Síguenos en redes sociales:

"Aún no hemos hecho nada, seguimos en el hospital, en una situación de peligro"

Después de triunfar en equipos como el Compostela y el Celta, Fernando Vázquez camina con paso firme al frente del Deportivo, club al que llegó el pasado febrero con la misión de levantar a un equipo prácticamente desahuciado y con pie y medio en Segunda

"Aún no hemos hecho nada, seguimos en el hospital, en una situación de peligro"EFE

bilbao. Sereno y precavido, pero orgulloso y feliz por haber sido capaz de sacar de los puestos de descenso a un renacido Deportivo, Fernando Vázquez (Castrofeito, A Coruña, 1954) repasa las claves de su éxito y un pasado ligado tanto a los campos de fútbol como a las labores de educación en las clases.

Procede de una familia numerosa, algo parecido a lo que, al fin y al cabo, significa un equipo de fútbol.

Sí, tal cual. Éramos once hermanos y ahora somos diez, ya que falleció el pequeño de todos, pero precisamente en Bilbao tengo viviendo a uno de ellos, que emigró en aquellos años en los que tanta gente tuvo que hacerlo y ahora está casado y tiene dos hijos ahí en el País Vasco.

¿Se acostumbró desde pequeño a sentir el calor de muchas personas cerca de usted?

En cierto modo sí, aunque como había muchas bocas que alimentar me mandaron interno a un seminario. Durante siete años, de los nueve a los dieciséis, apenas solía estar con mi familia en verano, pero no reniego de mi paso por allí. Aunque fue duro al principio, fueron años de convivencia con mucha gente y que también formó parte de mi proceso educativo.

Además de entrenador es licenciado en Filología Germánica y ha sido profesor de inglés. ¿Dónde se sentía más cómodo, en las clases o en los campos de fútbol?

En los campos, por supuesto. Compaginé durante muchos años la enseñanza con los entrenamientos de fútbol, pero yo siempre preferí ser entrenador. En 1995 pude pedir y obtener además la excedencia indefinida para volver a dar clases cuando quisiera, pero siempre me he sentido más cómodo entrenando que como profesor, a pesar de que dar clases me ha ayudado mucho para iniciarme como técnico.

Aún recordará aquella primera experiencia en 1986 al frente del humilde Lalín en Segunda B.

Claro que sí. Aunque el título nacional de entrenador lo conseguí en Fadura, en Getxo, fue en el Lalín donde me hice entrenador. Era un equipo de Segunda B, ya semiprofesional, pero pequeño y con muy bajo presupuesto en el que estuve cinco años y aprendí muchas cosas, como por ejemplo a cómo defenderme y obtener resultados.

Después pasó por el Ferrol, el Lugo y en 1995 llegó a la élite de la mano del Compostela, donde tuvo como presidente a José María Caneda. ¿Cómo fue aquella convivencia?

Le debo todo a él, ya que fue quien confió en mí y me hizo entrenador de Primera División. El Compostela también era un equipo modesto, con un presupuesto muy bajo, pero logramos hacer unas temporadas impresionantes y la relación entre ambos fue buena los dos primeros años. Era un presidente muy cercano, demasiado quizás, al que le gustaba estar siempre muy cerca de mí y del equipo, opinando de las convocatorias, las alineaciones y todo lo referente al equipo, lo que a veces provocaba algún roce, pero está todo superado. Nunca me cabreé con él y me marché de allí de manera amistosa.

Ahora tiene por encima a Lendoiro, otro presidente ciertamente peculiar y especial. ¿Se entiende mejor con él?

Con Lendoiro es totalmente distinto. Es un tipo racional, está más lejos del entrenador, del equipo y tiene un respeto absoluto. Es un presidente que cuida bien a su entrenador, que viaja poco con el equipo y que dirige desde la distancia. Apenas le ves, pero cuando quiere hablar te llama por teléfono.

¿Y han hablado mucho desde que fichó por el Deportivo?

Tres veces en los dos meses que llevo aquí, pero estar con él significa estar seis o siete horas (risas).

El día y la hora a la que le llamó para negociar su contratación también resumen su personalidad. Cuente cómo y cuándo se puso en contacto con usted.

Me llamó por teléfono a la 1.45 horas de la madrugada el día que el Deportivo perdió 0-3 contra el Granada. Justo esa noche estaba despierto. Cogí el teléfono y me dijo a ver si podíamos reunirnos esa misma noche, así que cogí el coche y en unos cuarenta minutos me reuní con él, aunque antes de llegar ya sabía que era entrenador del Deportivo. Ya le conocía personalmente de años anteriores, por lo que no me sorprendió cómo transcurrió todo.

¿Cuántas horas duró aquella reunión de madrugada?

No recuerdo exactamente, pero llegué de vuelta a casa a las cinco de la mañana y por él hubiéramos seguido más tiempo (risas), pero yo no fui allí en busca de dinero ni nada. Llevaba tiempo parado y me interesaba entrenar ya, por lo que asumí el reto con muchísima ilusión y le dije para volver a casa, ya que había que descansar para ponerse en marcha.

Tras sus éxitos previos y su última etapa en el Celta, ¿esperaba que algún día llegara esa llamada de Lendoiro?

No sé por qué, pero sabía que me llamaría en momentos complicados. Siempre tuve la sensación de que era ese as que se guardaba en la manga para situaciones muy críticas. Nunca se lo he preguntado porque no creo que lo reconozca, pero es algo que siempre pensé y que, casualidad o no, se ha cumplido.

Cogió al equipo cuando parecía hundido y con pie y medio en Segunda. ¿Qué fue lo que le pidió?

Lo primero que me dijo fue algo lógico, que me fichaba para salvar al equipo; y lo segundo, que luchara por mantener a la afición unida al equipo hasta el final, algo que afortunadamente conseguí pronto.

Ha comentado que llevaba tiempo parado. Seis años ni más ni menos. ¿Qué sucedió para decidir frenar en seco?

Los primeros tres años me aparté de manera voluntaria y no hice demasiadas cosas por volver a entrenar. Necesitaba un descanso y rechacé algunas ofertas incluso, pero después, en los tres siguientes años, el fútbol me dio una lección, ya que este deporte es como un tren que va a muchísima velocidad y si te bajas cuesta mucho volver a subirte a él, aunque por suerte he conseguido reengancharme y ahora me siento con una fuerza tremenda para entrenar. Igual que la que tenía cuando llegué al Compostela en 1995.

El reto, sin embargo, era más que complicado. El propio Domingos Paciencia abandonó la nave al sentirse sin fuerzas para luchar por la permanencia. ¿Qué equipo se encontró a su llegada a A Coruña?

En el sentido colectivo y en el de la unión entre los propios jugadores, el equipo no estaba dañado. Es un grupo que incluso se puede calificar como charlatán y en ese sentido no me encontré un equipo muerto ni mucho menos, aunque sí desorientado, sin saber muy bien lo que estaba sucediendo y por qué no acababan de llegar los resultados. El problema estaba en el plano deportivo.

¿Y cómo se levanta a un equipo al borde del abismo, prácticamente desahuciado y condenado a su suerte?

Estábamos muy lejos del objetivo, pero había muchas razones para pensar que podíamos hacerlo y otros equipos ya habían mostrado el camino en años anteriores.

Es cierto. Sin ir más lejos, el Zaragoza la temporada pasada.

Es uno de los ejemplos. Además, analizando uno por uno a nuestros jugadores, siempre pensé que no eran peores que los de otros catorce o quince equipos que hay ahora mismo en la categoría. Pensé que teníamos un gran margen de mejora, por lo que nos pusimos a trabajar estableciendo metas muy pequeñas: hacer un buen entrenamiento, competir bien en el siguiente partido y cuestiones similares hasta que al final comenzaron a llegar los resultados. Mi labor fue hacer un diagnóstico de la situación y conseguir que el grupo me siguiera y confiara en los métodos diarios de trabajo.

Las primeras tomas de contacto con los jugadores suelen ser cruciales. ¿Con qué mensaje se presentó ante ellos?

Con uno muy corto y sin tratar de hablar más de la cuenta, ya que cuando te presentas ante 25 jugadores te estás presentando ante un grupo que no te conoce y al cual tú tampoco conoces, por lo que la confianza te la tienes que ganar poco a poco. Lo primero que les dije fue que iba a tener una relación personal y no comercial con ellos, que todos iban a ser importantes para mí jugasen o no; y lo segundo, que para ser buenos había que hacer un buen equipo entre todos, porque no conozco ningún jugador que sea bueno en un equipo malo.

Visto lo visto, parece que el mensaje caló en el vestuario, aunque en los cuatro primeros partidos solo logró sumar un punto debido también a un calendario más que complicado.

No logramos ganar, pero nos vino bien para conocer el camino que tendríamos que recorrer e ir entrenando distintas cuestiones. Personalmente, lejos de venirme mal, me vinieron bien aquellos partidos tan difíciles ante el Real Madrid, Sevilla y Barcelona para ir perfilando ciertas cosas. Acabó resultando un mes positivo pese a los malos resultados.

Después llegó el derbi ante el Celta, que lo cambió todo. ¿Considera que los jugadores y la afición vieron la luz definitivamente?

Sí, desde luego. Fue el partido clave, si no hubiéramos ganado aquel partido, usted no estaría hablando conmigo, probablemente. Necesitábamos ganar para romper la dinámica perdedora y lo conseguimos ante el máximo rival, al que metimos en un lío también. Todo eso supuso una enorme inyección de moral y un impulso que todavía nos dura y esperamos que siga durando, aunque somos conscientes de que mantener la línea ganadora y seguir ganando siempre es muy complicado.

En aquel partido ante el Celta llegó incluso a correr la banda, algo que siempre le ha caracterizado. ¿Forma parte de su personalidad o en el fondo es tranquilo?

No lo sé, yo me considero emotivo y extrovertido. Lo de correr la banda lo hago cuando me sale, de manera espontánea y natural. Me emociono y me sale correr, pero no lo hago siempre ni me sale hacerlo en todos los campos. Tengo que sentirme cómodo, apoyado y querido por la afición para poder hacerlo. En Vigo, por ejemplo, me costaba más.

Volviendo al plano competitivo, ¿teme que sus jugadores pequen ahora de una cierta relajación al verse fuera de los puestos de descenso después de tanto tiempo?

Por supuesto. No debería suceder, pero son situaciones y circunstancias que son muy difíciles de controlar, porque puede parecer que está todo hecho cuando, en realidad, no hemos hecho nada. Nosotros seguimos en el hospital, en una situación de mucho peligro y con la necesidad de seguir sumando puntos.

Para ello será clave la capacidad de liderazgo de los más veteranos y ahí cuenta con un tal Valerón.

Desde luego. Los veteranos están respondiendo y Valerón, además de ser una persona cargada de valores, es un auténtico crack, el verdadero buque insignia de este club y un número uno a nivel internacional a la hora de leer los partidos y saber hacer jugar al equipo. A quien le guste el fútbol le tiene que gustar Valerón.

La afición también se ha volcado para la causa. ¿Notan muy cerca el aliento de todo el deportivismo?

Sí, la verdad es que se están portando fenomenal con nosotros. En cierto modo, siguen un poco a lo que siempre ha hecho y hace la afición del Athletic, que también es espectacular. Nos están apoyando muchísimo y es impresionante ver cómo están al lado del equipo a pesar del mal momento que atraviesa el club. Te ponen la piel de gallina y son un apoyo vital para nosotros, tal y como se verá hoy ante el Athletic, a quien también tenemos que ganar.