Bilbao
SER de Baltimore, concretamente de West Baltimore, de los Lexington Terrace Projects, imprime carácter y agudiza el instinto de supervivencia, imprescindible para no dejarse arrastrar o simplemente sobrevivir a esa jungla de drogas, armas y delincuencia que tan superlativamente quedó retratada, en toda su crudeza, en The Wire, una de las series televisivas más sobresalientes jamás emitidas. De allí, de esas calles, procede Dontaye Draper, base que hoy se enfrentará al Bilbao Basket enfundado en la camiseta del galáctico Real Madrid y que a lo largo de sus 29 años de vida ha tenido que superar no pocas dificultades, vitales y deportivas, para llegar a la élite, además de sacrificar buena parte de su brillo individual para encajar como pieza de rotación en ese arrollador engranaje que dirige desde el banquillo Pablo Laso. Australia, Francia, Bélgica, Italia y Croacia fueron las estaciones de paso de este pequeño y rocoso base de 1,81 antes de aterrizar en la Liga Endesa el verano de 2012 para llevar a cabo una de esas transformaciones para los que no todo jugador está preparado: pasar de ser cabeza de ratón a cola de león, dejar de ser puntal, brazo ejecutor y protagonista para convertirse en secundario de lujo. Draper no ha tenido mayores problemas para mezclarse notablemente con los Sergios, Rodríguez y Llull, a la hora de componer una tripleta de batutas de lujo en la que él ejerce de chico para todo, según lo que exija la pizarra de Laso. Adelantar líneas en defensa, atosigar al base rival a base de físico, dividir las retaguardias rivales a base de verticalidad o jugarse el tiro del todo o nada. Lo que sea necesario, ya sea en cinco o veinte minutos de protagonismo.
Draper se sinceró en una excelente entrevista publicada el año pasado en la web de Jot Down. Sin tapujos. "Con seis años había visto toda clase de pistolas y todos los tipos de drogas que existen. Eso en West Baltimore es una infancia normal. Convives con ello. En la esquina de mi casa, como en todas las esquinas, se vendía droga. La casa junto a la mía era un almacén de los camellos. Y así todo", manifestaba el jugador, para añadir a renglón seguido: "En verano siempre jugábamos en la calle al fútbol americano. Cada noche había disparos. Y repito, cada noche. Entrábamos corriendo en casa. Esperábamos a que acabara el tiroteo. Salíamos y volvíamos a pasarnos la pelota". En ese complicadísimo ecosistema creció un joven que, pese a tener en el fútbol americano su primer amor deportivo, pronto se pasó al baloncesto para intentar labrarse un futuro lejos de los peligros de la calle, de esa tela de araña que atrapó a muchos de sus amigos y de la que él supo escapar al comprobar que las típicas chiquilladas de niño que a veces pasaban la raya de la legalidad iban in crescendo en su entorno. Aquella época y aquellas calles le sirvieron, además, para conocer y entablar amistad con otro chaval repleto de sueños deportivos que a día de hoy sigue siendo una de sus personas más allegadas y con el que se junta todos los veranos para entrenar: Carmelo Anthony, la gran estrella de los New York Knicks.
Tras completar su periplo de instituto en Baltimore (18 puntos y 10 asistencias de media), no hubo demasiadas universidades que se pelearan por reclutar a Draper, por lo que acabó en el modesto College of Charleston, en South Carolina, donde completó su ciclo de cuatro cursos. En su temporada junior se hizo ya con un lugar indiscutible en el quinteto ideal, pero sus notables números y sus diversas nominaciones en la Southern Conference no fueron suficientes para seducir a los general managers de la NBA, no siendo seleccionado en el draft de 2007. En los años siguientes, Draper intentó llegar a la Liga estadounidense por la puerta de atrás, a través de esa complicada jungla que son las summer leagues. Probó en varias ocasiones con los Denver Nuggets de su gran amigo Melo, los Washington Wizards también contaron con él en 2008, pero siempre fue uno de los cortes cuando llegaba octubre y las franquicias debían adelgazar sus plantillas. Estaba claro que su sitio no estaba en Estados Unidos, que iba a tener que coger las maletas y viajar si quería hacerse con un sitio y un nombre en el baloncesto profesional. Y, además, iba a tener que empezar desde muy abajo.
Arranca la peregrinación Así las cosas, Draper se marchó en 2007 a la lejana Australia para vivir su bautismo profesional en los Sydney Kings, recomendado por uno de los asistentes de los Nuggets. Su más que correcta temporada (13,6 puntos y 4,4 asistencias de media) le abrieron las puertas de Europa. Fichó por el Nápoles, pero el equipo no salió por problemas económicos. Recaló acto seguido en el Hyeres-Toulon francés, en el que jamás se entendió con su entrenador, y en diciembre de 2008, por fin, encontró algo de estabilidad en el Oostende belga. En 2009 fichó por el Prima Veroli de la Segunda División italiana, donde coincidió con Kyle Hines, y su carrera parecía que se iba a ver limitada al papel de trotamundos que tantos estadounidenses encarnan en Ligas secundarias del viejo continente, hasta que en 2010 Aleksandar Petrovic le reclutó para su pujante Cedevita. Esa temporada fue la de la explosión de Dontaye Draper en el baloncesto europeo. Con el base de Baltimore como gran referente y rodeado por Bracey Wright, Damjan Rudez, Marino Bazdaric y Vedran Vukusic, el conjunto croata se convirtió en la gran sensación de la Eurocup, alcanzando las semifinales, en las que cayó ante el Unics Kazan. Draper fue elegido MVP de la competición (15 puntos, 6,2 asistencias, 4,6 rebotes y 2,2 robos por partido), distinción que el año anterior había logrado el hombre de negro Marko Banic, y durante el verano de 2011, no sin controversia tras uno de esos procesos de nacionalización exprés, debutaba con la selección de Croacia en el Eurobasket de Lituania. Su nombre comenzó a sonar como pieza apetecible para varios conjuntos punteros de Euroliga, incluido el Real Madrid, pero, con contrato en vigor, tuvo que seguir una temporada más en el Cedevita.
Sus números en la campaña 2011-12 no fueron tan brillantes como en la anterior, pero al club blanco no le tembló el pulso a la hora de incorporarle a sus filas. Analizando su aportación al equipo con la única base de los números (4,1 puntos y 1,7 asistencias en 14 minutos de presencia en cancha por partido el curso anterior), se podría caer en el error de pensar que Dontaye Draper está pasando sin pena ni gloria por el club blanco, pero nada más lejos de la realidad. Ha sabido asumir su rol de hombre de refresco sin problemas y comparece en cancha para aquello que Pablo Laso considere menester, ya sea atosigar hasta la extenuación al base rival o jugarse la canasta definitiva. Es lo que tiene proceder de los LexingtonTerrace Projects, donde lo importante es la supervivencia. Es lo que tiene el carácter de Baltimore.