La cara que arde, enrojece y escuece tras pasar un rato en la calle con frío y viento tiene un nombre: windburn. La dermatóloga Ana Molina, conocida en redes sociales como @dr.anamolina, ha explicado en un vídeo reciente qué ocurre exactamente en la piel cuando se producen estas condiciones y qué medidas aplicar para prevenirlo. Su diagnóstico descarta desde el principio la confusión más habitual: "no es una alergia, sino irritación por frío y viento".
Qué le pasa a la piel con el frío y el viento
Según explica la doctora Molina, el frío y el viento atacan la barrera cutánea por dos vías simultáneas. Por un lado, "el frío contrae los capilares", lo que reduce la circulación en las capas externas de la piel. Por otro, "el viento evapora el agua de las capas más superficiales", dejando la piel deshidratada y con menos capacidad de protegerse. La combinación de ambos efectos es lo que la dermatóloga describe como "una lija invisible que se merienda tu barrera lipídica".
La barrera lipídica es la capa de lípidos que protege la piel de agresiones externas y regula la pérdida de agua. Cuando se daña, la piel reacciona con enrojecimiento, picor y sensación de quemazón, síntomas que la doctora Molina equipara a los de "una pequeña quemadura". El resultado visible es una cara roja, tirante y que escuece incluso al aplicar cremas.
El factor agravante
La doctora Molina señala un error frecuente que agrava el problema en los meses de frío. Quienes utilizan exfoliantes potentes o retinoides sin acompañarlos de una hidratación adecuada tienen la barrera cutánea más comprometida de partida. En esas condiciones, el impacto del frío y el viento es mayor. "Si encima estás usando exfoliantes potentes o retinoides sin hidratar suficiente, la piel se queda sin su armadura", advierte en el vídeo.
Qué aplicar antes de salir
Para los días de frío intenso y viento, la dermatóloga propone lo que llama el "protocolo Bunker": poner la piel en "modo rescate" antes de salir a la calle. El protocolo se compone de tres pasos: un limpiador suave para no agredir más la barrera, una hidratante reparadora y, como paso final, "una buena capa de vaselina en las zonas críticas", especialmente en las mejillas, la nariz y el mentón, que son las áreas más expuestas al viento.
La vaselina genera una barrera oclusiva sobre la piel que impide que el viento evapore el agua superficial y que el frío deteriore los lípidos cutáneos. La doctora Molina dice que no hay de que preocuparse ya que la vaselina no obstruye los poros, no es comedogénica y no engrasa la piel. Lo que sí hace, según explica, es crear esa capa protectora que actúa de escudo frente al frío y el viento.
El último punto del protocolo de la doctora Molina aborda uno de los errores más comunes en los meses fríos: prescindir del protector solar porque no hay sol. "El sol de invierno no calienta pero quema igual", advierte. La radiación ultravioleta no desaparece con las nubes: estas reducen la radiación visible, pero no bloquean los rayos UVA y UVB. La dermatóloga resume la confusión con una frase directa: "las nubes son un filtro, ni un escudo". El fotoprotector forma parte del invierno igual que del verano.