La notoria maduración del velocista Iñaki Williams
Reubicado en la banda, donde solía actuar en su inicio en la élite, ha ganado en peso específico en el juego colectivo y participa más en las acciones que acaban subiendo al marcador
No siendo lo único destacable en el plano individual de este inicio de campaña, el rendimiento de Iñaki Williams merece una reseña aparte. Unai Simón sobresalió en el éxito obtenido ante Osasuna, pero ese día el mayor de los hermanos también sacó una nota muy alta. Y este domingo, sin obviar la gran aportación de Mikel Vesga, volvió a brillar para aspirar legítimamente a la máxima distinción. Cierto es que Nico ha recibido múltiples halagos por su implicación directa en los goles habidos en este par de jornadas, pero idéntico criterio sería aplicable a Iñaki, quien además ha ejercido una influencia palpable y superior en el juego colectivo.
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Ha empezado como un tiro Iñaki Williams. A tope en la faceta física, crucial para desplegar su fútbol, pero haciendo gala de una implicación y un saber estar que se apreció a lo largo del pasado curso. Se diría que poco a poco ha ido adquiriendo esa madurez que permite al futbolista una interpretación más acertada de lo que pide cada partido. Un proceso que quizás se ha visto retardado por el rol y las expectativas que le han acompañado desde que casi nueve años atrás se presentase en sociedad.
Su irregular relación con el gol le ha marcado en exceso en la mayoría de las temporadas. Condicionado por la decisión de varios de sus entrenadores de ubicarle en la franja central del terreno como la pieza más avanzada del dibujo, recayó sobre sus espaldas la responsabilidad de ser determinante en la finalización. Una misión estelar para la que no posee el repertorio idóneo.
Williams nunca será un especialista en esos metros cuadrados donde se cuece el gol, carece de las virtudes propias de un hombre de área. No es el clásico punta instintivo que se las arregla para estar en el sitio adecuado, desenfunda rápido y apunta con un alto grado de eficacia. Sin duda que el adiós de Aduriz contribuyó a que el foco le haya estado persiguiendo año tras año, en la esperanza de que recogiese el testigo o al menos paliase en alguna medida la impericia de cara a portería que tanto ha lastrado la consecución de los objetivos del Athletic.
Este problema no se habría reflejado en el número de goles, habitualmente bastante aceptable si se repasan los registros de la categoría, sí en cambio en el desperdicio del caudal ofensivo que con frecuencia genera el equipo. La cuestión radica en la escasa precisión para rentabilizar la considerable producción de llegadas, en jugada y a balón parado, déficit que cabría particularizar en la figura de Iñaki Williams, aunque en realidad sea extensivo, incluso de manera más acusada, a otros, a todos.
Media goleadora
El velocista que se iba fácil de los defensas y era constantemente buscado con pelotas al espacio, pasó largos períodos sin modelar una personalidad propia. El gol se le resistía en exceso, la media de siete por liga que firmó en seis cursos resulta suficientemente ilustrativa al respecto. Si el dato se combina con el récord de participaciones consecutivas que engloba más de dos tercios de su trayectoria (por cierto, un asunto convertido en objetivo más institucional que personal), se entiende mejor que a Iñaki Williams le costase erigirse en el elemento diferencial que el equipo reclamaba.
Ha desempeñado el papel de un recurso ofensivo con altibajos pronunciados, alguien demasiado dependiente de un suministro que a menudo no le llegaba o le colocaba, dado su perfil futbolístico, en situaciones incómodas. En muchos partidos su esfuerzo le cundía poco, sobre todo en San Mamés, donde se tiró dos años sin protagonizar una celebración. Pese a lo evidente, técnicos y vestuario siempre han insistido en poner en valor su contribución, hablaban de que suponía una amenaza para las defensas, de lo que se agradecía su trabajo.
Claro que es un atacante con una potencialidad reconocible. Propios y extraños lo atestiguan, pero en absoluto ha dado de sí cuanto se presumía, al menos con regularidad. Ha sido el regreso de quien le diera la alternativa en la élite el factor que ha impulsado su mejoría. Con Ernesto Valverde ha ganado en peso específico, se ha soltado. Durante el ejercicio anterior se vio un Williams más asentado, más seguro, más partícipe con y sin balón.
Como es costumbre sumó un montón de minutos de competición, pero la pequeña gran diferencia en relación a la tónica del pasado fue que alternó la posición de ariete con la banda. Sentirse extremo, como en sus comienzos en Primera, le ha sentado bien. Lo acaba de ratificar martirizando a los laterales y colaborando en casi todas las acciones que subieron al marcador. Alberga motivos para estar encantado. Ni que decir, el equipo.
