bilbao. Ya ha pasado el que probablemente fuese el único partido no asequible del calendario, dando por hecho que el Barcelona aterrizará en Bilbao dentro de quince días muy condicionado por su participación en las semifinales de la Liga de Campeones y los evidentes problemas de enfermería y estado de forma de varios de los fijos de Tito Vilanova. Cerrado el paréntesis del Real Madrid, la vida sigue, se reanuda la normalidad, que para el Athletic se sustancia en una carrera de fondo por escapar de la hoguera que es el fondo de la clasificación. Quizás las llamas no se aprecien a simple vista, hay una barrera de ocho puntos, pero están ahí porque el humo sí que molesta en los ojos, en la nariz, en la garganta. E irrita el carácter porque no es agradable andar pendiente de un problema que hace tiempo debería estar resuelto. Mourinho, Cristiano y demás son historia, escrita quizás en términos más alentadores de lo previsible, pero al fin y al cabo era una derrota anunciada, más que segura, por razones sobre las que no merece la pena detenerse ahora. En todo caso, cabe extraer algunos apuntes en clave positiva de lo ocurrido el domingo en San Mamés, aspectos aprovechables de cara al futuro y, sobre todo, pensando en que Riazor puede aclarar definitivamente el panorama rojiblanco.
A nadie se le escapa la motivación extra que genera la presencia del Real Madrid. En los jugadores, igual que en el espectador, el nervio se tensa, pero el domingo el Athletic supo gestionar el componente anímico, orientó adecuadamente la reacción espontánea que provocan las camisetas blancas y lo que podría haber derivado en ansiedad desmedida, en descontrol, algo muy peligroso ante semejante rival, fue en realidad un ejercicio de racionalidad, paciencia, constancia, intensidad... La aquilatada respuesta del equipo frente a la adversidad más absoluta desde el minuto 1 fue la gran noticia de una noche de la que se esperaba muy poco, la verdad. Los rojiblancos no se expresaron como el grupo frágil, anodino, incapaz, exasperante, que a menudo han sido, incluso en los triunfos (contra el Granada, sin ir más lejos). Mejoraron con creces su imagen, fueron sobre todo equipo, en la acepción más natural porque actuaron juntos, solidarios, siguiendo un plan, insistiendo en desplegar exactamente aquello que preparan en el día a día, sin dejarse impresionar por las circunstancias que rodearon el encuentro, todas absolutamente desfavorables.
Dicho en un lenguaje más llano, el Athletic ejerció de Athletic a pesar de los pesares. Fue el Athletic que no ha acabado de verse esta temporada salvo a ratos, esporádicamente. De ahí que quepa preguntarse si tan difícil es jugar decentemente al fútbol. La respuesta es que sí, para estos futbolistas, sí. Hay almacenados tantos partidos en la carpeta de los desechables que resulta imposible responder lo contrario, pero ello no quita para que se pueda jugar bien, se acaba de comprobar. ¿Cuántos rivales de los que quedan en el camino no serían víctimas de un Athletic tan resuelto como este último, cuántos le aguantarían la mirada, cuántos le impedirían puntuar a nada que mejorase algo arriba, algo que no parece complicado?
Estas preguntas son pura retórica debido a que el equipo de Bielsa desprende una fiabilidad muy escasa. A lo largo de la campaña ha amagado la reacción en varias fases para inmediatamente regresar a las andadas, en eso se ha quedado, en el quiero y no puedo. En el Pizjuán, aunque se acabó condenando a la derrota, de nuevo dio motivos para la esperanza, que se repitieron ante el Madrid. El próximo fin de semana afronta una oportunidad para confirmar que ha cogido la onda, mejor dicho es la oportunidad, puesto que con una victoria tendrá en la mano la permanencia a falta de seis jornadas. El obstáculo a superar es un Deportivo en estado de gracia, que ha ganado cuatro partidos seguidos, el doble que en el resto de la temporada. Un dato elocuente, que retrata a un equipo condenado hasta la llegada de Fernando Vázquez, su tercer técnico este curso.
el mayor enemigo La locura de Riazor, que no se lo cree y disfruta como cuando frecuentaba la zona noble con Irureta, también es una realidad a considerar, pero la trayectoria del Athletic nos enseña que por encima del fino Valerón y de una grada enloquecida, el auténtico enemigo para este domingo a las 17.00 horas es el propio Athletic, un conjunto que vive desmadejado a causa de la enorme distancia que viene estableciendo entre su potencial y su rendimiento. Es lógico hasta cierto punto que así sea porque en su seno se dan situaciones que no son normales -surrealistas, por emplear un término fino- y se llevan arrastrando nueve meses. No es de recibo que estando en pleno abril, tras haberse disputado 42 partidos oficiales, todavía haya quien en la plantilla se atreva a catalogar de "fundamental" a Llorente y declare que "tarde o temprano nos va a dar goles y victorias". Si encima se repara en el detalle de que el delantero portó ante el Madrid el brazalete de capitán, apaga y vámonos.
En fin, más vale centrarse en los síntomas que elevan la moral, en indicios a los que aferrarse en la esperanza de que por fin se produzca la reacción. Así, este domingo Bielsa tiene a unos Herrera y Muniain que acaban de dar el mejor nivel que se les recuerda. Igual que Aurtenetxe. Y a Iturraspe que parece dispuesto a asumir esa tarea clave para el equilibrio defensa-ataque. A San José muy mejorado en el papel de central, que se le había atragantado en la primera mitad de la campaña. Iraizoz manteniendo el tono. Son muchas buenas noticias que se añaden al hecho de que el plantel está casi al completo, con varios habituales que han podido tomarse un respiro y acondicionar el cuerpo con vistas a Riazor. Esta vez, adjudicar algunas demarcaciones no resulta tan sencillo, algo poco común. Nada de lo dicho invita a echar las campanas al vuelo, pero hay una base para confiar en que el equipo funcione como tal. Sería suficiente para cortar la racha del Deportivo.