Tras la pausa navideña, el Athletic fue incapaz de emitir sensaciones renovadas que generasen esperanza o un mínimo optimismo, pero sirva de consuelo el hecho de que regreso con un empate de El Sadar. Por sistema, puntuar en campo ajeno se considera un desenlace positivo y puede afirmarse que tal como discurrió el encuentro este 1-1 sienta muy bien. Refleja con bastante fidelidad el desarrollo del derbi, cómo cada una de sus mitades se podría adjudicar a uno de los contendientes, evidencia cierto equilibrio incluso en el número y calidad de las ocasiones fabricadas. Es posible que los rojillos lo hiciesen mejor en el tramo que dominaron y que en la fase en que estuvo más entero el Athletic gobernó por actitud más que por el fútbol realizado, pero cabría concluir que en líneas generales ninguno puede quejarse por el signo del resultado.
La cuestión sería que esa impresión de igualdad que cualquier observador pudo percibir, va en perjuicio de un Athletic al que se le supone mayor calidad, una superior variedad de recursos y mayor fortaleza para imprimir o soportar ritmos elevados. Un catálogo de bondades que asomó en una versión más bien discreta. Menos mal que Guruzeta neutralizó el gol de Rubén García cuando el partido enfilaba el final porque una derrota hubiese sentado a cuerno quemado. Más que nada porque se comprobó que en cuanto los de Valverde cogían el hilo y achuchaban con una pizca de sentido y, sobre todo, a medida que el cronómetro avanzaba, Osasuna no podía evitar transmitir síntomas propios de un equipo de mitad de tabla, uno de esos rivales que sin ánimo peyorativo se suele catalogar de asequible, al que le cuesta un esfuerzo supremo doblegar oponentes más cualificados, apartado en el que, a pesar de los pesares, figuraría por derecho el Athletic.
Quizá sea una visión un tanto subjetiva, puesto que los de Ernesto Valverde no están haciendo gala de su nivel competitivo teórico en el presente curso y se sigue analizando su comportamiento atendiendo a lo realizado en campañas anteriores. Ayer, sin ir más lejos, no supo cómo impedir que Osasuna le retratase a lo largo de casi todo el primer acto, lo que hizo temerse lo peor. De ahí que sea razonable reiterar que persisten similares sensaciones a las de meses precedentes. De nuevo afloró el déficit de creatividad, la lentitud e ineficacia de las maniobras con la posesión, el poco filo, con gente que continúa fuera de forma o a la que le cuesta muchísimo soportar las exigencias de pulsos nerviosos, también en las tareas sin balón.
Enfrente salió un grupo enchufado, más intenso, despierto para ganar duelos y disputas, afilado para conectar sus líneas, proyectarse y pisar zona de remate. Osasuna se adueñó del partido tras unos minutos de tanteo y mantuvo el control durante una amplia fase, hasta que tomó la delantera en el marcador. El tanto tuvo un origen inesperado, un golpe franco cobrado después de una cadena de errores del Athletic, muy torpe para salir de su área ante el decidido acoso del anfitrión. Cierto que Rubén García agarró un chut estupendo, muy potente, que describió una vistosa parábola, pero se realizó desde una distancia no inferior a los 30 metros y entró por el centro de la portería. Exactamente por el lugar que cubría Simón, quien pareció ver tarde la pelota; sorprendió su insuficiente reacción.
Antes, el portero había evitado que Moncayola estrenase el marcador en un remate desde muy cerca, Budimir había malgastado una jugosa ventaja sobre los centrales para rematar horriblemente y Torró, sin que nadie le importunase en un córner, no supo imprimir fuerza a su cabezazo. No fue un derroche en el plano ofensivo, pero el Athletic no se enteraba de la fiesta, su nulidad era enervante. Todo cambió a raíz del 1-0, Osasuna se tomó un respiro y en cosa de cinco minutos Guruzeta protagonizó dos tiros dentro del área, ambos replicados con apuros por Herrera, y Jauregizar probó de volea desde la frontal.
Después del descanso, hubo un cuarto de hora desesperante. Ni uno ni otro lograban construir nada de fuste, aunque ya se notaba que el Athletic paulatinamente avanzaba líneas, mientras Osasuna sesteaba peligrosamente para sus intereses. Un rato más tarde se vio con nitidez que en realidad a los locales les faltaba fuelle, era tan obvio que no se entendía la pasividad de Lisci. Valverde, por su parte, mandó un triple cambio que hizo efecto. Iñaki Williams, una nulidad que convirtió al debutante Galán en la estrella de los suyos, un Sancet deslavazado y un Galarreta muy zurrado desde hacía un rato, pasaron el testigo a Navarro, Berenguer y Rego.
Osasuna aún tardaría un cuarto de hora en refrescar filas, operación que llegaría posteriormente al empate firmado por un fino Guruzeta que recibió de Navarro con el tiempo justo para prepararse y batir a Herrera. Estuvo precedido de un par de advertencias, aunque no puede omitirse que Torró acarició la sentencia y el envío, imposible para Simón, dio en la madera. Quedada mucho por delante y fue más bien poquito lo que aportaron los dos equipos en beneficio del espectáculo.
Emoción o tensión, sí, pero ninguno sacó nada en limpio y de nuevo se observó cómo Osasuna iba recobrando la solidez extraviada y el Athletic dejaba de amenazar con argumentos serios. Hubo un lance, con sendos remates en el área de Navarro y Rego repelidos por Catena que nacieron de una buena internada de Serrano, que relevó muy tarde a Nico Williams, gaseoso un día más y van. Pero nada más: aparte de brega generosa, una serie de interrupciones provocadas por el desgaste mutuo y la escasa inspiración de los protagonistas. El Athletic abre un mes de locura con un puntito más en el casillero, aunque sin dejar atrás una versión que le hace aparecer como un equipo irregular y exento de gracia.