas.
“Todas las mujeres que hacen ejercicio son susceptibles de padecer la tríada, independientemente del deporte”, explica Laura Esquius de la Zarza, investigadora del FoodLab y del eHealth Centre de la UOC. Aunque el foco se sitúa en ellas, también advierte de que los hombres pueden verse afectados, aunque con menor prevalencia.
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Factores de riesgo
"Existen factores que incrementan el riesgo de sufrir la tríada de la mujer deportista, como es el caso de la participación en deportes estéticos, disciplinas centradas en la delgadez o deportes de categoría de peso", destaca Ana Torres Dos Ramos, primera firmante del estudio, cuya tesis doctoral, dirigida por Esquius de la Zarza, se centra en estos trastornos.
Según las autoras, las presiones sobre el peso y la apariencia por parte del entorno deportivo, junto con la exposición del cuerpo de las deportistas en determinados contextos competitivos, aumentan el riesgo de insatisfacción corporal y, con ello, de conductas alimentarias desordenadas.
Consecuencias
Según los datos recogidos en el estudio, un 24,3% de las participantes presenta riesgo de desarrollar un trastorno alimentario subclínico, mientras que un 7,3% ya muestra indicios de trastorno clínico. Sin embargo, la deficiencia energética -uno de los pilares de la tríada- no siempre responde a un problema diagnosticado, sino que puede deberse también de una ingesta insuficiente no intencionada o de estrategias de pérdida de peso asumidas como normales en el entorno deportivo.
Las investigadoras alertan de que este desequilibrio puede provocar amenorrea hipotalámica funcional, baja densidad mineral ósea, infertilidad o un incremento del riesgo de fracturas por estrés. En los casos más graves, el daño óseo puede llegar a ser irreversible.
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Prevención
Ante este escenario, la prevención se presenta como una herramienta clave. Las expertas insisten en la importancia de prestar atención al ciclo menstrual como indicador de salud y de incorporar programas de educación menstrual desde edades tempranas. También consideran fundamental garantizar el acceso a información rigurosa sobre las necesidades energéticas del cuerpo en función de la actividad física que se practique.
Pero más allá de la educación individual, el foco se sitúa en el entorno. "Es necesario que el ámbito deportivo y personal sea consciente del daño que pueden causar determinadas presiones relacionadas con el peso y la apariencia", advierte Ana Torres Dos Ramos. Erradicar estereotipos de género y creencias infundadas -como la asociación directa entre delgadez y rendimiento- se plantea como un paso imprescindible.
Enfoque equitativo
El trabajo abre, además, una reflexión más amplia sobre la investigación en el ámbito deportivo. Las autoras denuncian la escasa presencia de mujeres en los estudios científicos: apenas un 6% de las publicaciones se centran exclusivamente en ellas. Muchas de las recomendaciones actuales, recuerdan, se basan en investigaciones realizadas con hombres, cuyos resultados se extrapolan sin tener en cuenta las diferencias biológicas.
El reto, concluyen, pasa por avanzar hacia un enfoque más equitativo que tenga en cuenta la diversidad corporal y las particularidades fisiológicas de las mujeres. Solo así será posible abordar de forma eficaz un problema que, aunque a menudo pasa desapercibido, tiene un impacto profundo en la salud de quienes lo padecen.