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El espectro de un capitán

Llorente lució el brazalete en una noche en la que se volvió a esconder y en la que irritó al personal Morán, referencia del Bilbao Athletic, debutó en Liga

El espectro de un capitánOskar Martínez

Bilbao. Una ley no escrita puede traicionar su propia razón de ser. O sea, Fernando Llorente ejerció anoche de capitán porque se trataba del futbolista con más antigüedad de los que comparecieron de inicio en el Athletic. Es un pacto de sangre. Lo esperpéntico del caso nace en la figura del que lució el brazalete. Se entiende que tales galones requieren de algo más que su formalismo. Se necesita compromiso. Un capitán debe serlo por su genética, no por carambola. Llorente fue el jefe por lo segundo, lo que genera un desconcierto filosófico. Quizá haya que revisar esa norma del vestuario. Vamos que el capitán fue el futbolista que aparentemente menos hace por la causa, el que más irrita al personal. Y el primero que abandona el barco.

El Athletic, sin más, jugó sin jerarquía, si es que está existe, en el césped. Es decir, el capitán rojiblanco, que en dos meses emprende una nueva trayectoria en la Juventus, fue un espectro, que se dedicó a jugar a cara o cruz con Sergio Ramos, al que para más inri le une una irrompible amistad, y decidió autoexcluirse de un encuentro que florece pasión en la parroquia de La Catedral, que se tuvo que resignar a ver cómo el Madrid, cuya plantilla asoma una insaciable hambre de victorias, se apuntó con suma comodidad el último Clásico que acoge al que ya denominan el viejo San Mamés.

El Madrid ganó por inercia. Porque seguramente conocía el desenlace antes de que comenzara el partido. El Athletic, guste o no, digirió semejante panorama por su propia pequeñez que le daña esta campaña. Y la de su capitán ayer, que volvió a recibir la habitual ración de pitidos desde que el pasado agosto desvelara su deseo de no seguir en el Athletic. Llorente -que esta campaña también ha poseído el brazalete en los partidos europeos frente al Hapoel Kiryat Shmona en campo israelí y al Sparta de Praga en San Mamés, y ante el Eibar en Copa- no apareció, ni un mínimo rastro del hombre que ganó por última vez al Madrid, un lejanísimo 16 de enero de 2010, cuando el de Rincón de Soto proclamaba a viva voz su supuesto amor por el club que le ha criado.

El Athletic no perdió exclusivamente porque su capitán no quiso coger el timón. Hincó la rodilla porque el equipo de José Mourinho está a mil años luz de los rojiblancos, que pusieron en liza un once parcheado por su llamativo ramillete de bajas. Los de Marcelo Bielsa, como les ha ocurrido en muchos otros encuentros, comenzaron a escribir su derrota al primer suspiro, cuando Cristiano Ronaldo, al que le pone este tipo de choques de máxima tensión, batió a Gorka Iraizoz en un golpe franco marca de la casa. El choque, por tanto, duró poco más de sesenta segundos, pese a que los leones, en un arrebato de amor propio, propusieron algo de incertidumbre merced al generoso esfuerzo, salvo alguna excepción, del colectivo, conocedor de que los puntos de la definitiva serenidad que da la permanencia todavía deben esperar.

huellas de futuro Ronaldo, al que no se tiene querencia en la mayoría de los estadios de la Liga, se vio las caras con Jonás Ramalho, un imberbe de la élite al que este curso le ha tocado bailar con las más feas cuando ha comparecido de titular, como así fue ante el Barça, con Iniesta de verdugo, en la primera vuelta. El canterano cumplió e incluso pudo con el portugués en lances puntuales, hasta que este volvió a aparecer con el segundo tanto merengue que acabó por destrozar al Athletic.

Jonás, con todo, reivindicó su pinta de futuro en la noche en que otro cachorro debutó en Liga con el primer equipo. Se trata de Erik Morán, del que en Lezama solo hablan cosas dichosas. El portugalujo, referencia en el Bilbao Athletic, protagonizó una de las pocas noticias buenas ya que gozó de diez minutos, con todo el pescado vendido, en los que dejó algún que otro detalle de su calidad en la medular.